No se le escucha al Minotauro de Borges. Aunque tiene cuerpo de hombre, al tener cabeza y lengua de toro, carece de voz humana y no lo comprendemos. Surge la misma dificultad cuando intentamos entender nuestra propia naturaleza con el aparato del lenguaje lógico. La intuición se repliega porque la juzgamos de soberbia y de locura. Lo mismo ocurre con el amor cuando lo vemos desde la razón, no las matemáticas elevadas sino la lógica fundamental, ese laberinto con el que pretendemos silenciar las expresiones más esenciales; la causalidad, el dualismo y el subjetivismo con los que tachamos nuestro lado animal de irracional y contrario a los propósitos de la humanidad, como un monstruo salvaje y misántropo que requiere ser confinado.

Hemos olvidado que la intuición no se puede confinar, es como intentar engañar a Dios. La naturaleza es un lenguaje infinito. Aunque no la entendamos, ella sí nos entiende, aunque creamos que podemos aprisionarla, para ella no existe ninguna prisión, no ve laberinto alguno, sino el infinito, su casa.

El animal en el hombre, el toro, es el amor auténtico capaz de liberar la mente de la razón y los prejuicios que se aferran a ella; es el desapego total, indiferente incluso de sí mismo; es la intuición sin forma porque es todas las formas, una metáfora sin principio ni fin. Es por esto que el mito se vuelve importante, porque es la voz de la verdad.

Los poetas griegos no plantean que sea el Minotauro quien se come a esos chicos atenienses, al menos no su lado animal. En una versión alternativa, el Minotauro es un humilde jardinero que poda y fertiliza el pasto, a quien se le culpa por todo, por ser analfabeto; no necesita del discurso para cuidar el jardín, nunca le interesaron las parábolas dialécticas. Ahora el caos tiene sus propias teorías y su propia ciencia, la mecánica cuántica; una curvatura útil, pero curva al fin. ¡Cuán difícil ha sido reconocer que no existe tal cosa llamada orden! En otra versión, el Minotauro es el poeta y tan sólo juega y se divierte con los atenienses a quienes considera sus amigos. Y, dado que este, mitad hombre y aún mitad naturaleza, abstrae la ambigüedad del ser humano moderno, la versión más creíble es la del Minotauro como una llama ardiente que nunca se apaga en medio de la zarza.

Es complicado darle voz a la intuición porque carece de lógica que la contenga; es el mito el que nos muestra la verdad paradójica; tal como el hilo de Ariadna que señala el camino de salida de nuestro propio laberinto. Al final, la tragedia radica en creer que podemos usar el mito para matar nuestro lado animal. No es el Minotauro lo que nos genera desprecio sino la violencia que ejercemos contra él para silenciarlo.

—¿Lo creerás, Ariadna? —Dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.

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