Cuando es la Razón quien te alienta a escuchar a tu intuición

La voz de la Cascada


Nuestro Blog

La intención de este blog es un tanto descarada, puesto que nació para difundir una historia corta de ficción: La voz de la cascada… No siempre fui tan mal escritor; sin embargo, puedo asegurar que esta, mi única novela publicada, se apropió de mi convicción incluso antes de escribirla. Fue un llamado de San Juan Diego, metafóricamente hablando. Nunca lo he compartido con nadie, solo diré que es mi Satori, pues, no necesité de mayores razones.

No existe una manera fácil de explicarlo, pero al leer la novela sabrás que lo he intentado y que ha valido la pena. Lo sé porque en ella comparto mis códigos, literalmente, porque las palabras son mucho más que palabras: nos configuran, nos recrean en el mejor de los sentidos, como si Dios estuviera trabajando permanentemente en nosotros. Lo digo así, pues, es ahí donde el símbolo deja de ser símbolo y se nos revela la otra realidad: la verdad del amor y de la poesía, de la fe, los sueños… Dicho sea de paso, es así como explico que este blog es más que un blog, pues, siempre expresamos algo más que simples palabras.

Lenin Bravo García

  • Guillermo Romero

    ECOS DEL BOSQUE INTERIOR – Cada ruptura es semilla, y cada recomposición, renacimiento.

    Guillermo Romero: En esta obra me adentro en el bosque como quien ingresa en su propio interior. La espesura de los verdes, los reflejos del agua y la vibración de los lirios son la materia visible de un proceso invisible: el diálogo con mis fracturas. No pinto para conservar intacto el paisaje, sino para desarmarlo, romperlo y volver a crearlo en múltiples dimensiones, porque sé que el arte verdadero no teme al quiebre.

    Romper mi obra es romper mis creencias. Es desafiar la comodidad de lo lineal y abrazar la incertidumbre de lo fragmentado. Cada pedazo desprendido del lienzo abre un umbral: revela colores escondidos, fuerzas ocultas, memorias que no sabía que habitaban en mí. La composición se vuelve entonces un espejo de mi espíritu: fragmentado y, a la vez, luminosamente entero.

    El Rompismo es un acto de libertad y de sanación. Cuando el color estalla y se reorganiza en nuevas geometrías, me recuerda que la belleza no está en lo perfecto, sino en lo que se atreve a transformarse. Esta obra es, para mí, un bosque interior donde el sendero no se recorre con los pies, sino con la conciencia. Un espacio donde cada ruptura es semilla, y cada recomposición, renacimiento.

    Sobre el autor: Guillermo Romero es un artista plástico colombiano de reconocimiento internacional por su estilo franco y desenfadado con el que se apropia del lienzo para crear bellos paisajes, bosques y fractales que, sin más, corta en pedazos para reconfigurar nuevas obras, dejándonos ver una pincelada nada convencional, plena en textura, profunda fe y una sencillez que trasciende en su personalidad; El arte del maestro Romero no se limita a la representación, sino que se convierte en un acto de recodificar lo creado, que nos invita a ver la realidad desde una nueva perspectiva. Al romper sus propias obras, Guillermo Romero genera un nuevo universo creativo por lo que es reconocido como el creador de un nuevo movimiento artístico, el Rompismo.

  • HISTORIA DE LA LITERATURA CHILENA – Parte 1

    Carla Araneda Condeza, escritora e investigadora

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    Para hablar de la literatura, primero es necesario aclarar dos conceptos, qué es la literatura, y, por otra parte, qué es la historia de la literatura, y en particular, qué sentido o qué enfoques ha tenido en Chile.

    Cuando hablamos de la literatura podemos tomar la primera acepción de la RAE que nos viene a señalar que la literatura es una especie de arte de expresión oral, que es una buena forma de aproximarse a la literatura dentro de las bellas artes, aproximándolo más a las artes propiamente tal que a las ciencias. Otro concepto es el que desarrollo en mi libro Manual del escritor, en el que creo un concepto propio para definir la literatura que quisiera comentarles en este apartado.

    ¿Qué es la literatura? Probablemente un abismo, pero como un abismo en sus dos acepciones, la literatura es un precipicio de letras sin fondo en el que caes sin, jamás, llegar a tocar fondo. O, también la literatura puede ser ese lugar insondable del pensamiento.

    La literatura es un abismo sin fondo porque con más de 150 millones de libros publicados es imposible el siquiera imaginar asir este universo, el que al mismo tiempo es inmensidad y nunca deja de crecer. Siempre se publicarán más y más libros, una verdad indiscutible.

    Por otra parte, el vicio de leer y escribir nunca termina, y al mismo tiempo cada obra es un abismo en sí misma. Se deja ver un poco de la inmensidad de la literatura. Si quisiéramos compararlo con una figura literaria solamente se me viene a la mente el mar. La inmensidad y posibilidad de asirla completamente, al menos en una vida humana, es imposible. Por eso hay que valorar mucho lo que leemos y el tiempo que le dedicamos a las lecturas, porque en realidad nunca vamos a llegar a leer todo, y esa es una verdad un poco aterradora para los lectores y para los escritores. ¿Cuándo se acaba mi trabajo? ¿Cuándo termino de escribir? No hay final.

    Y bueno, por otra parte, hablemos de la historia de la literatura. Cuando hablamos de la historia de la literatura podemos empezar a entender que estamos hablando de una narrativa que se refiere a la literatura como ciencia. Sobre esta podemos hablar desde un punto de vista diacrónico, podemos hablar de filología o de historiografía, esto último sería algo más próximo a la breve exposición que propongo en estas letras.

    En cuanto a historiografía vamos a decir que es una narrativa que pretende tomar una serie de hitos, hechos, autores, temáticas heterogéneas y subsumirlas bajo una narrativa. ¿Con qué fin? ¿Con qué propósito? Esto se ha respondido con diferentes respuestas a lo largo de la historia. En particular, en Chile se han usado tres métodos: perspectiva cronológica, enfoque en los movimientos literarios y generacional.

    El primer método tenía un fin exclusivamente pedagógico, o sea se aproximaba a una diversidad, una heterogeneidad de hechos, hitos, temáticas literarias y se convertían en unidades en el tiempo. Unidades que en realidad se alejaban bastante de los hechos reales de la literatura en Chile, porque la literatura en Chile siempre ha sido bastante diversa y heterogénea. Puede tener un sentido pedagógico, pero eso podría dejarse solamente para las escuelas. Y, entonces ¿qué queda para el resto? O, después de la escuela, cuando queremos realmente conocer la literatura.

    Aquí surge un segundo método que pone por encima de este fin pedagógico el conseguir una historia de literatura que sea una narrativa concisa, coherente y que de cierta forma busca conectar cierta literatura, ciertos autores con el contexto histórico en el que surgen.

    A veces esto puede presentar cierta tensión, porque muchos autores del mismo lugar, del mismo periodo, podían escribir obras totalmente distintas. Es también una especie de ficción que se crea sobre la realidad de la historia de literatura.

    Un tercer método que se ha usado en Chile, uno de los más predominantes y también ha sido muy criticado, pero es el que más se ha usado es el método de las generaciones. Este método se crea a partir de la década del 60´ y se ha usado para describir la historia de la literatura.

    Para empezar a hablar de la historia de la literatura chilena, tenemos que situarnos en el siglo XVI. Comienzo del periodo de la literatura escrita, periodo de conquista, coincide con este contexto histórico. La llegada de los españoles a Nuevo Mundo, como lo llamaban, especialmente a Chile, viene acompañada de una serie de personas letradas a las que se les llamaba cronistas. Entre ellos tenemos a Alonso de Ercilla, a quien se le atribuye escribir el primer poema épico, La Araucana. Se dice que es la primera obra literaria del país.

    Enseguida vienen otras obras, que producen estos cronistas como Pedro de Oña con Arauco domado. Y enseguida se escriben muchas otras obras en Chile, pero por lo general vienen del extranjero y hablan desde su punto de vista, carecen de la idiosincrasia del país. Tenemos que concluir, además, que en este tiempo se trata de una literatura que provenía de la aristocracia.

    Después damos un salto a 1840, donde nace un grupo de intelectuales que impulsan la enseñanza de la lectura dentro del país, porque consideraron que la lectura era la mejor herramienta para incentivar el desarrollo del país. Hoy en día esta frase se sigue escuchando, pero cambia la palabra lectura por educación. Se considera que la educación es la mejor herramienta para incentivar el desarrollo de un país. En ese tiempo la educación pasaba primero por la lectura. Es difícil educar un pueblo que ni siquiera es capaz escribir y leer.

    Dos años después aparece la Sociedad Literaria de 1842, la que dura un poco más de un año, pero que los frutos de su actuación y su gestión han perdurado a través de los años, y fueron propicios para crear un escenario donde pudiera surgir la literatura chilena. Entre sus logros podemos mencionar la publicación de un semanario de Santiago, clave para la masificación de revistas literarias en el país. Segundo, es la primera institución literaria formal que existe en el país, dando origen a todo tipo de tendencias de literatura y de instituciones posteriores.

Nociones

Un blog para acompañar la novela, La voz de la Cascada.

Minimalismo

El 24 de diciembre celebramos el nacimiento del Niño Dios, Jesús. Los textos bíblicos no intentan convencer con grandes discursos; ofrecen, con el mínimo de palabras llanas, una escena de contemplación. El poeta Rainer Maria Rilke evoca este minimalismo en su ciclo de poemas Vida de María; desde la simplicidad del asombro, a los ángeles que acompañan el nacimiento de Cristo, los describe como «puros como el aire». Al referirse a la Virgen María pregunta: «¿Sin tu sencillez, cómo te hubiese sucedido esto que alumbra la noche?»

Esta sencillez es la esencia de la Biblia, que literalmente cobra vida en el nacimiento del Niño Dios. Es la promesa cumplida, es el momento en el que las escrituras se encuentran con el aliento creador, el pulso eterno que resplandece ante lo efímero, la gracia del instante. Jesús es la consciencia etérea encarnada, no es la «consecuencia» de las profecías, sino la razón por la cual se escribieron. No es el bucle de la causalidad antropocéntrica sino la llama en medio de la zarza. Sus enseñanzas nos permiten reconocer que el hombre se resuelve desde su interior. Jesús ha estado presente siempre, incluso antes de su nacimiento. Es el modesto asombro del YO SOY; no es un evento que «ocurre» en el tiempo, sino el evento que transparenta la verdadera naturaleza del tiempo.

Es así como la poesía de Rilke nos deja ver que el minimalismo es más que un género literario. Sus poemas nos recuerdan que Jesús, Humilde entre los humildes, es la verdad que no será temida sino venerada en cada rincón del mundo, pues, representa la redención de la humanidad. No es el símbolo del poder y las estructuras de dominio terrenal a las que nos aferramos con vehemencia, producto del pecado original. La belleza de la verdad en Cristo radica en el hecho de no renunciar a la carne para ser Dios, no es el Adán avergonzado por la desnudez de su cuerpo, sino la divinidad honrándose en ella.

Recordemos que el relato del pecado original condensa en unos cuantos versos el proceso de miles de años en el que la humanidad se separó de la naturaleza; al renunciar a la gracia (la fe y el amor) a cambio del paradigma del poder. La Biblia no recurre a reduccionismos deterministas, por el contrario, encapsula toda la carga simbólica que brota de la intuición para despertar la consciencia primigenia del hombre. Este minimalismo nos muestra la esencia de la Trinidad, pues, resguarda la naturaleza misma de la realidad que el mismo Jesús representa, desde su nacimiento hasta su muerte.

No olvidemos que Jesús nació en un pesebre huyendo de las leyes del hombre, atendiendo un llamado superior. Ya sea que lo tomemos literal o metafóricamente, funciona igual, es una verdad que, desde luego, está presente en sus enseñanzas, empleando parábolas simples que no acuden a la razón humana sino al corazón. Las innumerables leyes levíticas, las sintetiza en una sola, “amar a Dios y al prójimo”. O bien, “no te preocupes por qué comerás mañana”. Más aún, Jesús nos aclara que el reino de Dios le pertenece a los niños y a los humildes.

El 24 de diciembre celebramos la expresión más sublime de la vida, en el nacimiento del Niño Dios es la realidad quien se reafirma. Es el minimalismo, el código primario de la naturaleza recreándose —mínimo esfuerzo-mayor beneficio—; es la intuición como motor silencioso en los procesos cognitivos de la mente, abstrayendo lo múltiple de la realidad en síntesis hacia la unidad —la imagen—. Son los innumerables pasajes bíblicos, desde su estilo literario, desde sus primeras palabras; es el momento de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios. Jesucristo es David y es la pequeña piedra, ese elemento mínimo y certero que sostiene el tiempo y derriba, con la sola fuerza de su presencia, la soberbia de un mundo que olvidó cómo ser niño.

Jesús es el principio, es el espíritu de Dios jugando con las aguas. Es el Dios omnipresente, acompañando al hombre en cada momento, a través de cada cultura y cada religión. La imagen que acompaña este texto acude a ese principio, con el Niño Dios, acompañado de Yemayá, la Virgen de los Mares, quien, con su mirada profunda conteniendo la realidad total, nos recuerda que Jesús es la consciencia pura, el viso etéreo de la redención del hombre.

Surrealismo

Octavio Paz sostiene que el Surrealismo, como vanguardia del arte moderno, no es una novedad sino el eco del mito primordial; al igual que el Manierismo o el Romanticismo, es un llamado del corazón, que reaparece en épocas crepusculares; se reescribe como recordatorio de la unidad perdida, es decir, el Amor es la mayor afirmación espiritual (la redención de la consciencia). Borges opinaba lo mismo; en síntesis, afirmaba que ya todo fue escrito en la India. Además, ambos, Paz y Borges, encontraban la originalidad de la obra en la honestidad del artista.

¿Cómo no encontrar correspondencia entre los diferentes pensadores o las distintas expresiones artísticas? No somos islas; pensarnos como individuos es justamente la creencia a superar. El saber al que aspira la filosofía y el arte, no es distinto al despertar espiritual; es la comunión entre Atman y Brahman en el hinduismo o el Padre y el Hijo en el cristianismo. Este entendimiento implica Fe, es la convicción del Amor la que beatifica (le concede la consciencia plena) al sujeto, retornándolo al todo. Esta no es una clarividencia pasiva, es la entrega convencida al estado mítico en el Surrealismo; no es mera percepción, también expresa. El observador es, al mismo tiempo, lo observado (el todo), pues, este estado de Gracia es tanto como si Dios mismo le compartiera sus ojos para ver.

Es en la Biblia donde logramos ahondar en la esencia de esta percepción sin velos. Para el Evangelio de Juan, Dios es verbo, y el Mesías es el verbo encarnado (no puede ser sólo expresión sin ser percepción). Es en Jesús en quien confluye la verdad perenne, al ser Dios, Espíritu y Vida a la vez; el Evangelio nos está diciendo, sin más, que la Trinidad es Amor (unidad), justamente como el lenguaje es el significado inseparable del significante y de la prosodia, se contienen mutuamente y se interrelacionan en una Unidad perfecta (Perichóresis o Co-inherencia). Es el espíritu de Amor, la Fe, quien dirige hacia esta percepción de la unidad, liberando al Ser de la narrativa subjetivista.

La ciencia no es ajena a este desafío del conocimiento, ha dado saltos enormes apoyándose en la intuición y su capacidad de abstraer la esencia analógica de la realidad, de la misma manera se estanca o retrocede sistemáticamente hacia el determinismo. Aún hoy, se sigue insistiendo en teorías sobre la mente, que anteponen la conciencia subjetiva-dualista. Estas teorías argumentan de forma reduccionista, que la clave en el comportamiento, la sobrevivencia y la percepción del hombre, se encuentra en la amígdala del cerebro —donde residiría principalmente el “miedo”—. Esto tiene implicaciones profundas, al validar el miedo, se legitima el subjetivismo, la conciencia que separa al hombre de la realidad.

Aún se evocan experimentos de hace un siglo en los que se extirpó la amígdala en un grupo de monos, por lo cual, perdieron el miedo a los peligros de su entorno, y el sentido de jerarquía. Si la amígdala y el miedo, son tan imprescindibles en la evolución de nuestra especie, ¿por qué en los niños y en la neotenia no significa lo mismo? Quizá el hombre no viene del mono en tanto dependiente de la amígdala-miedo, sino de los monos que superaron el miedo (la neotenia). Nuestros antepasados prehumanos suprimieron este instinto al desarrollar estos recursos neonatos, propiciando la evolución del cerebro y, paralelamente, una mayor capacidad de abstracción de la realidad. Se negaron a verse a sí mismos como simples experimentos de Iván Pávlov, sujetos condicionados por patrones reduccionistas.

El cine de terror explora esta idea sin hacer apología del miedo, por el contrario, el arte ha aprovechado el tema para demostrar cómo el miedo ha distorsionado nuestra percepción de la realidad, puesto que llegamos a dar por hecho que el mundo es una amenaza a confrontar. El miedo es el espíritu bélico de la conciencia moderna, es el sostén de la narrativa del poder, y es la verdadera institución en nuestra sociedad. Es el motor de la economía, de las relaciones públicas y nuestro estatus social, e incluso, define lo que tenemos por nuestra identidad.

La familia se desdibuja ante el paradigma del miedo detrás de la premisa castigo-recompensa, lo mismo que la escuela, la cárcel, el psiquiátrico, etc. Al validar el miedo se reemplaza al Ser por un “yo” fragmentado en un sinnúmero de relaciones dualistas, un sujeto separado de su entorno, que el miedo le plantea amenazante, justificándose así, la violencia, las leyes, el orden y la idea de un Dios (falso), que premia con el paraíso o castiga con el infierno. Así se legitima el dolor y el sufrimiento como fuentes de superación; así se defiende que criar a los hijos con amor es maleducarlos, que el amor es sinónimo de debilidad. Prácticamente, el miedo nos lleva a afirmar, que el hombre es malo por naturaleza, cuando en realidad, es el miedo el que no nos permite conectar con nuestra esencia, al fomentar el sadomasoquismo.

Este paradigma del miedo engloba el cinismo del que nos advierten todas las religiones, pues, nos hace egoístas, ¿no es el ego el mayor fanatismo posible? El Amor es posibilidad de encuentro, de diálogo, quienes están acostumbrados a ofender, amenazar, etcétera, no están dialogando, quizá necesiten preguntarse: ¿no es el miedo la fuente de los peores dogmas? ¿No es el ego lo que nos impide ver la realidad?

En más de una ocasión, después de realizar un milagro, Jesús expresó la frase: “tu Fe te ha salvado”.

IV.- La Imagen

La realidad es puro presente, el pulso incesante del Ser; al trasladar la atención hacia la frontera de la causalidad —el espectro pasado-futuro— renunciamos al viso de la verdad etérea e ilimitada del instante, es decir, la verdadera imagen. El budismo nos ofrece diversas imágenes del despertar interior, comenzando por la del propio Buda. En el cristianismo ocurre lo mismo; a través de distintos relatos, el Antiguo Testamento nos muestra distintos instantes de gran revelación; desde las experiencias de los patriarcas en el libro del Génesis, pasando por Moisés en el Éxodo y muchas otras experiencias proféticas que, en suma, anticipan la revelación definitiva, la llegada del Mesías.

Es en el capítulo once del libro del profeta Isaías, donde encontramos la imagen más detallada del espíritu que descansaría en Cristo. Conceptos como sabiduría, inteligencia, justicia, amor y conocimiento de Dios describen el despertar o la redención provista por Jesús. No se trata de una estructura superficial de reglas a las que amoldarse, sino un giro en la conciencia individual hacia el corazón. Esto se tiende a confundir con subjetivismo, cuando, por el contrario, la subjetividad y demás limitaciones del lenguaje determinista, son las trampas que reintroducen constantemente la ambigüedad que habremos de superar para alcanzar la verdad única. Las traducciones y la interpretación de algunos términos dejan ver la magnitud del desafío.

Los términos en castellano, “temer” y “gobernar”, son los que no encajan en Isaías capítulo once, arruinando el sentido del resto del texto al prestarse a una interpretación contraria a este y a las enseñanzas de Cristo. Los conceptos originales en hebreo, refieren mejor el sentido de la profecía de Isaías, pues, Yir’á evoca reverencia y asombro solemne, mucho más coherentes con el espíritu que acompaña al resto de los versos, en lugar de “temor”, que si se entiende como miedo es contrario a la Fe que Jesús proclama. En el caso de la palabra «gobernar», el verbo hebreo Shafáṭ es mucho más amplio (refiriendo una justicia inmanente) en comparación al concepto moderno de «gobierno» (que asociamos con la política y el poder coercitivo del “César”).

Este punto de vista, más que aclaración, nos permite ver cómo en una misma imagen pueden coexistir varias a la vez, y la importancia de entender cuál es el espíritu cristiano que nos permitirá desentrañar la imagen real. Optaremos por la interpretación más alejada del interés político; es el despertar trascendental el que nos interesa. Las revelaciones de Isaías delinean el espíritu de este renacer, dejando ver que no es exclusivo, habita en todos como una analogía distinta gravitando alrededor de un único saber. En el arte sucede lo mismo, los artistas encuentran su inspiración en el instante como imagen ilimitada en significados. Solemos remitirnos a ejemplos de grandes obras que con la mayor maestría capturan esta idea, porque ha brotado de ahí, de la apertura mítica como imagen viva. Hay descripciones maravillosas como El Aleph de Borges o, más pertinente aún, La Piedad de Miguel Ángel, que da vida al momento culmen de la gracia en el rostro de María y el cuerpo de Jesús en sus brazos; esta es la imagen de la armonía. Es una de las mayores representaciones del entendimiento más sublime resguardando entre sus brazos la redención de la humanidad y toda la carga simbólica que la figura de Jesús conlleva.

En México existe un ejemplo insuperable, la Virgen de Guadalupe representa a la perfección este viso infinito. Una obra imposible para cualquier lenguaje (retórico-discursivo); es la mujer, el amor, la fe; figuración de gracia y verdad. Un signo que se expande de un símbolo universal a otro, resguardando el mayor de los signos. La gracia de quien fue elegida por Dios para ser la madre del Mesías. El Espíritu Santo se despliega por toda la imagen, develando los conceptos más elevados, entre ellos, la mirada de la Virgen; la consciencia o verdad perenne.

La Virgen pudo aparecerse ante cualquiera, pero se le apareció a Juan Diego. Este encuentro es la analogía de aquel momento de Fe en el que la Virgen habla con el Ángel de Dios, quien la saluda reconociendo su gracia plena. Las primeras palabras del Ángel en aquel momento destacan la consciencia inmaculada de la Virgen por la cual fue elegida por Dios. La identidad de Dios, su forma fundamental, no puede ser capturada por ninguna figura física creada, salvo por el Mesías —Dios mismo en persona—, y por el instante creador —la gracia infinita en la Trinidad que el Mesías nos revela—. Esta esencia infinita es indiferente incluso de sí misma, es el desapego absoluto, que no necesita definirse de ninguna forma porque ya es todas las formas; esta indiferencia no es frialdad, sino el aliento de plenitud de donde todo proviene, pues, se da sin más, de la nada, de la auténtica compasión espontanea; no necesita elegir un destino causal, ni se preocupa por el pasado o el futuro porque perdura en el instante creador del amor incondicional. Esta identidad o más bien divinidad, se refleja en lo transparente, lo puro; en San Juan Diego no hay un ego que contraste con la identidad divina.

En esta visión, la analogía (la recursividad del Verbo), es el YO SOY; el verdadero espacio-tiempo es el instante en el que el observador es lo observado. Es la Trinidad quien reconoce la pureza de San Juan Diego; su sencillez y su falta de ambición actuaron como un espejo no perturbado, y es justamente ese momento el que se nos muestra, en el que la Virgen le comparte su mirada inmaculada. Es el viso de la intuición profética revelándose en la imagen de la Virgen de Guadalupe, como la confluencia metafísica perfecta; el espíritu del fruto de su vientre.

Al mismo tiempo, San Juan Diego comparte su mirada pura y desinteresada con nosotros. No es la negación de valor a la existencia, no es nihilismo, sino liberación absoluta del apego a cualquier valor preestablecido. Este milagro, anticipa la devoción de todo un pueblo, es decir, la Virgen reconoce a sus hijos sin importar las circunstancias personales, quienes, a su vez, prescindiendo de una explicación racional, reconocen y veneran el significado profundo de la imagen de la Virgen de Guadalupe.

III.- Performatividad e instante

La mitología es el álgebra del conocimiento metafísico y el aliento de toda ciencia, puesto que abstrae las correspondencias y las formas universales con las que se expresa la realidad. El mito no pondera certezas por encima de esta naturaleza simbólica, es un saber inherente al Ser y, por tanto, a la capacidad humana para nombrarlo. Es por esto que el cuerpo, la mente y lo afectivo son análogos en el entendimiento más profundo, en el territorio de la intuición. Sólo ahí se logra una conexión con la realidad, pues, es ahí donde se entrelazan todos los lenguajes; es decir, a la intuición nada le es ajeno, ya que entiende que cada ente, cada forma, es una expresión distinta (una analogía) de la misma realidad esencial ilimitada. Es en esta apertura mítica donde el artista, el arte y el sentimiento se encuentran; emulando a la propia vida.

En este estado mítico, el observador es lo observado; esta percepción es el eco de la consciencia primigenia, y esta consciencia es la huella de la consustancialidad de la Trinidad divina, en la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno. Dios es la imagen de la reciprocidad infinita, donde lo creador, lo creado y el espíritu son análogos entre sí y hacia sí mismos. Es la imagen fractal de la realidad replicándose en sí misma, en cada organismo y cada molécula.

No es casual que la Biblia use la palabra ‘imagen’ en el relato de la creación en el Génesis; no es un recurso trivial. El hombre a imagen de Dios no es una referencia literal, sino que alude a la analogía como esencia creadora a semejanza de la naturaleza eterna e infinita del YO SOY. Ahí es cuando su significado es total; es en ese instante de apertura performativa cuando emerge como verdad última. La realidad es espontánea, puro presente; nada ocurre fuera del instante (la imagen).

Este es un entendimiento que la razón determinista nos niega, al registrar los momentos como una estricta sucesión de causa-efecto. Sin embargo, es precisamente ahí donde se resuelve esta ambigüedad entre la raíz del mito (la apertura que conlleva vivir el tiempo) y la causalidad que, al enfocarse en calcular el tiempo, no nos permite advertir la apertura creadora del instante. A esto se le conoce como la paradoja del cambio, y está presente en todas las teorías evolutivas de los organismos vivos. Esta inconsistencia causal es clave, al darse incluso a nivel genético.

Por ejemplo, la perspectiva determinista nos basta para explicar que el murciélago evolucionó de un pequeño roedor mamífero arbóreo, que aprendió a saltar antes de planear, para luego desarrollar alas que le permitieran volar. Pero no hay un momento que capture la transición de una especie a otra, porque en realidad no hay cambio en ninguno de los momentos que se registran; todo es simplemente un estado que sucede a otro estado, sin que el acto creativo sea capturado. La transición es una conclusión a partir de datos aislados y a posteriori.

La apertura mítica intuye a priori la instantánea ilimitada y etérea del Ser en sí. Esta imagen aplicada al roedor nos permite ver que, para él, todo el pasado y todo el futuro están condensados en el acto presente. Su atención está centrada en el instante creativo: no hay un antes ni un después, sino performatividad, en un diálogo interior y con su entorno por medio de la intuición. Esta es la consciencia que lo ciñe a cada molécula que lo constituye; será la correspondencia entre las distintas semánticas en sus entrañas, así como con el viento, los árboles, los frutos, insectos y demás lenguajes a su alrededor, lo que moldeará el código genético, no el suyo, sino el de la siguiente generación. Sin esa conexión no habría evolución; al ser un proceso de siglos en el que lo único que perdura es el presente, su evidencia es imperceptible ante cualquier registro circunscrito a la frontera pasado-futuro. Para que sus alas existan, el roedor deberá saltar por los árboles una y otra vez y sólo Ser en cada instante.

Nada se da por causalidad o determinismo, sino por añadidura, uno de los algoritmos que encapsulan la metafísica cristiana. Para Jesús, el padre (creador) no está separado del hijo (creación), como tampoco lo está para la intuición la mente del cuerpo, ni del espíritu (el amor que, también por analogía, es Fe, Libertad, Compasión, Gracia, Felicidad, asombro, etcétera). El determinismo no nos permite ver este momento de creación, ya que al dar por hecho que la evolución es causalidad, sitúa la vida en el estatus de miedo y amenaza y no de semejanza; un estado en el que todo está separado, todo es ajeno y diferente. En cambio, la apertura mítica nos permite ver la imagen, la instantánea, donde el roedor, sin serlo aún, ya es el murciélago. En cada salto hay un dialogo con cada una de sus moléculas y con su entorno, dejándose esculpir por la performatividad, pues, en ese momento, el roedor es su cuerpo en todos sentidos, es cada árbol que salta, es el viento, es creador, creación, y es espíritu. Es la dimensión plena del Ser, es imagen y es semejanza.

II.- Del mito a la verdad

La mitología no es una invención humana, no es el esteta quien crea la obra trascendental, sino la misma naturaleza analógica de cuanto existe, entretejida en la intuición. Al expresarse por analogía, la realidad se resuelve como su propio lenguaje y su propio interlocutor, en ese momento de atención intuitiva en el que se revela perpetua e infinita a través del poeta. Es ahí, cuando ese sentimiento se estampa en la obra. Es por esto que ese espíritu no puede ser contemplado por la razón causal, pues la cuenta de momentos nos aparta de la verdad del instante. Pero, ¿qué es ese espíritu o sentimiento que acompaña a lo conceptual (creador) y a lo tangible (creación)?

Empecemos diciendo que tampoco fue Moisés quien escribió el Pentateuco, sino el Verbo en el sentido más excelso, y está presente desde el principio de la creación. Sus relatos como su estilo poético configuran el tercer elemento que los acompaña: el espíritu del texto, que, cual fractal, contiene la imagen trinitaria como la expresión profunda de Dios. Ahora entendemos en quien se pudo haber inspirado Oscar Wilde. Claramente, Moisés fue testigo de la mayor estética de la analogía para legarnos este registro, sirviendo como instrumento de inspiración divina.

Aun así, la identidad de Dios siguió siendo un misterio, son los profetas quienes dejaron ver el despropósito de buscarlo con la razón causal, anticipando la llegada del Mesías como el Verbo hecho carne: la analogía más pura. La profundidad del significado trinitario se revela en Jesús, quien unifica lo simbólico y lo tangible con el espíritu de su palabra. Su verdad ha resonado en lo más profundo de todos en el último par de milenios, cual intuición reavivada, puesto que, ya en el libro del profeta Jeremías, Dios había anticipado que su ley se escribiría en el corazón.

Después de las enseñanzas de Jesús, no hay necesidad de dar a conocer nada más, en tanto que todos conocemos a Dios en Jesucristo. Habría, si acaso, un pasaje que reafirma esta idea, es decir, nadie puede negar el espíritu cristiano como la identidad de Dios (Mateo 12: 31-32). Cristianos o no, podemos cuestionar si el padre tiene barba o es éter, o si el hijo es de tez blanca, pero nadie duda que, en espíritu, Dios es Amor. Lo afirmemos sin más, al ser un sentimiento universal implicado en la vida, sin importar religiones o ideologías, todos nos confortamos en la congruencia del Amor auténtico e ilimitado que reconocemos en Jesús.

No habría artista ni arte sin la presencia de ese Amor. Sus matices, en tanto identidad de Dios, han conmovido a los más grandes pensadores. Las innumerables obras de arte inspiradas en ese espíritu encarnado en Cristo, no son trivialidades; resguardan las más elevadas respuestas metafísicas y ontológicas contenidas en las enseñanzas del Mesías. El origen mismo de Jesús es asombroso y, desde la epistemología más sublime, la Biblia nos muestra con precisión estética a qué nos hemos intentado referir en este texto.

Jesucristo nació como cualquiera de nosotros, de una mujer; salvo que su padre es Dios. De esta manera el Evangelio de Mateo nos presenta la primera correspondencia trinitaria del Nuevo Testamento. Exaltando por igual: la vida misma en la persona de Jesús, la gracia creadora por medio de la mujer en María y la presencia del Espíritu Santo. Es así como los unifica en un único valor supremo, pues, no hace discriminación alguna entre ellos; revelándonos, así, la mayor expresión de Amor, es decir, nos permite ver el rostro de Dios en el nacimiento de su hijo amado, Jesús.

La belleza de este relato es de principio a fin. La presencia del Espíritu Santo es la ventana abierta en esta imagen, hacia su afluente de significados. Su esencia analógica, se revela como un Amor ilimitado. Al dejarnos ver la imagen trinitaria de la propia vida, se muestra a sí mismo como el Principio único. A la vez, nos presenta el nacimiento del niño Jesús, así como la gracia inmaculada de María, en el sentido más enfático del término, constatando la consciencia pura de nuestra Virgen. Con ese mismo viso se nos muestra la consciencia primigenia del hombre antes del pecado y, por analogía, por semejanza, la imagen pura de Dios.

La Biblia nos recuerda la identidad trinitaria de Dios con otra imagen que, en esencia es la misma, sólo que esta vez, es ya, Jesucristo, el eje exegético. Se trata de la visita de los tres Reyes Magos al niño Jesús para consagrarlo con tres regalos que corresponden a su identidad: Oro, que representa la gracia creadora en términos conceptuales (la mente); Incienso, que representa al Espíritu Santo (lo afectivo); y Mirra, que representa al Mesías (el cuerpo). Con este relato, la Trinidad se reafirma como la identidad de Dios en Jesús, y de la analogía como el lenguaje de la realidad. El énfasis en Jesús como el Ungido deja claro que estamos frente al mayor de los símbolos; la analogía per se, puesto que da vida a la revelación y la redención del hombre, el YO SOY como la verdad encarnada.

La multiplicidad de significados que confluyen en Cristo, su conexión con la unción —la Mirra o el aceite—, la naturaleza del lenguaje y la trinidad, es visible desde su nacimiento, enmarcado por la presencia de Dios a través de sueños —la apertura mítica por excelencia—. Esto nos remite a un pasaje en particular en el antiguo testamento que ilustra la correspondencia entre el mundo material, el conceptual y el espiritual. Sin el sentimiento correcto cualquier interpretación bíblica estaría incompleta.

Génesis 28:12-22 nos relata que Jacob conoce a Dios, el que fuera en un sueño es un hecho importante que la Biblia describe como una escalera que une a la tierra con el cielo y por la que subían y bajaban ángeles. Aun así, este hecho corre el riesgo de ser pasado por alto ante la presencia de Dios y su revelación. Sin embargo, Jacob no sólo comparte la profecía, sino que, al despertar, reconoce el sueño como la casa de Dios, y consagra su dimensión metafísica a través de una representación física.

Jacob levanta la piedra que ha sido su cabecera para apuntar con ella al cielo y ungirla con aceite; el significante (físico) señala el significado profético (mente), esta es la imagen que captura su experiencia, y que venera con aceite (espíritu). El altar de Jacob es la imagen del sueño como la mayor apertura mítica.

En el sueño todo se conecta por analogía: la naturaleza del lenguaje. Este es el territorio de la intuición, donde el cuerpo es mente y es espíritu (sentimiento); las tres dimensiones unificadas y sin jerarquías. Es así como Dios lo abraza todo, sin exclusión alguna, y esta es la imagen de su Amor infinito; la identidad trinitaria del Espíritu Santo que Jacob representa en el altar. Así es como nos muestra esta traslucidez dimensional, al consagrar la piedra que ha sido su cabecera como pilar señalando al cielo, ungiéndola con aceite. Así escenifica la unión entre lo creador, lo creado, y este sentimiento performativo, así representa el YO SOY; y así prefigura la verdad trinitaria que encarnará Jesús. Este pasaje describe el estilo poético usado por Moisés en todo el Pentateuco y es por ello que aquí, cobra su mayor significado.

La casa de Dios es una verdad ontológica, es la consciencia primordial, la trinidad, y es, a la vez, la promesa del mesías. La relevancia de Jesús es evidente, su verdad resuelve cada tensión profética en la Biblia. Jacob no pudo evitar sentir miedo, tal como Moisés en el Horeb, es Jesús quien nos enseña que es la Fe y el Amor, lo que nos une a Dios. El ungido es la apertura que reconecta la conciencia humana con Dios, ya que se trata de la Trinidad como identidad: del Amor (que todo lo une), del Ser (en tanto consciencia), y de Dios (creador omnipotente y omnipresente); el YO SOY.

I.- De la verdad al mito

Henry Miller declaró alguna vez, que incluso a través de la disciplina se puede llegar a la iluminación. Cualquier camino es válido, dado que la verdad a la que se aspira llegar, es la inconmensurable realidad, al ser infinita, lo es todo, no carece ni tiene anhelo de nada; es indiferente incluso de sí misma. Cada tradición espiritual, al igual que el arte en todas sus vertientes, nos ofrecen una diversidad de vías que conducen a la misma revelación existencial, una verdad que se es, y no tanto un conocimiento práctico o utilitario. Ya sea una obra pictórica como el «David con la cabeza de Goliat» de Caravaggio; escultórica como «La Piedad» de Miguel Ángel, o literaria como la Biblia o los Upanishads, todas éstas, acuden a una comprensión que, si bien es conceptual y, por ende, de implicaciones en el plano tangible, más bien emerge en forma de un sentimiento, un saber mítico que replantea todo lo que creemos conocer.

La mitología y la razón no son opuestas, salvo que media entre ellas la historia de un romance fallido. El mito es una expresión aparentemente ficticia que suscita la verdad en lo más hondo del Ser, donde no impera la razón sino la intuición, la cual sublima lo mental, lo físico y lo afectivo a una sola dimensión. El mito es una verdad simbólica, una analogía, y es crucial porque es la naturaleza tanto del lenguaje como de la realidad misma.

La realidad es un entramado de correspondencias, donde no existen dos átomos iguales; cada cuerpo o ente es singular. Para el infinito, 1 nunca es igual a 1, pero sí son análogos. El mito reconoce la esencia simbólica de la realidad, incluso de su dimensión tangible, biológica. Como si se tratara de un profeta o un oráculo intuyendo arcanos, así se presenta el ADN, como un microcosmos del lenguaje puro, donde la misma base nitrogenada es cabello, pluma y escama a la vez; cual embrión de la metáfora viva en toda su extensión conceptual. De igual forma, el mito es la voz de la verdad perenne, es el pulso de la realidad ilimitada. No el pulso del tránsito temporal, ámbito de la razón, que nos permite explicar cómo el código genético forma cabellos o escamas o plumas, esa, más bien, es la lógica que emerge del tiempo causal, el sentido útil o práctico del lenguaje. El mito es la imagen de la existencia infinita, creando y siendo creada simultáneamente, es el instante que revela el Ser en sí.

La mitología es el espejo vivo de la realidad, en tanto lenguaje, es la esencia analógica de la intuición, la apertura que reintegra lo físico, mental y afectivo en el poeta. Esta conexión con la naturaleza simbólica de la vida, se estampa en la obra, para ser abstraída por su posterior interlocutor. Así se trate de un texto sagrado o de una pintura, el artista, digamos el pintor, se retira, no fuera de él, sino a lo hondo de él, a la intuición. Desde esa misma dimensión será el observador quien reanime las pinceladas, los conceptos y la emoción —los tres elementos del lenguaje: significante, significado y prosodia—, mismos que, para la intuición, son indistintos, son analogías. Esto sólo puede ser explicado por el propio artista, quien es sustraído del fuera de sí, hacia este estado de inspiración o epifanía, una apertura mítica que, en sí misma, es la verdad; la realidad simultanea de ese instante es la verdad última que se revela.

Esta apertura mítica es una conexión directa con la realidad y es la experiencia más cercana a la primera consciencia del ser humano. El escritor Oscar Wilde recurre a esta idea para relatar la caída del hombre, de la consciencia primordial al egocentrismo. En su novela El Retrato de Dorian Gray, inmerso en esta apertura mítica, Wilde nos relata cómo el pintor Basil Hallward se adentra a esa misma apertura, para retratar la belleza de Dorian Gray, quien representa precisamente esa apertura: la consciencia primordial o la gracia de Eva y Adán antes del pecado. Wilde captura de esta manera, por analogía, la esencia del lenguaje vivo. Ahí, ya no es el autor quien nos relata la novela, es el mito quien se asoma como el propio narrador de su histórica relación con la humanidad. La serpiente que pervertirá a Gray es Lord Henry. A estos dos es el mismo pintor Basil quien los presenta, el mito reconoce así, a través de Oscar Wild, que la caída es una posibilidad implícita en la libertad, que no hay culpables. Lord Henry es el arquetipo del miedo y los convencionalismos disfrazados de libertad y buenas intenciones. El viso de impermanencia es la más cruel contradicción; la causalidad es el mayor conflicto existencial, y se ve a sí misma como la solución. Dorian Gray se inclina a estos ideales, que irónicamente lo hacen renunciar al amor auténtico; su espíritu sufre el desdén de la doble moral. Dorian, o mejor dicho, su ego, aparenta una belleza que no le corresponde; el retrato que Basil le ha pintado, la apertura hacia la belleza de su consciencia, se ha corrompido.

El retrato de Dorian Gray detalla la caída de Adán y Eva, en los términos más universales; es el mayor trauma existencial y atañe a toda la humanidad, pero eso no es lo importante, sino el conflicto íntimo, esos momentos en los que —permítaseme hablar en lo personal— sedo ante el ego, y digamos que ese es el núcleo de la verdad que trasciende del autor de la novela a sus interlocutores. Esto es relevante porque el mito se resuelve desde y para el Ser, ese es el aliento del mensaje, no el activismo social. Del mismo modo, ningún relato mitológico y ningún texto sagrado le pertenece al ámbito político sino al personal.

En El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde captura ese momento performativo, donde creador, creación y espíritu se funden emulando la naturaleza del lenguaje, es decir, la realidad. Con esta analogía, la novela nos muestra, al desnudo, el Ser en sí, la consciencia del primer hombre y su caída, y la odisea hacia su redención, honrando y guardando proporciones con las revelaciones bíblicas cuya autoría está reservada a Dios. Pero, ¿qué es el espíritu? ¿Cuáles son los matices de ese sentimiento que acompaña a lo conceptual (creador) y a lo tangible (creación)?

La casa de Asterión

No se le escucha al Minotauro de Borges. Aunque tiene cuerpo de hombre, al tener cabeza y lengua de toro, carece de voz humana y no lo comprendemos. Surge la misma dificultad cuando intentamos entender nuestra propia naturaleza con el aparato del lenguaje lógico. La intuición se repliega porque la juzgamos de soberbia y de locura. Lo mismo ocurre con el amor cuando lo vemos desde la razón, no las matemáticas elevadas sino la lógica fundamental, ese laberinto con el que pretendemos silenciar las expresiones más esenciales; la causalidad, el dualismo y el subjetivismo con los que tachamos nuestro lado animal de irracional y contrario a los propósitos de la humanidad, como un monstruo salvaje y misántropo que requiere ser confinado.

Hemos olvidado que la intuición no se puede confinar, es como intentar engañar a Dios. La naturaleza es un lenguaje infinito. Aunque no la entendamos, ella sí nos entiende, aunque creamos que podemos aprisionarla, para ella no existe ninguna prisión, no ve laberinto alguno, sino el infinito, su casa.

El animal en el hombre, el toro, es el amor auténtico capaz de liberar la mente de la razón y los prejuicios que se aferran a ella; es el desapego total, indiferente incluso de sí mismo; es la intuición sin forma porque es todas las formas, una metáfora sin principio ni fin. Es por esto que el mito se vuelve importante, porque es la voz de la verdad.

Los poetas griegos no plantean que sea el Minotauro quien se come a esos chicos atenienses, al menos no su lado animal. En una versión alternativa, el Minotauro es un humilde jardinero que poda y fertiliza el pasto, a quien se le culpa por todo, por ser analfabeto; no necesita del discurso para cuidar el jardín, nunca le interesaron las parábolas dialécticas. Ahora el caos tiene sus propias teorías y su propia ciencia, la mecánica cuántica; una curvatura útil, pero curva al fin. ¡Cuán difícil ha sido reconocer que no existe tal cosa llamada orden! En otra versión, el Minotauro es el poeta y tan sólo juega y se divierte con los atenienses a quienes considera sus amigos. Y, dado que este, mitad hombre y aún mitad naturaleza, abstrae la ambigüedad del ser humano moderno, la versión más creíble es la del Minotauro como una llama ardiente que nunca se apaga en medio de la zarza.

Es complicado darle voz a la intuición porque carece de lógica que la contenga; es el mito el que nos muestra la verdad paradójica; tal como el hilo de Ariadna que señala el camino de salida de nuestro propio laberinto. Al final, la tragedia radica en creer que podemos usar el mito para matar nuestro lado animal. No es el Minotauro lo que nos genera desprecio sino la violencia que ejercemos contra él para silenciarlo.

—¿Lo creerás, Ariadna? —Dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.

Dark

Desde el surgimiento del psicoanálisis, pensadores como Sigmund Freud y Carl Gustav Jung advirtieron la gravedad de la herida psíquica en el ser humano al desvincularse de su estado natural. Es Erich Fromm quien mejor conceptualiza el trauma existencial de esta separación del hombre y su entorno. Para Fromm, al percibirnos distintos y ajenos a la naturaleza nos adentramos a un estado de soledad e impotencia frente a las fuerzas del mundo que, de ahí en más, representarán una amenaza. Esta conciencia individualizada implica vivir permanentemente en guardia, lo cual significa interpretar la realidad en términos binarios —seguro-inseguro, bueno-malo, correcto-incorrecto, orden-caos, pasado-futuro—, juicios y categorías que no son sino el miedo que nos empuja a tener el control de cuanto nos rodea. Estas estructuras defensivas son, según Erich Fromm, intentos fallidos de reunificación y las define como neurosis, la base de la personalidad humana.

Para Erich Fromm, la neurosis es la conciencia del Tener que desplaza a la del Ser. El individuo ya no se identifica con un estado natural sino con lo que domina o posee, empezando por el propio «Yo», los juicios, y los objetos. Un sentido distinto de preservación en el que se retroalimenta el miedo y la exigencia de control, en una relación enfermiza con el tiempo, puesto que se trata de una ruptura temporal que abstrae la consciencia al pasado o al futuro. La neurosis es el esfuerzo orientado a garantizar que lo obtenido ayer se conserve mañana en una negación permanente del presente. El hombre se define por el arraigo rígido a los recuerdos, logros, culpas, posesiones y ansias de todo tipo, es decir, por el apego al ego. La identidad está constituida por este bucle de tiempo desfazado, el anhelo de tener y el miedo constante a la pérdida y a la muerte.

Todos los juicios y categorías son apegos, son miedos reprimidos que la mente colectiva proyecta en la muerte al percibirla como soledad e impotencia absolutas, el fin del control. El miedo a la muerte es un tabú en el que están contenidas todas nuestras angustias, nuestras ansias de poder: aquello que no se comprende, no se domina, no se posee, lo que no se es, lo distinto, el otro; es todo lo que categorizamos como malo o peligroso, ya sea la noche, la oscuridad, el silencio o la soledad. La categoría fundamental de estas angustias es anacrónica al estar hechas de pasado y futuro. El miedo a la muerte es un tabú porque condensa todo lo que el hombre reprime. Es la verdad que no se nombra y que, al encararse, derrumba la ilusión de cada angustia detrás de cada prejuicio y anhelo de control, todo lo que damos por vida. Este tabú es el velo que cubre el escenario completo de la neurosis; es el ego mismo, la muerte espiritual del hombre.

En la Biblia, salvo una mejor interpretación, la muerte de Lázaro es espiritual; de otra forma, de tratarse de una muerte física, el pasaje resultaría superficial. Es importante porque Lázaro representa al hombre moderno y su regreso a la vida encapsula el mensaje redentor de Jesús: liberarse de la ruptura temporal de la neurosis, es decir, retornar al tiempo real, el YO SOY, trascendiendo —los apegos, las estructuras de control y el miedo— la muerte del espíritu.

La serie Dark de Netflix ilustra de manera fascinante esta metáfora existencial, invitándonos desde el primer momento a buscar el signo traslúcido en medio de la ficción, para navegar por su torrente simbólico hacia lo que promete ser una gran verdad. Desde el primer episodio, Dark coloca el foco justo ahí. El protagonista (real), Michael Kahnwald, es nuestro Lázaro y, un 21 de junio de 2019, se suicida; un completo contrasentido, a menos que no se trate de un suicidio. Este es el punto de inflexión de toda la trama, y, aquí, ha comenzado el spoiler.

La serie está encriptada de tal suerte que todos los habitantes de Winden son la humanidad y todos son Lázaro. En una lectura no-literal, Michael no se suicida; se libera de forma directa del mayor trauma del hombre al encarar la verdad, un acto concretado en la carta que deja para su hijo Jonás. Esta es una metáfora que no busca superar ni contradecir la metáfora bíblica. Es un revés que, de manera original y en sentido figurado, nos propone reconocer en primera persona el tabú del miedo a la muerte.

La redención está en el mensaje. Ahí comienza el camino de Jonás, quien, al igual que todos, también encarna a Lázaro y habrá de encarar el mismo tabú siguiendo las pistas en la carta que le han dejado para descubrir que se trata de un mensaje de vida. Jonás deberá comprender a su padre, Michael, que, contradictoriamente, es nieto y abuelo de un personaje desconocido, símbolo del nudo existencial en el que está inmerso el ser humano, el círculo neurótico. Todos en Winden han renunciado al libre albedrío por miedo, encubierto en estructuras de control. En esta serie, la ruptura temporal en forma de bucle delinea nuestra conciencia dualista y causal.

Hay en la serie otro origen, con otro personaje clave. Es 1971, H. G. Tannhaus es un relojero que ha descuidado a su propia familia por su obsesión con la ciencia. Esto es lo que le reclama su hijo Marek antes de morir en un accidente de auto junto a su mujer Sonja y su hija Charlotte. Tannhaus no supera la culpa, se obstina aún más en sus inventos, desarrollando una máquina del tiempo para revertir la muerte de su familia. Este anhelo de control propicia un accidente mayor, al activar la máquina el 21 de junio de 1986, crea una ruptura temporal, dos mundos espejo opuestos entre sí, el mundo de Adam —que es el de Michael Kahnwald— y el mundo de Eva. Ambos constituyen una sola realidad binaria, una analogía cruda del dualismo mental.

El origen de esta realidad alterna, ilustra el nacimiento de la neurosis a la que se refiere Erich Fromm; estructuras de control, juicios que encubren miedos, bueno-malo, tesis-antítesis, etcétera. Es el origen del tabú que confronta Michael, dado que se encontraba inmerso en este bucle de mentiras al que se refiere como “el infierno” en la carta que le deja a su hijo Jonás.

A partir de esta máquina, nada de lo que sucede en Winden es real. El mundo original del relojero Tannhaus ha sido desplazado por los dos mundos espejo que se sostienen a través de los viajes en una secuencia de tiempo circular, realizados por sus respectivos ejércitos. Sin importar lo que hagan para liberarse del sufrimiento, al confrontarse, estos dos categóricos mundos sólo alimentan el bucle del que se intentan “liberar”.

Tanto la realidad como el libre albedrío son presente y sólo presente, y fuera de él, todo es una ilusión. La causalidad y la casualidad son lo mismo; ambas son parte de la misma ruptura del tiempo en nuestra conciencia. Lo fascinante de la trama en Dark es la revelación de la capa más profunda de nuestra propia mente. El determinismo no es lineal, es una construcción mental en círculo, que la serie nos permite entender con mayor claridad.

Como analogía de nuestra mente, la máquina del tiempo debe su existencia al ilusorio bucle de los dos mundos espejo que ella misma ha creado, más que al anulado tiempo real del mundo de origen de Tannhaus. La máquina no se habría logrado sin los personajes de estos mundos espejo y estos, a su vez, tampoco existirían sin la máquina. Con esta paradoja, Dark describe la ilusión del determinismo dialéctico en lo hondo de la mente —causa-efecto, pasado-futuro, etc.— Y cómo esta contradictoria ilusión desplaza al presente, tal como advierte Fromm.

La nieta de Tannhaus, Charlotte, fallece junto a sus padres en el mundo original, pero existe en el bucle, en el mundo de Adam es hija de Elizabeth de quien fue arrebatada, pero no en el pasado sino en el futuro 2052, para ser llevada a 1986 con su abuelo, Tannhaus, quien la entrega a una familia adoptiva. Charlotte crece, se casa con Peter Doppler y, paradójicamente, da a luz a Elisabeth, su madre. Este es un bucle cerrado dentro del gran bucle en Winden. Ellas mismas, madre e hija en versión adulta, son quienes secuestran a la pequeña Charlotte hija de Elisabeth en versión joven, para llevarla con Tannhaus al pasado, y así continuar el ciclo sin el cual ninguna existiría. Ambas deben su existencia a la máquina. Así, la serie describe cómo los patrones de la conciencia dualista y el determinismo, los transferimos de padres a hijos, sí, desde un pasado, pero que es constantemente esculpido por el futuro.

En otro momento, el padre de Charlotte, Noah, es hijo de Silja y Bartosz Tiedemann, quienes no se habrían conocido de no haber usado la máquina del tiempo. Un rasgo distinto del mismo bucle. Noah y su hermana Agnes, al igual que muchos otros, se convertirán en viajeros importantes en el tiempo, alimentando la paradoja temporal, que se hace evidente con el rol de Claudia Tiedemann, otro personaje clave, quien trae del futuro los planos de la máquina que habrá de construir el relojero Tannhaus. Aquí es donde la serie nos hace voltear a ver hacia el centro mismo del absurdo de la conciencia dialéctica determinista. El pasado más remoto de la máquina, su origen, no se explicaría sin el futuro; mundos espejo y máquina, dualismo y causalidad son la misma falsa herejía. El que esta percepción de la realidad no sea causal no la hace casual. Las batallas entre estos dos mundos espejo los hace un sólo organismo atrapado, cada vez más, en esta ruptura temporal.

Este laberinto circular, cual “El jardín de senderos que se bifurcan” es alimentado por estos dos bandos antagónicos liderados por Adam quien lucha para destruir el bucle, y Eva quien lucha para preservarlo, pues, creen que se trata del personaje desconocido de la serie, el hijo que ambos tuvieron.

Los espectadores, somos todos los arquetipos que plantea la serie, a través de este personaje desconocido, quien, es nieto y a la vez abuelo de Michael Kahnwald (nuestro Lázaro), esta es la paradoja de paradojas, dado que este personaje desconocido es hijo de Marta (del mundo de Eva) y de Jonás (el hijo de Michael) y, al viajar al pasado, se vuelve junto a Agnes el antepasado que da origen a la familia. Es padre de Tronte, que a su vez es padre de Mads, quien, en otra nomenclatura exegética, es el mismo Michael. Este es el mismo lío de nuestra mente.

Estos dos, ya ancianos, y maltratados líderes, Adam y Eva, son la versión vieja de Jonás y Marta y nunca encuentran la paz. No hablaremos del apocalipsis que infructuosamente intentan evitar desenredando el origen del bucle, en tanto que un círculo no tiene principio ni fin. Todos son un microcosmos del determinismo colectivo, nuestro mayor tabú.

Adam, la versión más vieja de Jonás, cree que Dios es el tiempo lineal, causa-efecto, despiadado como el destino mismo, inalterable, irrevocable, absoluto. Para Adam el presente es casi nada, es efímero, fugaz, insignificante. La serie da voz a los juicios más íntimos de la consciencia del Tener a través de sus personajes. No haremos spoiler del resto de éstos, no del todo, sólo diremos que todos representan una fijación o una angustia distinta que la serie contrasta en todo momento con el mensaje de Michael. Apegos encarnados, juicios, miedos, cosas y personas. Obsesiones que refuerzan una misma identidad en sus múltiples versiones. Donde los valores se convierten en despropósitos desmesurados. El amor, la verdad, el bien, se invierten, el juicio per se alcanza un nivel de atropello tal, que sólo alimenta la ruptura temporal, el tabú, la muerte espiritual.

Dark ilustra la conciencia ilusoria del ego, pero al final nos ha revelado el camino hacia la auténtica identidad del hombre, La vida no está en el bucle, sino afuera. Ese instante que aparenta no tener significado lo es todo, es el mensaje de Michael. Esa es la verdad que Jonás tendrá que desentrañar para nosotros.

Ego – Ilusión – Soledad

Es una locura creer que el mundo funcionaría mejor sin reglas, orden y estructura, sobre todo si concebimos el universo en sí mismo como un sistema regido por leyes. Si no escribimos conforme a las reglas gramaticales y ortográficas, nadie nos entendería. Del mismo modo sucede con todo a nuestro alrededor, las normas se han vuelto vitales. Todo está programado con reglamentos que acatar, no es necesario enumerar todos los protocolos habituales, la intención no es desfigurar totalmente la idea de libertad.

¿Cómo negar la importancia del orden, el deber ser, y las demás categorías si cada vez es más indispensable tener el control, en una vida que en lo más íntimo se vuelve más inhóspita? Meditar un poco sobre el orden universal, quizá atempere esta inquietud, dado que las leyes físicas no son certezas absolutas, son axiomas que hemos formulado para calcular fenómenos. Son juicios para acercarnos a una realidad que, en esta línea de entendimiento, siempre nos excede.

Las leyes jurídicas y demás normas, también son juicios que hemos convenido. Este es el nudo clave. Somos entes sociales, nadie quiere vivir solo; para Erich Fromm, el miedo a la soledad es una renuncia a la libertad, es el ímpetu de orden y dominio. Las normas y demás estructuras sociales son parte de un contrato social, son ataduras voluntarias. De ahí emerge lo que llamamos sujeto, y por este miedo, aparece separado del entorno que ha dejado de ser su hogar para convertirse en una amenaza que requiere ser dominada. Esta es la psique del egocentrismo. La importancia de esto es que nadie es obligado a aceptar o rechazar este convenio, la soberanía se resuelve ahí. Es en lo que no se profundiza en las teorías del estado ni de las fuentes del derecho. Renunciar a la libertad es el último acto de libertad. Este es el acto más personal y más humano del ser; es ahí donde habita la identidad fundamental del hombre. Es el eje de las ciencias sociales y la filosofía.

El hombre es la consciencia que elige (o no) renunciar a ser libre, es decir, el hombre es pura libertad eligiendo el juicio y la ley. La misma libertad de la no-elección, la consciencia primigenia que no se elige, se es, en la intuición, el amor y la Fe, al saberse parte de un todo. De ahí pende el aliento del poeta y su huella, y la de todo artista. Lo creador y lo creado coexisten en ese aliento fugaz que se repite en cada instante de la vida.

La especie humana se perfiló a partir de valores que corren el riesgo de invertirse; las primeras sociedades se centraban en la protección de cada integrante. La vocación de la familia consistía en afianzar la seguridad de cada miembro. Hoy, tanto la familia como la comunidad se han vuelto causas del individuo, a quien se le exige subordinarse a una sociedad que pondera la obligatoriedad sobre el amor. A mayores leyes, mayor carga, un despropósito social.

El control excesivo es el miedo latente, en cambio, cuando la humanidad se origina, la integridad del grupo estaba basada en la Fe y la libertad. Las ciencias sociales, incluida la economía, han teorizado en este mismo sentido. Las corrientes económicas liberales identificadas con el lema Laissez-faire, laissez-passer (Dejar hacer, dejar pasar) se sustentan en esa condición social original y las posturas materialistas también defienden el retorno a esta comunidad ideal sin estado. Por increíble que parezca, ambas prometen un mundo basado en valores, sin juicios egoicos ni leyes.

Los mitos alrededor del mundo resguardan claves para comprender la condición egoísta del hombre. En la Odisea, Homero plantea el retorno a la consciencia primigenia como un viaje introspectivo. En esta búsqueda seremos Odiseo. A mitad de este camino de vuelta a la libertad, estando en una isla habitada por gigantes, Odiseo se queda atrapado en una caverna que más bien es su mente y le pertenece a Polifemo. Este es su álter ego, una ilusión que se desvanece al ser reconocida; un cíclope gigante ávido de fuerza, dominio y personalidad. El Cíclope le pregunta cuál es su nombre, y Odiseo resuelve llamarse Nadie, sabiendo que cegará la perspectiva monocular de su falso yo, lo cual hace después de embriagarlo, sin embargo, la cueva está cerrada aún. Este aparente engaño resulta certero cuando los otros gigantes intentan intervenir desde fuera y Polifemo confirma que nadie lo ha herido, y nadie lo ha cegado. El mismo gigante quitará la roca que bloquea la salida de la caverna. Homero nos ha revelado la más grande verdad. El ser auténtico reside en el cómo no en el quién. El viaje de Odiseo continúa, así como las adversidades propias de la mente exigida por el miedo y el control.

Buda también nos ofrece claves para liberarnos del ego y retornar a la consciencia primordial. Su mayor enseñanza fue, quizá, revelarnos que él no es el maestro, así nos invita a la introspección y a contemplar la maestría de la vida. Para Buda, el ego, también es miedo y anhelo de poder, una ilusión que nos aísla y nos impide ser plenos. Es el falso yo que nos condena a un ciclo interminable de soledad, el karma, haciéndonos creer que si lo abandonamos nos quedamos solos. Un verdadero desafío existencial cuya salida es el amor auténtico. El desapego es la única manera de reconocer cuánto de nuestra identidad es real.

No hay mayor exorcismo que el amor, el mejor ejercicio de desapego es la asunción de la libertad, presente en el juego y las risas de los niños, en el amor incondicional de familia o en la pasión por lo que se hace. Es ahí donde desaparecen las ataduras voluntarias. Ahí, las leyes y demás convencionalismos sociales no existen, ni ningún juicio o afán de control. Ahí tampoco hay un falso yo, o afectos ilusorios, ni ningún apego a lo material, ni a todo aquello con lo que se identifica el ego, que no es sino el miedo a la soledad y que, en última instancia, es la peor soledad.

Al abrazar la locura, el desierto o la soledad; al apartarse de los juicios y convencionalismos para contemplar los desfases en el sentido de pertenencia e identidad es como se reconoce que las estructuras convenidas son angustias, son apegos ilusorios que la imaginería colectiva ha condensado en el miedo a la soledad; el imaginario común ha tejido todas estas angustias alrededor del recelo a la muerte porque son la muerte. También el cristianismo guarda claves para trascender estos valores invertidos, para regresar a la vida, a la libertad del instante. Esa es la catarsis, la experiencia del ser pleno; fuera del egoísmo, de los miedos y el propósito de dominio. Es la consciencia de la Fe, el no-juicio, la no-elección.

El hombre aún ama

Se acusa a la Biblia de misoginia, pero esta es una interpretación equivocada. Ni Dios es sólo masculino, ni fue literalmente Eva quien le da del fruto del engaño a Adán, estamos ante la paradoja de la metáfora, ¿es el significado el significante? La mujer es una analogía universal del amor, lo bello, fecundo, grácil, el bien y, entre muchos otros, también representa a la verdad, y este es el signo clave. El pasaje bíblico del Pecado Original no se refiere a Eva en tanto mujer, sino como la verdad esencial o la consciencia del hombre en el Edén que sucumbe al miedo, puesto que no podría ser el hombre quien represente los valores más excelsos, sería contraintuitivo.

Esto lo cambia todo; no es de causalidad, sino de identidad de lo que hablamos. El mito no está diciendo que una mujer causó la caída. Fue la consciencia del hombre la que cedió ante el engaño del miedo y las ansias de control. Es la descripción de un proceso histórico y, a su vez, un acontecimiento mental y de pérdida de Fe, del sisma entre el ser humano y su entorno. La realidad se vuelve «espinos y cardos» cuando la percibimos como una amenaza. De ahí la necesidad de moldearla y de justificar este nuevo estado de conciencia subjetivista.

El mismo Immanuel Kant, en su Crítica de la Razón Pura, ilustra este escenario. El filósofo sustentó su epistemología en la idea de Concepto, definido como el acto mental que captura la multiplicidad con la que se presenta la realidad por medio de analogías (proporción, correspondencia o semejanza); un movimiento de síntesis hacia la imagen o la unidad. Esta idea evoca claramente la creación bíblica del hombre, en la que Dios (Logos bíblico) lo crea a su imagen y semejanza (analogía), de lo ilimitado a la unidad. Sin embargo, las categorías trascendentales de Kant, que estructuran el entendimiento, son la argumentación de una realidad sesgada por la consciencia del ego; aquí la causalidad y demás categorías, son sólo mapas del sisma entre el hombre y la realidad.

Kant intuye a medias que la naturaleza de la mente es la del lenguaje, pero no advierte que en la esencia misma de su tesis dedicada a la razón están las bases de la metafísica pura, a saber, la que Jesús condensa en la figura de la Trinidad, en la cual, la verdad última es el Logos bíblico, es decir, Dios como realidad es lenguaje. El Padre es el significado que no tiene límites (la mente), el Hijo es el significante o la representación del mundo tangible (el cuerpo), y el Espíritu Santo o la prosodia del lenguaje es la Fe (lo afectivo). La trinidad nos deja ver la naturaleza del ser no separado, el Logos es cohesión universal. El único interlocutor de este lenguaje es el propio lenguaje; la intuición es esta gramática primaria que nos subyace sin causalidad ni jerarquías.

Los arrianos del concilio de Nicea temían que este concepto o identidad de la Trinidad significara un ejemplo de sublevación contra lo que creían el poder de Dios y del imperio, pero nada más lejos de la verdad; Jesús es el signo de la realidad, independiente de las estructuras contingentes de dominio, no promueve la sublevación ni la sumisión, ni en este ni en otro plano. La realidad en sí es inaccesible bajo estructuras o categorías mentales, y en esto sí concluyó bien Kant. Son dos mundos apartados y no se alcanzan mutuamente, no se interfieren ni se determinan.

El significado no está regido por la causalidad, es un saber inmediato que precede a la razón; es todo mente, todo cuerpo y todo Fe. Es la intuición que en el pecado original deja de ser el nodo central de la vida. Las ideas por sí mismas no funcionan como modelos por analogía, como se podría llegar a pensar. La realidad (tangible) no es toda la realidad, conlleva significado ilimitado y aliento propio, y son inseparables. Se viven como un sólo suceso o se renuncia a esta experiencia simultánea por convencionalismos no por persuasión.

La naturaleza es religiosa (religare), permanentemente atada a Dios, a la verdad, y es ineludible. Hoy por hoy está en la voz interior que se anticipa a la conciencia sesgada. Es la Analogía Vital silenciosa que pervive en la Fe, en el arte, en la experiencia espontanea, y en los niños que ríen y juegan. El hombre aún ama. La verdad esencial es soberana en el sentido más amplio, no necesita cálculos ni categorías para dominar. El significado es el reino completo y fuera de él no hay nada.

En defensa de la locura

«Algunos decían: «Es víctima de un espíritu malo y habla locuras; ¿para qué escucharlo?»» (Juan 10:20), este verso relata cómo algunos entre la multitud se referían a Jesús, y nos sugiere que la verdad nos puede parecer incoherente, cuestionando lo que tenemos por razón.

Las distintas tradiciones espirituales en el mundo conciben una misma verdad y cada una, a su manera, solventan el mismo dilema, liberar al ser sin terminar estructurándolo en el intento. Se trata de superar los patrones que condicionan la mente sin caer en un nuevo y más sofisticado sometimiento. Ante un ideal tan noble, es posible pensar que el fin justifica los medios, y en ningún sentido, dado que la forma es fondo. Más aún, si al acercarnos a un camino congruente con la verdad, la tentación de control se vuelve mayor. Dios no tiene estructura, es inconmensurable; ninguna estructura ha llevado a nadie hasta Él, sino sólo a falsos dioses. Es la paradoja de la expresión misma, pretender someter al significante adentro de un molde cuando su significado es ilimitado. Es decir, el ser, en tanto cuerpo, mente y espíritu, es creado libre.

Todas las tradiciones filosóficas son una promesa de la verdad, por ende, del retorno al estado fundamental del ser. Toda filosofía promete trascender la conciencia convencional que, aunque no está definida con un adjetivo único, sí se emplean distintos conceptos que evocan o significan lo mismo; miedo. Ya sea considerada como antropocéntrica, patriarcal, racionalista, prometeica, dualista, subjetivista, etcétera, todos son conceptos que encierran una fractura entre el ser y su entorno, este es el vuelco de sentirse seguro a sentirse amenazado frente a la vida, lo cual orilla a la psique al egocentrismo, un estado de zozobra manifiesto en las ansias de control, orden o estructura. Es vivir por contraste, en guardia y bajo el absurdo de interpretar la realidad de manera dialéctica, en el que la paranoia es el patrón general. De ahí que la encomienda de toda religión gire en torno a la Fe; una clara invitación a no juzgar, haciéndonos ver la contradicción del mundo en términos binarios y que no somos buenos ni malos, sino mucho más.

A Honoré de Balzac se le atribuye la cita: «Todo poder es una conspiración permanente». Esto es más cierto en el plano de la consciencia, donde el anhelo de poder es la conspiración que el miedo mantiene contra la Verdad.

El miedo y el poder constituyen la ilusión del ego, y son el dilema del amo y el esclavo operando nuestra mente, este es el verdadero desafío. En esta puesta en escena, el miedo representa al esclavo, un rol de víctima que se interioriza aún más con cada juicio moral, para validar toda una estructura de defensa y dominio. A la vez que, la exigencia de poder o control simboliza al amo, que no es más que esclavo del miedo. Es inexplicable uno sin el otro.

El miedo es el amo real, así como el ímpetu de dominio, el verdadero esclavo. Es el egoísmo interpretando ambos papeles. Este cambio de piel psicológico es la conciencia sesgada a superar. Es Mara intentando evitar la iluminación de Buda y es el engaño de la serpiente del pecado original. Esta es la ilusión que, en el Horeb, Dios le revela a Moisés, quien, al tirar el bastón al suelo, está renunciando al mando y, después de dudar, al tomar la serpiente por la cola, está encarando el miedo o la ausencia de Fe. Este doble acto en realidad es sólo un momento, el de la liberación del ser, pero será un ir y venir a lo largo de su vida porque él aún no es el mesías. Aún caerá en la pérdida de Fe o en el afán de control puesto que son lo mismo, son la serpiente y el bastón que se retroalimentan.

Todo el Éxodo bíblico, más que un hecho histórico, es la representación detallada de la liberación de esta contradicción mental, donde el Faraón es nuestro egocentrismo, nuestra consciencia dual. Es una metáfora maestra de Dios liberándonos del egoísmo que nos hace víctima y victimario a la vez.

Bajo esta perspectiva dualista no somos buenos o malos, sino ambos al mismo tiempo, como en la imagen de la contienda de ajedrez que acompaña este texto. No se trata de negar lo bueno y lo malo, sino de saber que el bien, el amor y la fe son el mayor aliento de gracia y conciliación, no son categorías, juicios ni estructuras; en realidad no somos una contradicción. Jesús fue acusado de locura, y esa es una pista clara de cómo el camino a la verdad se dificulta a medida que la buscamos con la razón.

Paradigma de la Fe

“En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión y no había nada en la tierra. Las tinieblas cubrían los abismos mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas.” —Génesis 1:1-2

En sus palabras iniciales, la Biblia resguarda el primer nombre de Dios, que en esencia es todos sus nombres. Esta aventura filosófica es la que el pintor Marc Chagall explora en su obra “La Creación del Hombre” (1958), exhibida en el Museo Nacional Marc Chagall en Niza, Francia.

Esta pintura (en la imagen que acompaña este texto) resuelve este desafío conceptual al plantear una cronología aparentemente contradictoria. En el plano frontal nos muestra la creación de Adán mediada por un gran ángel que desciende indiferente y la serpiente que lo recibe desde abajo, este es un sólo acto. Y en el mismo paso creador, apoyado en la esquina baja izquierda, usando la fuerza de los colores primarios más el verde, nos presenta a los seres vivos que han sido nombrados por el primer Hombre en el edén evocando a la trinidad. Una línea antes, la más próxima al espectador, en la esquina baja de la derecha, Eva y Adán comen del fruto del engaño casi en secreto, de no ser porque están acompañados por una paloma que los atestigua sin dar crédito a lo que ve. En la misma escena, nos deja ver lo que podríamos identificar como un burrito o cordero que simbólicamente es lo mismo. Sólo que este ignora a la pareja desde un tanto más arriba, en cambio, su atención está puesta en la apertura creadora. En esta composición, Chagall devela el principio creador, anticipando en todo momento la redención al pecado que, a su vez, antepone a la creación. No está planteando una cronología lineal, sino metacronológica con Jesús como único eje. La premisa de la imagen es el énfasis con el que señala que el ser es creado libre, y que la libertad conlleva la posibilidad de la caída. Tan es así que, en el plano central de esta cuenta no lineal del tiempo, arriba de la creación, pero antes del éxodo, Chagall vuelve a colocar el signo por antonomasia de la salvación. Esta obra retrata la historia del pueblo de Dios alrededor de Jesús; develando la verdadera cuenta de sucesos bíblicos.

La identidad que Moisés vislumbra en el monte del Horeb, el YO SOY, ya está contenida desde el inicio bíblico. El relato en Génesis 1:1-2 «En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra…» ofrece intencionalmente una lectura pronta, de apariencia cronológica o lineal, porque la Biblia está escrita para un lector inmerso en el tiempo efímero de la consciencia ilusoria, el «pecado». La gramática bíblica está configurada para ser descifrada en niveles; el sentido más literal es el punto de partida que lleva al nivel más profundo del entendimiento, Jesús, el sentido vivo de «En el principio» la plenitud atemporal del YO SOY. Esa es la verdad subyacente que a Marc Chagall le interesa compartirnos, donde la finitud y la eternidad se cruzan.

La pintura de Marc Chagall es una bellísima profecía visual porque desentraña el primero de los mil nombres de Dios mostrado por la Biblia en sus primeras tres palabras; «En el principio…». Es este el primer nombre por su significado profundo, es decir, esencia o espíritu de Dios. Según interpretaciones cristianas y rabínicas antiguas, Bereshit o el principio, es la puerta de entrada a la naturaleza de Dios. Los padres de la iglesia acordaron sobre la importancia de mantener este término al inicio de la Biblia por su evocación más sublime, el de rasgo perpetuo del ser; signo puro de la vida. Es un primer momento, en tanto aliento soberano de creación que no necesita más para crear, lo hace de la nada.

La nada, no como un espacio vacío en términos de ausencia física tangible, es algo más parecido al cero maya, metafísico. Es la nada que representa el no ser más allá de lo material, es la confusión que relata la Biblia al inicio, pero en términos conceptuales; de percepción. La nada es la inexistencia implícita en la confusión mental.

La belleza de este primer rasgo reside en la contundencia de las primeras palabras, que concentran una cosmogonía completa; una declaración teológica. El principio no es un cuando en tiempo lineal sino aquello que siempre es. La constante de la vida sin importar como la entendemos, el signo de la existencia en toda su transparencia. Es la vida que se revela en sí misma, en su claridad esencial. Ahí, nos remiten los profetas y el mismo Jesús por las primeras pistas, a las primeras palabras bíblicas. Ahí, La Creación del Hombre de Chagall. La naturaleza crea sin condiciones, todo es en el ámbito de la libertad; cualquier pecado ya está perdonado. Esa es la expresión de su gracia y no hay mayor prueba de Amor, ese es el mayor ejemplo de Fe. Los padres de la iglesia llegan a esas mismas conjeturas, Jesucristo representa ese principio; es él quien jugaba con las aguas desde un inicio, metafórica y literalmente hablando, pues, es él quien nos lo revela. Él, es el signo eterno, la primera y más grande afirmación de identidad, explicado a través de sus enseñanzas y en propia vida. Vivir como los niños o las aves podría ser la síntesis de este principio; un acto de Fe pura, espontáneo, al margen de la cadena de causa-efecto. Jesús es el YO SOY definitivo

Todo esto lo dice Chagall en su obra, con una paleta de colores vibrantes, poblada por un emotivo simbolismo flotante en el que cada signo es todos los signos, Jesús. Como el sol rojo que es arcoíris y espiral remolinando la historia del pueblo de Dios; desde la creación que ya contempla a la serpiente, la falta de Fe, pasando por Noé, Abraham, Jacob, llegando a las leyes de Moisés. La narrativa de Amor y Fe es el Principio inmutable, el cómo, frente a la narrativa del miedo y el poder, la ilusión del quién. El hombre de cabeza en el techo del templo es la visión no convencional de Chagall, contempla al crucificado de la única manera posible, de forma invertida y le da la espalda a las tablas de la ley que han sido entregadas por un Dios sin rostro, y recibidas en tiempos de poca Fe, tal como lo describe la Biblia. Esta misma tensión se prefiguró con Abraham, quien creyó agradar a Dios sacrificando a su hijo, pero fue detenido en el último momento por el mismo Dios, recibiendo el cordero real que habría de sacrificar. Nadie se redime a costa de nadie. La perspectiva de este cuadro le da la espalda al quién para contemplar de forma invertida el cómo. En el centro, en lo alto a la derecha, otra escalera, con Jacob debajo de ella señalando al cielo, donde también está Jesús, pero esta vez diciendo YO SOY, con la Torá en la mano. Cada uno de los detalles de la pintura coinciden en la misma espiral argumentativa; el primer nombre de Dios es el único porque es todos los nombres. Son los valores inherentes a la vida los que constituyen la identidad de Dios. El principio no es un momento atrás sino justo en el centro de la realidad, presente en cada instante como verdad inmanente de la vida.

Fruto de la ilusión

El pecado original no fue un momento concreto en la historia de la humanidad sino un evento ontológico. Fue el periodo de separación entre el hombre y su entorno. El ser humano dejó de saberse parte del todo, dando lugar al antagonismo que rige la percepción del individuo moderno. En la encíclica Laudato si’, el Papa Francisco lo explica como la desconexión del ser humano con Dios, la naturaleza y el prójimo. En otras palabras, es el proceso que origina el antropocentrismo y la subjetividad, el mayor desafío tanto para la iglesia como para el desarrollo de la ciencia. Ahora podemos decirlo, pero no hace mucho, la filosofía y las demás ciencias, así como el entendimiento teológico permanecían estancados.

Vivimos la era del no ente, la del no ser; la existencia fragmentada por el miedo. Un mundo en el que todo representa una amenaza digna de ser sometida. Incluso el saber se vuelve algo a dominar y el afecto es claro signo de debilidad. Nos negamos a la gracia en tanto unidad, es decir, nos negamos a la verdad; no importa en qué lado de la dialéctica nos ubiquemos, el resultado es el mismo, sólo estamos animando la ilusión. Hoy se nos presenta un mundo que ni siquiera habitamos, ajeno y engañoso donde se nos sugiere que los sentidos también nos mienten y en el que aún se intenta hacer culto a los dioses falsos del progreso y el deber ser. Aún seguimos sacando provecho del árbol del conocimiento del bien y del mal. Egocéntricamente catalogamos de bueno lo que nos beneficia y malo aquello que nos perjudica, sin una perspectiva integral real.

Estas no son insinuaciones teológicas, es un replanteamiento necesario del paradigma que damos por hecho, abordado ya desde varias perspectivas del ámbito filosófico. En su último libro Hechos de Tiempo, la Dra. Zenia Yébenes Escardó lo aborda con términos más precisos, provechosos para este texto. Es evidente que olvidamos la verdadera valía de nuestra especie. Preferimos ignorar que la humanidad surge al garantizar la seguridad del individuo, y que hoy, con una epistemología invertida, sacrifica al individuo con el pretexto del bienestar de un colectivo abstracto.

El pecado original representa el surgimiento del egoísmo —la narrativa del poder—, el miedo como fuerza motriz que impulsa un estado de intriga y control. Se nos ha despojado de la Fe, por lo que vivimos en una negación total de la verdad de la comunión. Olvidamos que Dios, principio o modelo de realidad, es la vida en su clara esencialidad y, ante todo, nuestro hogar, no un peligro. El Papa Francisco nos regaló una lectura veraz e ineludible, nos hace ver el mundo real, de frente. Y nos recuerda que el bienestar del individuo hace al colectivo. También nos invitó a ver en San Francisco de Asís un ejemplo del amor, para liberarnos de la doble mordaza del paradigma de poder; el miedo como instrumento de sometimiento y la falacia del control.

Instantes de Fe

Mientras la soñaba, a Juan Diego le bastaba con observarla. La sonrisa de Sara capturaba cada uno de los incontables momentos que pasaron juntos, cada una de las sensaciones. Siempre entregados al indescriptible encanto de la complicidad, dejándose asombrar por todo, corriendo extasiados bajo la lluvia, riendo y saltando frenéticos al jugar, liberados, poco menos que en estado incorpóreo; fascinados en los paseos por la Montaña y en bicicleta por la ciudad, eufóricos, con la premura de llegar a todos lados y la parsimonia al volver a casa al final del día; absortos en las innumerables conversaciones de ida y de regreso de la escuela; abstraídos uno en el otro, yendo mil veces a la tiendita de la esquina por chocolates, casi que levitando. -Fragmento de La Voz de la Cascada-.

Hay momentos que reclaman todo nuestro ser para vivir de verdad, en los que nos olvidamos de todo para serlo todo. Olvidamos lo que creemos ser para ser realmente; en tanto que no somos un quién, somos un cómo. Ese instante que pretendemos controlar lo perdemos.

La Dra. Zenia Yébenes Escardó, en su libro Hechos de Tiempo desarrolla con suma claridad estas ideas. Al respecto, nos dice: «No creo que exista nada <<incontaminado>>, replegado y completamente idéntico a sí mismo». Diremos que sus palabras, definen el Ser y al mismo tiempo niegan el no ser, el ego que vive sólo por el miedo a esta verdad, la impermanencia. Es por lo que el antropocentrismo intenta controlarlo todo. Y por lo que ese ego colectivo está dispuesto a todo para defender lo que no es.

Es de suponer que para saber lo que experimentó Buda en su Nirvana, habría que ser un iluminado. O hablemos de Jesús mismo, ¿cómo saber la dimensión de su entendimiento? Por las enseñanzas que nos dejaron es posible imaginar que el plano de percepción que albergaron no era de cálculo mental, no una fórmula apática. Seguramente fue más que una experiencia, una comprensión sensorial, placentera, de verdadera euforia. Quizá no es una erudición matemática y laberíntica de la que hablamos sino de algo mucho menos complejo, tan vívido y simple como el acto de respirar. Esta sabiduría que condensaron no está precisamente en términos numéricos; está más cercana a los niños y las aves, un entendimiento al alcance de los de a pie. No es que a Jesús no le interesen los eruditos o los racionalistas; ellos también están considerados en este conocimiento que trata de la vida, sólo que para vivir no se necesita más. Evocando nuevamente las ideas de la Dra. Zenia Yébenes, la filosofía se desenvuelve en su propio lenguaje.

La vida cotidiana es nuestra mayor evidencia poética. Es el lenguaje de la filosofía. La vida, en sí y sin más, es origen y propósito de toda inspiración, es de la cotidianidad de donde brota y retorna el aliento de nuestra percepción. Hablamos de un saber evidente para la gente común y menos proclive a un “yo” al que aferrarse, no tendría por qué ser distinto. Los mayores pensadores nos ofrecen claridad en el ámbito más íntimo y a la vez ordinario. En el Horeb, Dios le pide a Moisés que tire su bastón al suelo. Al hacerlo, el bastón se convierte en una serpiente; Moisés da un salto atrás y Dios le dice que la tome por la cola con la mano. Es el mando y las ansias de control lo que Moisés tira al suelo, y es el miedo escurridizo lo que tiene que tomar. La serpiente no había aparecido desde el pecado original sino hasta este relato donde se descifra el primer milagro. La serpiente fue quien separó a la humanidad de Dios en el Edén, y en el Horeb Dios le dice a Moisés cómo liberarse del origen de todo pecado. Le dice que renuncie al control, al ego, pero también al miedo. Dios le está diciendo que no busque someter y que no ceda al sometimiento, porque es lo mismo. Este milagro en el Horeb es el primer don de la Fe.

Sexto Sentido

¿Para qué sirve la filosofía? La conclusión breve es que su propósito es terapéutico. La respuesta entretenida la encontramos en la película The Sixth Sense o Sexto sentido (en Latinoamérica) una verdadera pieza de culto de 1999 del director M. Night Shyamalan, cuyo argumento desentraña el sentido sustancial que la psicología heredó de la filosofía y esta de la mitología. Sanar el alma (Psique) humana, devolviéndole su espíritu (el Mito) o la Fe que lejos de ser ciega tiene una clarividencia que sólo el Amor nos logra revelar.

Sexto Sentido es un fascinante relato de Fe de principio a fin, y para su reflexión habremos de necesitar del spoiler más grande que se haya hecho. Nada fue dejado al azar en esta obra llena de simbolismos, por lo que la premisa es recordarnos que el Mito hace al Logos. Bruce Willis interpreta el papel protagónico de un psicólogo infantil recién casado llamado Malcolm Crowe, quien representa al hombre moderno y la razón que se niega a creer en las verdades no verificables del espíritu. Aunque parecía irle bien, su vida colapsa en todos sentidos tras recibir un disparo de su paciente, Vincent Grey que termina quitándose la vida instantes después, reclamándole el que no le cumpliera la promesa de ayudarlo a resolver sus aflicciones, el chico veía personas muertas y no logró que su médico le creyera. Vincent simboliza el Mito, la intuición etiquetada y descartada por la razón fría. El cuadro es la síntesis de la crisis ética del hombre y del fracaso del Logos.

Aún envuelto en depresión, un año después Malcolm se encuentra a Cole, otro chico que padece las mismas visiones que Vincent, no es casual. Es otra oportunidad para el psicólogo de reintegrar razón y fe. Así inicia el viaje de curación de Cole o el reencuentro de Malcolm con el Mito, ya que al principio recurre a todas sus herramientas lógicas. Sin embargo, sólo cuando Malcolm abandona el Logos como herramienta exclusiva y da un paso de confianza para creerle a Cole, la sanación se vuelve posible. En ese gesto de Fe ha abrazado su propio génesis para iniciar el éxodo, pues, el disparo que Malcolm recibió un año antes fue fatal. Sólo que ni él ni los espectadores de la película se han percatado, la trama inmersiva continúa en un tono de negación. Toda la estructura del filme está diseñada para irlo descifrando junto al protagonista quien se convierte en el signo de su propio Logos que se ha vuelto un dogma tan rígido que le niega su realidad. «Los muertos sólo ven lo que quieren ver». Esta frase, dicha por Cole, es uno de los registros más fuertes de la película contra el hombre moderno. Malcolm queda atrapado en una especie de existencia fantasmal porque su racionalidad lo ha cegado, impidiéndole ver una verdad que es obvia para el Mito simbolizado en Cole.

Malcolm le aconseja a Cole escuchar a los espíritus. Este es el renacer de la clave terapéutica y filosófica en el relato. No se trata de eliminar las visiones, sino de integrar la razón al contenido de esas visiones. Las apariciones que el niño ve son arquetipos de las heridas y las injusticias que deambulan, son aspectos de la verdad que han sido silenciados. Al escuchar y ayudar a los fantasmas, Cole transforma su terror en propósito y su don marginal en una brújula de valores y Malcolm se encamina a su propia verdad. Juntos reflexionan los traumas que trastocan tanto lo individual como lo social e institucional. La escuela de Cole es el escenario en el que la película nos permite explorar el símbolo de la pedagogía del Logos y de la razón institucional que se alza sobre un terreno profano, un antiguo lugar de ahorcamientos públicos. Cole no lo descubre por un libro de texto, sino al tocar una caja de objetos antiguos que emana el terror de la historia. Es la intuición la que le revela la verdad que la historia oficial o la lógica establecida ha suprimido. El impacto es devastador, el trauma institucional (las injusticias históricas) se perpetúa, manifestándose en el presente, hasta que sea reconocido. Cole es intimidado por la verdad que el resto de la sociedad no puede o no quiere ver.

El bullying no es sólo personal, sino epistemológico, y se cristaliza en la violencia recibida por ser diferente. La verdad de Cole no encaja, por lo que debe ser etiquetada, reprimida y descartada; es la forma temprana en la que se exige uniformidad. Esta es la instrumentalización del Logos sin espíritu, es el patrón social que castiga la intuición y la diferencia por miedo. Al tratarlo como «fenómeno,» la sociedad se protege de tener que confrontar su propia neurosis, la violencia institucionalizada.

Ambos, Malcolm y Cole resuelven la relación familiar de Cole con su madre, la ausencia de su padre y el espíritu de su abuela cuyo mensaje fue simple, sólo les recuerda cuánto los ama. Un guiño a las verdaderas fuerzas motoras del mundo que germinan en la familia. Con ese aliento, resuelven el caso de la muerte de la niña Kira Collins. La película usa la esfera familiar como analogía de la sociedad, que ha sido corrompida por el egoísmo para representar su propio argumento. Kyra representa la Verdad Inocente (el Mito no corrompido) que la sociedad intenta suprimir. Las cintas de video que la niña deja son la evidencia de esa verdad, la misma que nos muestra Sexto Sentido. La sociedad no la mata de forma abrupta, sino que la envenena lentamente a través de la falsedad, anteponiendo los intereses personales sobre la ética.

Malcolm se ha resuelto porque ha dejado de rechazar su infancia y su propia intuición, pues, él es aquel fenómeno. Él es aquel chico, Vincent Grey, a quien sacrificó ante el Logos más fundamental y lastimoso, Malcolm también es Cole, el reencuentro con Vincent que lo ha perdonado, es el signo de su éxodo a la verdad trascendental, el Amor que lo devolvió a la vida. Sexto Sentido es un relato de Fe porque nos muestra que todos somos ese fenómeno y que, al rechazarlo, nos condenamos a una existencia fantasmal. Y porque Malcolm representa al hombre moderno que aún guarda en el Mito, el Amor y la esperanza.

Por cierto, no se pierdan la película Frankenstein.

En defensa de los colores

El pensamiento lineal nos lleva a conclusiones no tan acertadas. Con la llegada de la televisión en blanco y negro, algunos estudios mostraron un alto número de personas que soñaba en monocromo. Esto sugirió que los medios dictaban nuestra gama mental. Sin embargo, los sueños no se volvieron totalmente grises por una pantalla y tampoco son hoy una réplica fiel de la vigilia. Al soñar, la lógica es distinta, y los colores son, entre otras cosas, un efecto del tono emocional, conceptual y físico, una cualidad sustancial que la mente utiliza de manera eficiente, no un simple adorno óptico.

Por otro lado, en la vigilia prevalece la razón determinista, la cual plantea que los colores se generan en nuestro cerebro como interpretación de la luz que nos llega por rebote. En teoría los objetos absorben algunas longitudes de onda de todo el espectro de colores visibles de la luz y reflejan las no absorbidas, estas llegarían a la retina del ojo para ser enviadas como señales al cerebro, que las interpreta como un color específico.

El consenso científico apunta a que el color no es una propiedad intrínseca o primaria del objeto, sino que pertenece a las cualidades secundarias (perceptuales), una creación del cerebro. En resumen, los sentidos serían engañosos, como decía Descartes, y la razón, lo más fiable. Bajo esta perspectiva, la realidad (física) no sería como la percibimos; el mundo no tendría color, puesto que sólo serían etiquetas mentales. Una conclusión solipsista donde la realidad sería muy parecida a lo que vemos en la Tv en blanco y negro.  

Para la ciencia como para John Locke, el color es una construcción del cerebro porque parten de una razón determinista (causal) en la que el observador está separado del objeto observado, y los sentidos serían puentes de datos a interpretar. Salvo que, sin luz o sin observador, las propiedades inherentes de la realidad aún podrían tener logos-cromático (color). No hay pruebas de la existencia de los colores fuera de nuestro cerebro, pero sí una intuición. Para superar esta contrariedad, es necesario replantear la relación entre el ser y la verdad. He quemado todas mis naves para apostar por la existencia del color en el mundo (físico), a partir de una razón distinta, aquella en la que el observador no es ajeno a la realidad, sino por el contrario, ambos son un sólo ente, un organismo infinito; el lenguaje vivo y esencial que se intuye a sí mismo en lugar de sólo interpretarse. La clave está en la mente, en el sueño. Es en el momento de la desconexión, cuando el ser se desmarca de la angustia de la vigilia y la lógica causal que lo mantiene separado del entorno. En un estado placentero y de confianza ciega, la mente se abstrae en sí misma, para adentrarse a la esencia del lenguaje, donde el observador es lo observado.

Este aliento de fe que experimentamos como placentero es la dimensión del amor en su forma más auténtica. Es la unión de la mente, cuerpo y afecto en un triángulo traslúcido. Como en Las Meninas de Velásquez, la pasión es el arte; es la obra por detrás y por delante, y es el artista, el pincel, y cada uno de todos los elementos. Es de lo que hablamos. En el sueño, el ser es el lenguaje primordial, la analogía per se; todos los entes en un sólo ente, de forma simultanea —físico, conceptual y afectivo—. Un alfabeto primario que es pura intuición. No es necesario gastar energía para crear etiquetas de color o meras interpretaciones si se puede abstraer su logos esencial. No es eficiente condensar constructos cuando aquí, en el sueño, más que siempre, el ser es la verdad. No es orden ni entropía sino todo lo contrario. Es la coherencia más profunda de la vida que se revela a sí misma en un estado de fe.

Seguramente han pensado que la capacidad del cerebro de generar colores con los ojos cerrados (en el sueño) es una prueba casi irrefutable de que el color es fundamentalmente una etiqueta mental o una construcción subjetiva del cerebro, no una propiedad intrínseca de la luz ni del mundo. Sin embargo, esto no niega la posibilidad de que otras etiquetas sensoriales no visuales sean igualmente ricas en color para otras especies, puesto que la intuición es el canal directo que permite que la percepción se reencuentre con la verdad a través de los sentidos.

Para la mente, los símbolos son más reales en el sueño. Mientras que en la vigilia el cerebro muestra el «azul», en el sueño está experimentando directamente la «Azulidad» como concepto puro. Al guiarnos a las cualidades inherentes de la realidad e independientes de la luz, la intuición redefine el concepto de cualidad primaria y secundaria de los objetos. Es como si los ojos le estuvieran diciendo a la razón determinista, “créeme, no te miento; los colores del mundo allá afuera son tan reales como los percibes”. La distancia entre estas dos perspectivas podría estar en la ausencia de fe, en la razón y en la vigilia. Caímos en el miedo y en la necesidad de herramientas que hemos formalizado haciendo apología de dogmas y axiomas que han obstaculizado el desarrollo de la misma ciencia y del verdadero saber. La creatividad y el descubrimiento científico a menudo provienen de romper los axiomas de la vigilia, es decir, de incorporar la lógica no-axiomática del sueño.

No quiere decir que la vigilia carezca de significado, incluso en el sueño la mente aún cuenta con los centinelas que despertaron a nuestros ancestros en el árbol cuando algún depredador amenazaba con subir. Una buena metáfora de lo difícil de interferir en nuestro ser profundo, puesto que lo contempla todo. No estamos tan condicionados, la mente es escurridiza porque se rediseña en la intuición. Por las noches los sueños claman por que la vigilia retorne a esa esencialidad.

IV.- María Magdalena

Ella camina en belleza, como la noche

De climas sin nubes y cielos estrellados;

Y lo mejor de la oscuridad y el brillo

Posan en su apariencia y en sus ojos;

Así atemperada a esa tierna luz

Que el cielo niega al día ostentoso.

Una sombra de más, un rayo de menos,

Habría mermado la gracia sin nombre

Que ondea en cada rizo de negro brillo,

O ilumina suavemente su rostro;

Donde pensamientos serenamente dulces expresan

Cuán puro, cuán preciado es su albergue.

Y en esa mejilla, y sobre esa frente,

Tan suave, tan calma, y sin embargo elocuente,

Las sonrisas que conquistan, los matices que brillan,

Solo hablan de días trascendentes,

Una mente en paz con lo terrenal,

Un corazón cuyo amor es inocente.

-Lord Byron

III.- El Árbol Bodhi

En la alegoría de la Iluminación de Buda, todo acontece al amparo del Árbol Bodhi o Higuera Sagrada, que bien podemos llamar el Árbol de la Vida, puesto que enmarca el momento en el que Siddhartha Gautama se vuelve el Buda. De rápido crecimiento, con raíces que se elevan y un amplio dosel, este árbol representa este renacer y el diagrama de la sabiduría ilimitada, más allá del momento de revelación en sí. Es un signo de fe, sin juicios; de la intuición que lo alienta a trascender el poder inherente a una vida como príncipe; así como el ascetismo riguroso que se autoimpuso. Así reconoció la ilusoria seguridad del control y el deber ser.

La figura constante y elemental de este relato es la fe, que lo llevó a tomar la firme decisión de no desistir hasta alcanzar la verdad, meditando sus miedos, durante cuarenta y nueve días.

Esta es una alegoría de fe, de contemplación en la fe; sin juicios, sin luchar, pero sin ceder. Sin juicios se le revelaron los planos más hondos de la realidad; no aceptó la impermanencia como condición ineludible, sino como el principio básico de la vida. Logró ver los hilos más finos que entretejen la existencia y su belleza implícita; la transparencia de lo efímero a lo eterno. Es esa la rueda del Samsara.

Contempló el rostro del miedo oculto entre los juicios, detrás del ego o falso yo que nos impide trascender. Buda no invita explícitamente a amar sin restricciones, sino que señala aquello que nos lo impide, el apego, el miedo en acción. Buda nos enseña el camino para superar el apego, eso que concebimos como amor, para liberarnos del bucle del karma.

La historia de Siddhartha se eleva en un acto permanente de fe. Al descubrir todas las formas de Mara (el miedo) sabe que ha valido la pena, no necesita de un testigo ni de ninguna validación, pues, ahora es parte del todo. Y es por esto que se le conoce como el niño eterno. Buda ha disuelto el velo del ego, el falso yo, permitiendo que su mente, cuerpo y emoción logren confluir en la verdad. Sin juicios, porque la intuición le indicó que ese es el camino de la auténtica fe.

El Árbol Bodhi es la Iluminación de Buda, es Buda, es Roshi Ebobo, y es la Tawaif o Geisha hindú. Es nuestra María Magdalena, nuestro propio signo del No-Juicio.

II.- Geisha – Kōan viviente

Advertencia de lenguaje soez. El nombre Roshi Ebobo es una transliteración del japones, donde Roshi significa maestro y Ebobo es vagina en una jerga matizada o eufemismo. Este título fue traducido al inglés como “Master of Fuck” (Maestro del Sexo)

En el post anterior, Henry Miller nos narra la historia de un maestro Zen que, tras quince años sin lograr el Satori (la Iluminación) en un monasterio, decide salir al mundo a resolverse, pues, no sería más un simple monje. Llegada la noche se marcha a la ciudad del pecado y, sin demora, contrata a una chica para acostarse con ella, una especie de geisha, con quien descubrirá de qué está hecho, más allá de la mera meditación.

El monje no da muestras de ser un principiante, su entrenamiento en el monasterio pronto encuentra su verdadero valor. El maestro Zen redefine aquello que la humanidad entendía hasta ese momento por placer. Se entrega a la experiencia con todos sus sentidos, desbordado en un nuevo entendimiento. Su percepción se sublima en cada caricia y cada aroma, y todo acontece sin velos, siendo engullido por el hedonismo más puro. La naturaleza se desnuda digna de mostrarse efímera, impregnándolo de una consciencia eterna. De aquí en más, ya no es un monje cualquiera, es Roshi Ebobo. El Master of Fuck ahora sabe lo que significa hacer el amor, lo cual nunca habría logrado en el monasterio, es decir, el Satori. Por fin ve todo tal como es, ha sido y siempre será. El monje alcanzó la Iluminación más definitiva.

Henry Miller concluye que nada habría sucedido de no ser porque el maestro Zen fue hasta el final de la duda y la desesperación. Tomemos esta última idea como la manera en la que Miller nos invita a desentrañar este relato, en tanto que aún resguarda la mayor de las enseñanzas.

Si nos adentramos un paso más en los códigos de esta historia, veremos que el monje Ebobo representa una paradoja andante y no la respuesta en sí. Él no se habría resuelto de no ser por un signo un tanto más misterioso, una figura sin nombre, una parábola silenciosa a las sombras del relato, la geisha. En términos de la sabiduría japonesa es el gran Kōan viviente, la respuesta en persona a la mayor paradoja existencial. Es la puerta que tras ser abierta lleva al franco territorio de la luz. Ese es el momento justo de la iluminación de Ebobo, en el que se entrega al amor sin reservas que lo libera de los prejuicios y de la doble moral, llevándolo más allá del bien y el mal, de lo metafórico y lo real, de lo sacro y lo profano.

Este Kōan viviente no es una sutil analogía, sino una contundente bofetada. La geisha condensa la verdad más encarnada. No a pesar de su profesión, que para algunos podría ser considerada «pecaminosa», sino por su profesión misma, ella es la luz, la alegoría en carne y hueso. La chica es la apertura a la plena consciencia desde el corazón. Es la verdadera gracia divina en tanto representante de los marginados; ella se ha ganado la gloria generando amor en el centro de la exclusión, así se encumbra como el signo de los expatriados, los rechazados, aquellos que en el destierro han aceptado su propio sufrimiento no como señal de condena, sino porque han logrado un profundo entendimiento de la impermanencia y de lo que de verdad vale.

Libres de las expectativas y los juicios, estos otros, gozan de la oportunidad única de ver la realidad tal como es, frágil pero vital y, aunque efímera, da a luz con dignidad la esencia de lo eterno. Una realidad tenida por ordinaria, vil e inmunda, pero es justo ahí donde guarda toda su belleza. Los marginados tienen una conciencia pulcra; un saber más versátil, un conocimiento que no necesita aprobación social o religiosa para ser autentico. Vivir al margen significa ese tipo de libertad. La exclusión es la posibilidad de labrar un camino propio, sin convencionalismos, donde las preguntas existenciales sobre el propósito de la vida y la verdadera liberación no se resuelven a través de la evasión, sino a través de una inmersión completa en la realidad. Y es ahí donde ha germinado un registro sagrado no escrito.

Este otro sendero les permite a los excluidos desarrollar un tipo de amor que no está condicionado por la moralidad o las normas. Es un amor que surge de la experiencia directa de la vulnerabilidad y la transitoriedad, tras enfrentar la vida en su forma más cruda. No es un amor que busca recompensa o validación; es un amor que se da simplemente porque la vida misma es un acto de dar y recibir; ejemplo de cómo la gracia no se mide por el estatus social o moral, sino por la apertura del corazón.

Este Kōan filosófico se erige como un símbolo de dignidad inmanente que rompe todas las contradicciones desde la raíz de la consciencia, en una experiencia erótica y mística, reconciliando al cuerpo con su espíritu, lo mundano con lo sagrado. Es por esto que esta historia tiene un carácter universal. Es ahí donde coinciden todos los ríos, en términos judeocristianos es Rahab adentrándonos a tierra franca. Ebobo recibe el Satori en el distrito rojo porque allí la vida se presenta con toda su transparencia. Al entregarse a la femme fatale, recibe a cambio su gracia y su maestría y todo su entendimiento con una honestidad brutal sobre la existencia; fusionando lo alto y lo bajo, lo místico y lo carnal, la experiencia con su inherente sabiduría en un todo coherente y profundamente humano. Su historia nos enseña que la Iluminación no está confinada a un lugar o a una práctica, sino que puede manifestarse en cualquier momento y lugar, si se abandona el juicio y se vive plenamente. Este Kōan sana la fragmentación del ser, en tanto concepto, aliento y cuerpo al condensar la realidad desde donde es forjada, donde las cosas se dicen como son, y donde la falta de franqueza se respira a kilómetros. Es esta cruda verdad la que sólo el amor más puro puede soportar. Un amor auténtico que no está atado a las expectativas de lo que «debería ser», sino que nace de la aceptación radical de lo que es.

I.- Frenética quietud

Con frecuencia, vinculamos la filosofía oriental con ascetismo, celibato y privaciones de todo tipo, especialmente si pensamos en el budismo más riguroso, como las prácticas del bosque en Tailandia, la escuela Gelug en la India o la vertiente Zen. Sin embargo, estas tradiciones, lejos de ser guías de abstinencia y sufrimiento, son auténticas expresiones de confianza en la maestría de la vida hacia la iluminación. Del Buda histórico heredamos lo que se simplifica como el «sendero Medio» que sugiere evadir el dualismo o los extremos, inclusive en términos de renuncia y entrega. Un concepto congruente con el propósito último del budismo, a saber, la reintegración del ser en una sola verdad.

Si bien oriente es mucho más que budismo, hablamos de las formas, guías o principios filosóficos debido al notable paralelismos entre los distintos “sistemas de creencias” en el mundo, y por el riesgo de malinterpretar el sentido de las enseñanzas al llevarlas al contexto de las prohibiciones, cuando lo que se busca es el entendimiento pleno de la existencia.

Hay una historia que conviene a esta reflexión y nos la relata Henry Miller, literalmente desde su baño, a través del documental Asleep & Awake de 1975 filmado por Tom Schiller, y que puede verse en youtube.

—Esta es una maravillosa historia sobre un monje Zen, Roshi Ebobo. El nombre en inglés significa Master of Fuck —Comienza diciendo Miller mientras Tom filma la imagen del viejo maestro japones que pende de la pared del baño—.

—El titulo no debería sorprender a nadie —Continúa relatando Henry Miller—. Quizá no signifique lo que piensan. Pero hay algo que puedo decir de Ebobo y es que, este fuck, fue extraordinario como ninguno que se haya visto antes.

La historia trata de un joven al que sus padres envían a un monasterio Zen para convertirse en monje y recibir el Satori, la Iluminación. Era un chico que Miller destaca por brillante, bien parecido y obediente. Alguien de quien se esperarían grandes cosas. Y, sin embargo, después de un tiempo nada parece suceder. Los años transcurren y el joven no percibe ningún progreso, e incluso sus maestros se rinden; finalmente, tras unos 15 años, decide que no tenía lo que necesitaba y que resolvería afuera sus inquietudes. Saldría a disfrutar la vida terrenal, sería un hombre de mundo en tanto que ya no sería un monje. Así que se marcha una noche con su equipaje en dirección al distrito rojo. Allí conoce a una chica, una especie de geisha y se va a la cama con ella inmediatamente.

Era su primer encuentro con una mujer, pero demuestra ser más que un inexperto. Sus sentidos estaban despiertos, descubriría que el entrenamiento monástico sí que había valido la pena. Era consciente de su cuerpo a un nivel extrasensorial, tanto en el tacto sublimado en cada caricia, como los olores. Todo estaba sucediendo verdaderamente. Incluso las ropas que se postraban en el suelo mientras se desnudaban, crea sensaciones en él. La sensibilidad desbordada consigue llevarlo a donde no existe más el tiempo, a aquello que se le había negado en el monasterio, la experiencia del Satori. Una especie de frenética quietud. Al fin vio las cosas como son, fueron y siempre serán. De forma definitiva y con toda claridad, que es realmente de lo que trata la Iluminación.

Lo importante, según Henry Miler, fue que el monje se permitió a sí mismo, ir hasta el verdadero final de la duda y la desesperación. De seguir evadiendo el amor en el plano de la experiencia nunca hubiera trascendido en la consciencia, pero él fue hasta el final del túnel y vio la luz. Una invitación clara a ver más allá de lo que se nos es dado, incluso esta historia tiene más que dar. Este monje iluminado no tendría sentido si no encerrara una paradoja superior que lo resuelve; un concepto silencioso y sin nombre. Desde luego, la chica con la que el maestro Zen hace el amor, la geisha, lo que en la sabiduría japonesa se conoce como Kōan viviente o la respuesta en persona a una paradoja existencial que al ser resuelto permite el acceso al origen mismo de la consciencia. Es por esta chica que el joven Ebobo descubre el verdadero significado de hacer el amor, al derribar la barrera del dualismo, entre lo bueno y lo malo, lo sagrado y lo profano, lo físico y lo sublime.

El que Henry Miller relatara esta historia justo en el baño fue absolutamente premeditado, era su santuario personal, con imágenes que invitaban a un viaje de asociaciones libres. Era un lugar donde la mente podía divagar, donde las ideas fluían libremente. Para Miller, el arte era una forma de ver el mundo con ojos de amor, un medio para compartir su visión y para mostrar que nada es vil u horrendo a menos que sea la propia visión la que esté limitada.

El concepto que une las ideas de un monje budista y la sexualidad era completamente coherente con el universo de Henry Miller. La historia de Roshi Ebobo es la síntesis perfecta de su visión.

Dejaremos la reflexión sobre la trascendencia de aquel Kōan personificado en la geisha para una próxima entrega.

Introspección

“…la guagua apenas salía de la ciudad mientras que en Juan Diego aún resonaba la emotiva despedida que sellaba la reconciliación con su amigo el Patio Grande, pues, era tanto como recuperar su infancia.

Juan Diego se quedó dormido, la alegría le indicó el camino al sueño. En la quietud del gozo, en esa paz del tiempo dejando de ser tiempo, se reencontró con Sara. Se sonrieron, se abrazaron y se observaron como cuando eran niños, a través de la mirada del otro, esa facultad del Amor auténtico de despojarse de sí mismo para ser en el otro. Al verla, Juan Diego se embarcaba en una odisea personal; la contemplaba inmerso en su imagen etérea, entregándose al cosmos que lo atravesaba en esa manera tan sublime en la que siempre lo miraba. En medio de un cúmulo de recuerdos se aferraba a ella eludiendo cualquier otra realidad; resistiéndose a desprenderse de su presencia ante el insistente oscilar del camión que rodaba tenazmente a mitad de su travesía.

—Hace ya tiempo —dijo Sara sin dejar de sonreír; además, su voz parecía más suave.

—Hace ya un tiempo —contestó Juan Diego.

Por lapsos, se decían cosas importantes tan sólo callando, luego interrumpían el silencioso dialogo con aquella risa que, antes, ha sido bruñida por la felicidad.

—Te extraño mucho —logró decir Juan Diego. Quien no sólo hablaba con ella, sino consigo mismo, con lo que hacía años palpitaba su corazón, con sus propios sentimientos, con cada una de sus memorias y todo tipo de pensamientos; por ende, también dialogaba con su sueño y con la magia de su locución; conversaba con esa suerte de supralenguaje y todo simultáneamente…” —Extracto de La voz de la Cascada—.

Los sueños son percibidos como proyecciones de las inquietudes más fundamentales de la humanidad, pero más bien son la clave. Este conocimiento ha escalado a una reflexión existencial milenaria que confluye directamente en el lenguaje, no como un conjunto de palabras que instrumentaliza el pensamiento sino como el tejido mismo del ser. Esto ha alentado un diálogo entre Oriente y Occidente y, sin perder originalidad, ambos coinciden en las respuestas más prominentes sobre la verdad. La meditación budista logra comprimir tanto el cuestionamiento como la resolución y el resultado en simples mantras, que generalmente giran en torno a observar al observador, un mantra en sí; excelso en austeridad, ante la ausencia de todo carácter divino queda establecido de forma tácita que la sencillez tiene la preminencia.

La contemplación cristiana desarrolla todo su testimonio a partir de esa misma idea con sus propias sutilezas. Alegorías, hipérboles y parábolas que condensan el por qué, el cómo y el qué. Este estilo también constata la belleza de la simplicidad. Un pasaje bíblico que sintetiza este universo de significados es aquel en el que Jesús nos invita a estar alerta ante la llegada del hijo del hombre, equiparándolo a la irrupción de un ladrón por la noche. Resalta que él, Jesús, es la luz y que su llegada es tan espontanea como el asalto de nuestras sombras más hondas, enfatizando en la atención más íntima; no es una enseñanza sobre lo superfluo de la vida. Busca prepararnos para el entendimiento que desentraña la verdad al mismo tiempo que nos prevenimos de no ser sorprendidos por sentimientos enfermizos o pensamientos sugestivos que alimentan el ego y nos roban la gracia. Este propósito dual de la introspección también lo encontramos en el budismo y al igual que en occidente, los sueños son un punto de partida para la reflexión.  

El sueño es la experiencia franca de quienes somos, esa consciencia pura y de plena atención, donde el lenguaje se desnuda reflejando nuestra esencia suprasimbólica. Aquí, la mente, el cuerpo y los afectos son un único ente, una fuerza viva que nos permite crear y experimentar la realidad, en una conversación abierta con la intuición, en la quietud del gozo. En los sueños, se rompe el muro que en la vigilia nos mantiene separados de la verdadera consciencia y los mensajes más profundos de nuestra alma afloran a la superficie. El hijo del hombre es esa clave onírica, el signo alquímico por excelencia, por demás inconjeturable sin la presencia del amor. Es el nirvana, el relámpago que ilumina los verdaderos nodos del universo, que reanima el espíritu primario de las palabras, reconciliándonos con los auténticos alcances del lenguaje. Es el reencuentro con Dios, un suceso catalizador del amor, un reconocimiento instantáneo e ilimitado; sello de la resurrección.

Prosodia

La filosofía como precursora de las ciencias es una estampa tan real como engañosa. Es una metáfora que resalta el papel histórico y fundacional de la filosofía en el surgimiento del conocimiento científico. El desatino no radica en el carácter metafórico de esta expresión, sino en negarlo con la narrativa lineal que ignora por completo la profunda conexión de la filosofía con la mitología. Habrá que decir que los mitos no son estáticos, más bien son fieles a la realidad mutable, por lo que se reinventan. Incluso aquellos textos sagrados que damos por definitivos, resguardan en la ambigüedad simbólica su veracidad. Los conceptos inspirados por Dios, en cualquier región o época están redefiniéndose a la luz de las distintas escalas de percepción con la que se les interpreta. Y todo esto es, en sí, la naturaleza de la realidad, eje del mito, que ubica a la filosofía en el plano de lo sagrado, conteniendo la perenne verdad en su raíz, un código que equivale a todos los códigos, con el que accedemos tanto al ámbito de lo concreto como a los mitos más elevados, este ordinario signo coloca lo bello al alcance de todos, con él logramos compartir una sonrisa, amar o adentrarnos en la Biblia mientras la Biblia se adentra en nosotros. A través de este punto de fuga, los iluminados han llegado a ver el infinito; ahí donde, en esencia, el mito, la filosofía y la ciencia son lo mismo.

Cuando desconectamos a la filosofía de su naturaleza, la frivolizamos, y con ello, a las ciencias. Las mitologías más antiguas preservan el significado culmen de la humanidad, dignificar la raíz intrínseca de la realidad. Esta es una idea que resuena en historias como la de Gilgamesh, símbolo del clamor por retornar a la fuente de la existencia. La búsqueda de lo esencial o en términos cristianos, la gracia en el Jardín del Edén.

Esta búsqueda deja claro que existen dos grandes narrativas, la del paradigma del poder detrás de la razón absoluta, que nos acorrala en el antropocentrismo y el miedo. Y el paradigma de la fe, que nos invita a vivir en lo espontáneo a la luz de nuestra intuición; ese saber fundamental que subyace para recordarnos que la vida es lenguaje, es este entendimiento el que nos permite habitar el ser. Vivir en la verdad o retornar a ella cuando hemos salido de esa esfera de fe. Como si en su propia naturaleza metafórica estuviera encriptado el mapa que nos devuelve a la vida.

Nadie devela mejor el significado de esa verdad performativa que Jesús, quien, a partir del YO SOY, nos exhorta a vivir como las aves. Y, específicamente, sobre el lenguaje, nos dice que no nos preocupemos por qué decir, pues las palabras correctas vendrán a nosotros. Nos invita a un acto de fe y humildad, el único camino para acceder a la matriz del lenguaje, que no es para los sabios, sino para quienes están dispuestos a recibir la verdad a través del sentir. Vivir el mensaje, reconociendo que no es univoco, sino una trinidad que fluye cargada de significado, manifestación y amor.

La prosodia, la musicalidad de nuestra lengua, es la prueba concreta. La forma en que el español se entona en ciertas regiones de América, influenciado por las lenguas tonales, y la melodía inherente en la misma lengua en algunas zonas de España, no son casualidad. Son mensajes del lenguaje que nos recuerdan que el sentimiento es elemental para el ser. En este fenómeno de transferencia prosódica, el español no sólo se adapta, sino que de manera intuitiva reconoce una naturaleza común con otras lenguas. Es un eco de su propia esencia que le recuerda que el lenguaje es más que un sistema de reglas: es una resonancia de la verdad.

Esta misma idea de trascendencia es la que podemos encontrar en el arte. Para el guitarrista mexicano, Carlos Santana, el «feeling» es su sello. No se trata sólo de virtuosismo técnico, sino de una profunda conexión emocional y espiritual con su instrumento. Él mismo ha dicho en varias ocasiones que no es él quien toca la guitarra, sino que la música lo atraviesa por medio de ella. Sus solos que se extienden y se elevan, son una manifestación de su búsqueda espiritual, un acto de fe en el sonido. De la misma forma, la banda mexicana Zoé, nos ofrece un lenguaje poético que va más allá de lo terrenal. Sus letras se resisten a hablar del amor a secas, la elección de cada concepto en una sintaxis a menudo críptica, eleva el tema a un plano que abarca un sinfín de posibilidades. Al evocar el amor más profundo, la banda logra dar voz al arcano de la creación, uniendo melodía, espíritu y significado. El Santo Grial nos sirve de su mejor elixir en la música de Santana y Zoé, donde el amor y la intuición se convierten en el verdadero lenguaje. No podemos olvidar a Juan Gabriel, sus obras son signos de fe, amor y una inmensa capacidad creadora. Su nivel de interpretación es un ejercicio de exégesis del más alto valor. “Ya no vivo por vivir” es un buen ejemplo, el título es ya una insuperable síntesis ontológica del amor como experiencia. Es un digno homenaje al significado de la expresión más compartida y universal, que reivindica la existencia, desde lo trivial y lo ordinario a su justa dimensión atemporal y sublime. Juan Gabriel nos muestra que el arte tiene vida propia, y que su única consigna es devolvernos a esa sabiduría del amor.

Luz

Como cuando permites que sea la luz quien haga el trabajo por ti; así diré que se describe, por sí misma, la obra del arquitecto mexicano Luis Barragán. Desde luego, él sabía que todo es lenguaje y que la arquitectura es de las mayores muestras de ello. Comprendió el misterio creador de la analogía y lo refleja conteniendo sus creaciones en el foco de lo sublime para confluir en poesía tangible. Un acto deliberado que da forma a esa verdad que es metáfora y, a la vez, realidad.

En sus inicios, derribó parte del techo de uno de sus diseños, en lo que sería su mayor acto de fe. Amplió las ventanas de formas diversas con el claro propósito de dejar entrar la luz y toda su gracia al corazón mismo del lugar. Toda su propuesta gira en torno a esta idea, la cual nos recuerda el pasaje del paralítico que busca a Cristo. La muchedumbre no se lo permite, por lo que los seguidores de Jesús quitan el techo de la casa para bajarlo ante el señor. No hay moralejas en la Biblia, tampoco en la arquitectura de Luis Barragán, sólo parábolas.

Cada proyecto de Barragán es un templo al más puro estilo franciscano que se erige con el mínimo de elementos y, además, permite que la luz entre y se desplace libremente, guiándonos por el recorrido en un estado místico. Luis Barragán derribó los límites conceptuales por nosotros, para que la luz hiciera su magia sobre los espacios, los colores y nuestra percepción. Nos permite contemplar una composición poética que nos seduce a acariciarla con todos los sentidos; una experiencia que, de igual forma, se toca, se piensa y se siente.

La trinidad

El canto de las aves, el viento acariciando las hojas de los árboles o la lluvia, son algunas de las melodías más antiguas que haya escuchado la humanidad, son música. Contienen lo importante, son sentimiento, significado y sonido. Y vienen de mucho antes de la existencia del lenguaje (discursivo), e incluso antes de los seres humanos. Fue tan global antes como lo es hoy trascendiendo culturas.

En la música encontramos el protolenguaje; el dialecto matriz, no me detendré a explicar esto, pero diré por ejemplo, que el canto del gallo por la mañana está cargado de un simbolismo que no puede ser superado por ningún vocablo en ninguna lengua, basta decir que en cualquier parte del mundo significa, entre otras cosas, el despertar, y a su vez, evoca el sentimiento de alegría, la esperanza frente a un nuevo día, atado todo a la fuerza sonora.

La universalidad de la melodía como lenguaje está en los elementos que la constituyen. En esencia, son imágenes sonoras, es decir, son símbolos resonando —ondas o partículas y quizá ambas cosas acariciando nuestros oídos murmurándonos un mensaje—. Y a la vez es emoción. Los tres planos que tenemos por separados, cohabitan. El significado (el concepto que evoca), el significante (sonido) y el sentimiento viven en comunión, en un único tiempo, no hay un antes ni un después, no hay una idea causando un sonido o viceversa. La música nos regala el paradigma de la trinidad como unidad. El plano físico, mental y afectivo en un solo signo. #Metafísico #Ontológico #Performativo.

La música es la gracia misma manifestando su fidelidad, nos consuela con toda su compasión, es el aliento en el código preciso para cada momento, nos celebra con alegría, nos sosiega, inspira, erotiza, seduce, libera, compenetra lo más íntimo de nuestro mundo para abstraernos a su don, nos conmueve en todos los sentidos, nos hace sus confidentes.

Es esta clara conexión propia de la música lo que nos permite entender la esencia del lenguaje; no es que el discurso o la palabra carezcan de este principio de comunión, la retórica aún conserva su musicalidad. Además, la humanidad conceptualiza con vocablos o nombra su realidad de forma legítima, lo sabemos por los registros más antiguos. En México, entender el Nahualli es fundamental para entender la cosmovisión prehispánica, donde el acto de nombrar no es etiquetar, implica reconocer el vínculo profundo entre la esencia de cada ente y la naturaleza misma de la realidad total. Las runas germánicas o vikingas tienen los mismos tres componentes que representan una guía primaria, el significado, el sonido y el sentir. Es un acto creador que resuena con dos pasajes bíblicos, el de la creación del hombre y el de Adán nombrando a los animales en el Edén que, si me apuran, diré que son un sólo acontecimiento.

Inspiración en clave hermética, eso es la música, la mitología de la mitología, cuya claridad del mensaje no reside en lo explícito y unívoco, sino en su esencia, por lo que se resiste a nuestro entendimiento puramente racional, de ahí que no logremos acceder desde ese hemisferio, pero si acudimos a la intuición es casi seguro que se nos revele el concepto primigenio, el Nahual, el Ansuz o el Aleph, el signo de signos; la trinidad en Jesús como la llave que responde con todas las cerraduras, y que descubre cómo la humanidad ha creado el lenguaje, palabra por palabra, como cuando el escultor se abstrae de tal manera en el acto creativo que se podría decir que es la obra. El artista es un portal abierto, es uno de mis ejemplos preferidos; sólo que la obra aquí es el lenguaje, y si seguimos el hilo, es el ser en sí. Nuevamente performativo y ontológico.

El Padre Nuestro es un canto que clama a esta conexión, invoca al creador, reconociendo la preponderancia del Espíritu Santo antes de nombrar al ser en lo más alto; sin el amor nada será revelado. Aquí, la llave ha abierto la primera cerradura. Después, se evoca el abrazo de su presencia para ser parte de su gracia; se clama a su voluntad que lo unifica todo, y al pedir el pan de cada día, no es cualquier cosa lo que se pide, sino la revelación del signo. El resto es igual de solemne tanto como importante. El ritmo se vuelve más melódico, tan sublime como el mensaje.

El juego

“La infancia es mi patria perdida. Todo lo que escribo es un intento inútil de regresar a ese lugar donde el dolor aún no tenía nombre.” —Alejandra Pizarnik.

“Al poco tiempo conocerían a Pajarito, un niño de las Montañas con quien desde el principio entablaron una gran amistad que honraron caminando juntos, recolectando caracoles y cangrejos a la orilla del río, nadando, trepando amates, y jugando a derribar frutos o simples latas con la honda. Practicaban incansablemente con la honda de David, girando todo el cuerpo como recogiendo algo más que impulso físico para concluir tanto emocional como mentalmente en el objetivo. Cada fruto derribado era una victoria compartida del cuerpo, el espíritu y la mente.”—Fragmento de La voz de la Cascada.

La palabra ‘recreo’ anida justo en el corazón de la palabra ‘juego’, no por capricho, puesto que jugar es en sí un acto creador que reconforta en todos los sentidos, sana y reestablece; allí, el cuerpo es todo mente y al mismo tiempo es todo pasión, es una actividad religiosa en un sentido auténtico; madre de toda liturgia. Jugar es saberse vivo en términos superlativos y se celebra. Las risas sacuden el ser desde lo más profundo, lo limpian de todo lo funesto, ya sea de la tristeza, traumas o simples caídas; en la risa es la vida quien se expresa. En el juego descubrimos que la belleza está en la simplicidad y que la existencia ya es en sí misma una manifestación estética.

El juego es intuición pura; es la espontaneidad, ese saber inmediato de la experiencia plena. Es el momento puntual, cuando nada requiere un antes ni un después; es el tiempo que renuncia a ser tiempo. Es la psique, el corazón y el físico que se saben uno, la alquimia innata del amor. Es el reino. Y afuera de esto, nada es.

Por otro lado, se puede llegar a creer que la raíz del juego es competir o ganar como si de una guerra se tratara; ocurre. Ya lo decía Sun Tzu en El arte de la guerra: la única batalla que lograrás ganar es aquella en la que no participas. La misma premisa está presente tanto en el ajedrez como en el go, lo más importante es no competir. El juego ni siquiera es buscar la gracia, sino vivir en ella. La infancia es ese amigo para toda la vida con quien revaloramos lo importante.

Septiembre

Estamos en Septiembre, con mayúscula porque es el mes patrio y todos sabemos que tierra es religión. Patria es identidad; es donde nuestros símbolos más disímiles se mezclan; para dar un buen ejemplo, nuestra Virgen no podría faltar, estuvo presente en las últimas grandes transformaciones y nos acompaña hoy en cada celebración.

Para nada neutrales y tras bambalinas, los historiadores de la conquista nos legaron un sortilegio particular que representa una de nuestras mayores heridas, La Malinche; un estigma doloroso y difícil de superar.

Nada es más ofensivo que llamar a alguien malinchista. Al mismo tiempo es revelador, ya que tal ofensa sólo puede ser usada por un mexicano hacia otro mexicano. Para decirlo de otro modo, como en un truco del demonio, nada es más malinchista que acusar a otro de ser malinchista. Dicho aquelarre —flagrante contradicción subconsciente— nos invita a la reconfiguración, cual Caballo de Troya.

Así como sólo un malinchista podría juzgar a otro de serlo, la ironía sucede con cualquier otro insulto de la inmensa lista de insultos, si ha de guardar algún valor heroico, es el de ser punto de partida hacia un nuevo entendimiento. Como en la Odisea de Homero, donde el Caballo de Troya genera la catarsis en los griegos, permitiéndoles dejar atrás su vieja forma de pensar para embarcarse en un viaje de autodescubrimiento, pues no fue troya lo que destruyeron sino sus propias y banales ansias de poder. Sólo así se podría reconocer como auténtico su arrepentimiento por el sacrificio de la noble verdad representada por la buena Ifigenia, antes de surcar el mar hacia la cruenta guerra por lo que creían suyo.

Aquella narración en la que Cortés le quema los pies a Cuauhtémoc, tiene, al menos, una versión alternativa. En la cual, La Malinche se compadece del sufrimiento de los suyos y es quien interviene para detener la tortura, ya que nadie revelaría el paradero del codiciado oro. Y no por su valor material, sino porque, al tratarse de figuras sagradas, acompañaban el peregrinaje de ancianos, mujeres y niños hacia el sur.

En este otro relato, La Malinche no esperaría a que la tortura innecesaria se prolongara, ni se arriesgaría a que alguien hablara, por lo que convenció a Cortés de ponerle fin a ese episodio, aún sabiendo que sería malinterpretada por la historia. Quizá sea sólo un mito dentro del ya conocido mito, pero es ahí donde radica su importancia, al contener la posibilidad de releernos como mexicanos.

Los mitos, así como cada uno de los personajes en la historia, son grandes nahuallis que encierran un saber oculto y creador. Son arquetipos que delinean nuestra realidad. No es exagerar si estamos conscientes de la grandeza de nuestra nación.

Analogías

En la antigua Grecia los debates se daban en torno a cómo se accedía a la verdad. Por un lado, los sofistas aceptaban la ambigüedad, mientras que los filósofos buscaban la precisión en la definición. Así, gradualmente, el hombre renunciaría al mito para abrazar el logos, la razón.

Sin embargo, el mito sigue presente en el logos, y en cada hombre racional hay un sofista, puesto que sin analogías no hay lenguaje. Por definición cada signo es la representación de algo más; el signo es una alusión conceptual y, por ende, implica otro número ilimitado de signos que no se pueden condensar de forma rígida o precisa. Incluso en términos formales todo significante tiene un significado mayor al que su definición le puede otorgar; la definición nunca será la totalidad del significado. Conceptualizar significa capturar la multiplicidad con la que se nos presenta la realidad para sintetizarla en una sola imagen, el signo.

El lenguaje es dinámico, es un proceso constante de creación de significados a partir de símbolos. El ente no existe sin concepto, es a través de la metáfora que cobra vida, es decir, no existe ente sin su propia deidad. Para contemplar la naturaleza del lenguaje, tendríamos que ingresar a él a través del ojo interno de la mente, a través del sueño.

En el sueño, escalamos entre analogías que se suceden recursivamente, una sobre otra, sin fin. El signo tiene un numero infinito de rostros y se desplaza sin restricción en lo más hondo del ser. Es por esto que tanto para la filosofía como para el psicoanálisis los sueños son considerados más que simples pistas. Para la física, como el hijo pródigo, el regresar al mito fue toda una revelación; ya no es de locos plantear que la realidad misma es ambigua y relativa como los sueños, donde el universo es en sí una analogía de otro universo que lo contiene y que a su vez es la analogía de otro, y así, en una secuencia infinita, como el lenguaje mismo. La recursividad en la mecánica de las cosas explica mejor la realidad. Ni los sofistas de la antigüedad ni los racionalistas de ahora niegan que exista una verdad última, sólo ha cambiado lo que entendemos por precisión, pues, lo absoluto ya no es una realidad concreta y causal sino subyacente y correlacional; ya no es de locos hablar de distintas escalas del tiempo cohabitando juntas o de la presencia de neurotransmisores que identificamos con el amor en los procesos creativos del lenguaje.

No puedo evitar mencionar al menos tres pasajes bíblicos por su estética minimalista, esa capacidad de sintetizar ideas al mínimo de palabras. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, permítanme recurrir a la analogía de imagen como signo o unidad, semejanza como síntesis o metáfora (mito) y Dios como lo múltiple o la realidad absoluta. Luego tenemos la imagen de Jacob escalando al cielo a través de un sueño. Y Finalmente, el pasaje de Jesús en el monte tabor en el momento de la transfiguración. No diré más, porque el signo está impreso de forma elegante para la posteridad. Únicamente añadiré que el tiempo y la realidad, ahí, en la transfiguración, no podrían ser más precisos.

Los Pirahã

¿Qué es la recursividad en el lenguaje?

El lenguaje es una misteriosa danza de imágenes sonoras que se resisten a una definición aceptada por todos. En el centro de la búsqueda de su significado se encuentra la recursividad, la cual intentaremos desentrañar. Es la habilidad de expresar una frase capaz de contener una serie ilimitada de otras frases. —Gemini dice que es como un espejo frente a otro espejo—.

Este patrón recursivo se repite como un fractal, donde una oración contiene a otra, que a su vez contiene a otra, que contiene a otra y así sucesivamente, como las muñecas rusas. Por ejemplo: Shakespeare escribió una historia sobre Romeo, quien se enamoró de Julieta, cuando las cosas parecían ir bien en el sur de Europa, donde las personas consumen el mejor vino, cuyo sabor a frutos del bosque es inconfundible… Una frase en apariencia irrelevante, pero hay aquí una estructura de posibilidades infinitas, a partir de elementos finitos.

Noam Chomsky propone que esta habilidad de hilar más de una idea en una sola frase, la recursividad, es la naturaleza misma de toda lengua. Es decir, tiene una connotación genética y sin ella, no existiría el lenguaje. Esta idea parece ser la más aceptada entre lingüistas.

En 2002, Daniel Everett desafió este dogma al afirmar que el lenguaje de los Pirahã, una tribu del Amazonas, carece de este patrón recursivo, así como de la conjugación de verbos en pasado o futuro y de un sistema aritmético. Sus cualidades son, más bien, la capacidad de abstraer el significado de las palabras antes de ser palabras, y un mayor abanico de posibilidades para comunicarse, ya sea al hablar, cantar, tararear, o silbar. La oportuna irrupción en el mundo moderno de esta enigmática comunidad, incitó uno de los debates más ignorados, pero sin duda, interesantes.

Según creo, la simpleza de la lengua de los Pirahã, la ausencia de tiempos verbales y la falta de un sistema aritmético es evidencia clara de su cosmovisión minimalista basada en la experiencia pura; la performatividad —una realidad aparte—. Por lo cual, para ellos no es indispensable expresar oraciones complejas ni disponer de conjugaciones temporales del verbo porque experimentan el tiempo real y tampoco necesitan separar a la naturaleza de su significado. Esto confirma el carácter primigenio de su lenguaje y cuestiona no sólo las bases de la gramática universalmente aceptada sino el sentido original del paradigma prometeico.

Para alguien que aspira a una ontología de la performatividad, es imposible no conmoverse, puesto que no se trata de abandonar el mundo sino de habitarlo.

A la luz de la performatividad o de esta otra mirada de la realidad, el debate se disuelve. Y es que la recursividad está y no está presente al mismo tiempo en el lenguaje de los Pirahã. Y sólo así, Tanto Chomsky como Everett estarían en lo cierto; el primero, al plantear que la recursividad es la base genética de la gramática, y el segundo, sobre la relevancia simbólica y/o cultural. Dado que, bajo esta otra perspectiva, ambas dimensiones, mente y cuerpo, son inseparables, no en términos de causa efecto sino de simbiosis, donde lo físico, lo mental y los sentimientos confluyen. Pienso y existo a la vez que siento, una fórmula ya conocida: palabra, carne y espíritu; el plano espiritual, es decir, lo afectivo, como brújula tanto en la semántica como en la genética del lenguaje. Partiendo de esta verdad distinta resguardada por los Pirahã, la recursividad sí está presente y cobra un sentido definitivo en el lenguaje, es el estilo espontáneo y pleno en significado, donde los sentimientos son igual de importantes. Y que igual encontramos en el canto de las aves como en el jazz.

Mis conjeturas no son otra cosa sino el eco de los pasajes bíblicos en los que Jesús nos invita a vivir libres, a observar a las aves que no se preocupan por el pasado ni el futuro, y a decir sí cuando es sí, y no cuando es no; cualquier otra cosa que se le añada, del mal procede. Incluso en los peores momentos nos invita a no preocuparnos por qué decir, en tanto que, con fe, es Dios quien obra. No desdeño lo que hemos logrado como humanidad, sólo me pregunto, ¿qué más podríamos haber logrado?

La naturaleza se recrea entre significados latentes y le enseña al ser humano, con sigilo y paciencia, qué es lo verdaderamente importante. Esa es la naturaleza de la humanidad y de su lenguaje; los Pirahã son la evidencia. La novela Un mundo feliz evoca este tema; al final, en un sentido figurado, pero no por eso carente de verdad, Huxley nos dice: John ha cruzado los muros del entendimiento.

La Carbonerita

¿Qué relación existe entre la proporción aurea, la Mona Lisa de Da Vinci y las Meninas de Velázquez?

La respuesta es, la intuición misma de la naturaleza, y dicho esto, habría poco que agregar, considerando que las matemáticas, las ciencias sociales, el arte y todo lo que conocemos derivan de ese saber sin lograr contenerlo; solo son una pequeña muestra. Un buen ejemplo es la proporción aurea, 1.618, que generalmente es representada por la figura de la espiral. Es un numero irracional, es decir, su belleza no puede ser condensada por la razón. Mientras para la aritmética uno es igual a uno, para la naturaleza una naranja nunca será igual a otra naranja. La ciencia tiene fines distintos y procedimientos específicos en tanto que la intuición habita las posibilidades infinitas.

Exploremos un poco más de cerca los alcances de la intuición desde el arte.

En términos llanos, cuando una persona está triste se le alarga el rostro, cuando está feliz el semblante encuentra la proporción aurea en la sonrisa. Es indudable que Leonardo Da Vinci lo sabía; en su obra más famosa del Louvre, no sólo nos regala una imagen fiel de la belleza física, sino la del espíritu etéreo de la Mona Lisa. Por supuesto, no es ningún descubrimiento de mi parte. La intuición no solo está presente en la dimensión mental o física, sino que igual se le puede observar en el plano espiritual —el de los sentimientos—.

A decir por un artículo publicado en 2019 por la BBC, en las Meninas, Diego Velázquez nos comparte todo un tratado filosófico; esto coincide con lo expuesto por curadores y filósofos. El cuadro es la imagen de la metáfora, es lo que insinúan, es decir, no lo dicen tal cual, pero es lo que infiero.

En un ejercicio de honestidad, Diego Velázquez ha logrado que sea el símbolo mismo quien nos hable. Al autorretratarse, su rostro ya nos dice claramente, yo soy el signo y este es mi cosmos, para envolvernos inmediatamente en una espiral de ideas que, una a una, van desdoblando el tiempo. Velázquez nos dice que él es la obra, es el pincel, el atril, y es el aposentador resistiéndose a salir, quizá, el arquetipo de su búsqueda obsesiva; Velázquez es la infanta con toda su inocencia, es Nicolasito y es el perro en primer plano meditando con toda su luz, y, en contra parte, también es el fuego prometeico encumbrado entre las sombras al fondo; el artista es la reina y es el rey, y por si no fuera suficiente, también es el reflejo de ambos; es el espejo en lo hondo. Justo ahí, se hace el silencio del entendimiento; el signo no sólo es el pintor sino el espectador. Estamos parados donde se supone que estarían los reyes siendo retratados, representantes absolutos del poder; Diego nos ha ubicado en el vértice de la pintura, el bucle de la mente, la figuración de la figuración de la figuración, etcétera; donde las dos más antiguas narrativas se confrontan, la de la fe y la del ego. El cuadro soy yo, tú, él y todos, es el lenguaje mismo, pues, cual conjuro que cobra vida, nos habla. Es mente, corazón y cuerpo cohabitando juntos; el verdadero fuego. Para ese momento ya todo es etéreo.

En el centro del cuadro, levita la infanta Margarita con un pequeño búcaro de barro rojo en su mano, proveniente de Guadalajara, del México místico, y que, al masticar el barro, liberaría ciertas sustancias psicoactivas. “Simultáneamente físico, psicológico y espiritual en sus implicaciones simbólicas, el búcaro es un ojo de cerradura a través del cual se puede vislumbrar y desbloquear el significado más profundo de la obra maestra de Velázquez” —dice la BBC—.

Tanto Da Vinci como Velázquez, se dejaron embriagar por la intuición, así como tantos artistas más, haciendo de este tema el centro de una larga tradición, cuyo origen no es otro sino el pálpito de la naturaleza misma, fervoroso, erótico, sublime e irreverentemente trascendental.

Únicamente algo más, Miguel Ángel hizo algo más por nosotros, rompió literalmente la noción más racional sobre las proporciones para ofrecernos otra mirada, nuevamente, emulando a la naturaleza. Después de redimensionar al pequeño David para reafirmar su grandeza, lo deformó para que lográramos contemplar su belleza, un truco al frente de otro truco, confirmando que la proporción dorada no es una formula exacta. En el fondo, desde otra perspectiva, el mismo viso bíblico, la metáfora del movimiento de la honda de David, la espiral derrotando a Goliat; de nuevo, la fe frente al ego.

Gracias a la intuición, el artista puede lograr que una sola imagen lo contenga todo, queda claro que no son los recursos complejos o la destreza lo que resaltamos, sino la profundidad de la conexión. Si existe una obra capaz de hipnotizarnos tanto o más que las antes mencionadas sería, sin dudarlo, La Carbonerita de José Clemente Orozco en la imagen de hoy; un simple y olvidado dibujo de una niña saliendo de las minas de carbón, como analogía de verdad y belleza, que resume la carga espiritual del resto de su obra.

Es aquí donde cobra sentido lo de, “forma es fondo”, el arte como la más íntima revelación.

La danza

Antes de adjudicarle cualquier significado, la danza ya es una representación del principio dinámico de la realidad y algo más. Cada vez que una persona es atraída a delinear un ritmo con su cuerpo, se hace parte de una escena sin principio ni fin. Lo mismo evoca a las primeras personas danzando alrededor del fuego como a las primeras células que originaron la vida en la tierra o, a la geometría del universo. La danza no es simple seña sino la manifestación expresa de la esencia de la vida o, dicho de otra manera, es la representación de la representación de la representación, etcétera, de libertad. Es significado y significante. Así, igual el ballet de elipses cósmicas que un Huapango porque todo es danza.

La danza es mucho más que una simple figuración; algo intrincadamente paradigmático sucede con el tiempo. Regresemos a la imagen de la primera humanidad danzando alrededor del fuego; lo que ahí acontece es mucho más que las primeras contorciones o los primeros saltos, era toda la historia de la humanidad que se anticipaba a acompañarlos, eran los primeros pasos y los de ahora danzando juntos; era el mundo el que giraba en ellos, era el universo el que palpitaba a través de sus corazones, pues, danzar no es más físico de lo que es emoción. Es el espíritu quien se apropia de todo protagonismo; el cuerpo y sus desplazamientos se ceden al sentimiento. Es el aliento mismo de las personas lo que ahí se revela, la pasión asomándose en cada movimiento. Es esa estampa viva que trasciende el tiempo, en la que pasado y futuro se hacen presente y el artista se une al arte a través del corazón; la danza es, en sí misma, la naturaleza más íntima del gran ritual de la realidad.

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