Henry Miller declaró alguna vez, que incluso a través de la disciplina se puede llegar a la iluminación. Cualquier camino es válido, dado que la verdad a la que se aspira llegar, es la inconmensurable realidad, al ser infinita, lo es todo, no carece ni tiene anhelo de nada; es indiferente incluso de sí misma. Cada tradición espiritual, al igual que el arte en todas sus vertientes, nos ofrecen una diversidad de vías que conducen a la misma revelación existencial, una verdad que se es, y no tanto un conocimiento práctico o utilitario. Ya sea una obra pictórica como el «David con la cabeza de Goliat» de Caravaggio; escultórica como «La Piedad» de Miguel Ángel, o literaria como la Biblia o los Upanishads, todas éstas, acuden a una comprensión que, si bien es conceptual y, por ende, de implicaciones en el plano tangible, más bien emerge en forma de un sentimiento, un saber mítico que replantea todo lo que creemos conocer.

La mitología y la razón no son opuestas, salvo que media entre ellas la historia de un romance fallido. El mito es una expresión aparentemente ficticia que suscita la verdad en lo más hondo del Ser, donde no impera la razón sino la intuición, la cual sublima lo mental, lo físico y lo afectivo a una sola dimensión. El mito es una verdad simbólica, una analogía, y es crucial porque es la naturaleza tanto del lenguaje como de la realidad misma.

La realidad es un entramado de correspondencias, donde no existen dos átomos iguales; cada cuerpo o ente es singular. Para el infinito, 1 nunca es igual a 1, pero sí son análogos. El mito reconoce la esencia simbólica de la realidad, incluso de su dimensión tangible, biológica. Como si se tratara de un profeta o un oráculo intuyendo arcanos, así se presenta el ADN, como un microcosmos del lenguaje puro, donde la misma base nitrogenada es cabello, pluma y escama a la vez; cual embrión de la metáfora viva en toda su extensión conceptual. De igual forma, el mito es la voz de la verdad perenne, es el pulso de la realidad ilimitada. No el pulso del tránsito temporal, ámbito de la razón, que nos permite explicar cómo el código genético forma cabellos o escamas o plumas, esa, más bien, es la lógica que emerge del tiempo causal, el sentido útil o práctico del lenguaje. El mito es la imagen de la existencia infinita, creando y siendo creada simultáneamente, es el instante que revela el Ser en sí.

La mitología es el espejo vivo de la realidad, en tanto lenguaje, es la esencia analógica de la intuición, la apertura que reintegra lo físico, mental y afectivo en el poeta. Esta conexión con la naturaleza simbólica de la vida, se estampa en la obra, para ser abstraída por su posterior interlocutor. Así se trate de un texto sagrado o de una pintura, el artista, digamos el pintor, se retira, no fuera de él, sino a lo hondo de él, a la intuición. Desde esa misma dimensión será el observador quien reanime las pinceladas, los conceptos y la emoción —los tres elementos del lenguaje: significante, significado y prosodia—, mismos que, para la intuición, son indistintos, son analogías. Esto sólo puede ser explicado por el propio artista, quien es sustraído del fuera de sí, hacia este estado de inspiración o epifanía, una apertura mítica que, en sí misma, es la verdad; la realidad simultanea de ese instante es la verdad última que se revela.

Esta apertura mítica es una conexión directa con la realidad y es la experiencia más cercana a la primera consciencia del ser humano. El escritor Oscar Wilde recurre a esta idea para relatar la caída del hombre, de la consciencia primordial al egocentrismo. En su novela El Retrato de Dorian Gray, inmerso en esta apertura mítica, Wilde nos relata cómo el pintor Basil Hallward se adentra a esa misma apertura, para retratar la belleza de Dorian Gray, quien representa precisamente esa apertura: la consciencia primordial o la gracia de Eva y Adán antes del pecado. Wilde captura de esta manera, por analogía, la esencia del lenguaje vivo. Ahí, ya no es el autor quien nos relata la novela, es el mito quien se asoma como el propio narrador de su histórica relación con la humanidad. La serpiente que pervertirá a Gray es Lord Henry. A estos dos es el mismo pintor Basil quien los presenta, el mito reconoce así, a través de Oscar Wild, que la caída es una posibilidad implícita en la libertad, que no hay culpables. Lord Henry es el arquetipo del miedo y los convencionalismos disfrazados de libertad y buenas intenciones. El viso de impermanencia es la más cruel contradicción; la causalidad es el mayor conflicto existencial, y se ve a sí misma como la solución. Dorian Gray se inclina a estos ideales, que irónicamente lo hacen renunciar al amor auténtico; su espíritu sufre el desdén de la doble moral. Dorian, o mejor dicho, su ego, aparenta una belleza que no le corresponde; el retrato que Basil le ha pintado, la apertura hacia la belleza de su consciencia, se ha corrompido.

El retrato de Dorian Gray detalla la caída de Adán y Eva, en los términos más universales; es el mayor trauma existencial y atañe a toda la humanidad, pero eso no es lo importante, sino el conflicto íntimo, esos momentos en los que —permítaseme hablar en lo personal— sedo ante el ego, y digamos que ese es el núcleo de la verdad que trasciende del autor de la novela a sus interlocutores. Esto es relevante porque el mito se resuelve desde y para el Ser, ese es el aliento del mensaje, no el activismo social. Del mismo modo, ningún relato mitológico y ningún texto sagrado le pertenece al ámbito político sino al personal.

En El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde captura ese momento performativo, donde creador, creación y espíritu se funden emulando la naturaleza del lenguaje, es decir, la realidad. Con esta analogía, la novela nos muestra, al desnudo, el Ser en sí, la consciencia del primer hombre y su caída, y la odisea hacia su redención, honrando y guardando proporciones con las revelaciones bíblicas cuya autoría está reservada a Dios. Pero, ¿qué es el espíritu? ¿Cuáles son los matices de ese sentimiento que acompaña a lo conceptual (creador) y a lo tangible (creación)?

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