La mitología no es una invención humana, no es el esteta quien crea la obra trascendental, sino la misma naturaleza analógica de cuanto existe, entretejida en la intuición. Al expresarse por analogía, la realidad se resuelve como su propio lenguaje y su propio interlocutor, en ese momento de atención intuitiva en el que se revela perpetua e infinita a través del poeta. Es ahí, cuando ese sentimiento se estampa en la obra. Es por esto que ese espíritu no puede ser contemplado por la razón causal, pues la cuenta de momentos nos aparta de la verdad del instante. Pero, ¿qué es ese espíritu o sentimiento que acompaña a lo conceptual (creador) y a lo tangible (creación)?
Empecemos diciendo que tampoco fue Moisés quien escribió el Pentateuco, sino el Verbo en el sentido más excelso, y está presente desde el principio de la creación. Sus relatos como su estilo poético configuran el tercer elemento que los acompaña: el espíritu del texto, que, cual fractal, contiene la imagen trinitaria como la expresión profunda de Dios. Ahora entendemos en quien se pudo haber inspirado Oscar Wilde. Claramente, Moisés fue testigo de la mayor estética de la analogía para legarnos este registro, sirviendo como instrumento de inspiración divina.
Aun así, la identidad de Dios siguió siendo un misterio, son los profetas quienes dejaron ver el despropósito de buscarlo con la razón causal, anticipando la llegada del Mesías como el Verbo hecho carne: la analogía más pura. La profundidad del significado trinitario se revela en Jesús, quien unifica lo simbólico y lo tangible con el espíritu de su palabra. Su verdad ha resonado en lo más profundo de todos en el último par de milenios, cual intuición reavivada, puesto que, ya en el libro del profeta Jeremías, Dios había anticipado que su ley se escribiría en el corazón.
Después de las enseñanzas de Jesús, no hay necesidad de dar a conocer nada más, en tanto que todos conocemos a Dios en Jesucristo. Habría, si acaso, un pasaje que reafirma esta idea, es decir, nadie puede negar el espíritu cristiano como la identidad de Dios (Mateo 12: 31-32). Cristianos o no, podemos cuestionar si el padre tiene barba o es éter, o si el hijo es de tez blanca, pero nadie duda que, en espíritu, Dios es Amor. Lo afirmemos sin más, al ser un sentimiento universal implicado en la vida, sin importar religiones o ideologías, todos nos confortamos en la congruencia del Amor auténtico e ilimitado que reconocemos en Jesús.
No habría artista ni arte sin la presencia de ese Amor. Sus matices, en tanto identidad de Dios, han conmovido a los más grandes pensadores. Las innumerables obras de arte inspiradas en ese espíritu encarnado en Cristo, no son trivialidades; resguardan las más elevadas respuestas metafísicas y ontológicas contenidas en las enseñanzas del Mesías. El origen mismo de Jesús es asombroso y, desde la epistemología más sublime, la Biblia nos muestra con precisión estética a qué nos hemos intentado referir en este texto.
Jesucristo nació como cualquiera de nosotros, de una mujer; salvo que su padre es Dios. De esta manera el Evangelio de Mateo nos presenta la primera correspondencia trinitaria del Nuevo Testamento. Exaltando por igual: la vida misma en la persona de Jesús, la gracia creadora por medio de la mujer en María y la presencia del Espíritu Santo. Es así como los unifica en un único valor supremo, pues, no hace discriminación alguna entre ellos; revelándonos, así, la mayor expresión de Amor, es decir, nos permite ver el rostro de Dios en el nacimiento de su hijo amado, Jesús.
La belleza de este relato es de principio a fin. La presencia del Espíritu Santo es la ventana abierta en esta imagen, hacia su afluente de significados. Su esencia analógica, se revela como un Amor ilimitado. Al dejarnos ver la imagen trinitaria de la propia vida, se muestra a sí mismo como el Principio único. A la vez, nos presenta el nacimiento del niño Jesús, así como la gracia inmaculada de María, en el sentido más enfático del término, constatando la consciencia pura de nuestra Virgen. Con ese mismo viso se nos muestra la consciencia primigenia del hombre antes del pecado y, por analogía, por semejanza, la imagen pura de Dios.
La Biblia nos recuerda la identidad trinitaria de Dios con otra imagen que, en esencia es la misma, sólo que esta vez, es ya, Jesucristo, el eje exegético. Se trata de la visita de los tres Reyes Magos al niño Jesús para consagrarlo con tres regalos que corresponden a su identidad: Oro, que representa la gracia creadora en términos conceptuales (la mente); Incienso, que representa al Espíritu Santo (lo afectivo); y Mirra, que representa al Mesías (el cuerpo). Con este relato, la Trinidad se reafirma como la identidad de Dios en Jesús, y de la analogía como el lenguaje de la realidad. El énfasis en Jesús como el Ungido deja claro que estamos frente al mayor de los símbolos; la analogía per se, puesto que da vida a la revelación y la redención del hombre, el YO SOY como la verdad encarnada.
La multiplicidad de significados que confluyen en Cristo, su conexión con la unción —la Mirra o el aceite—, la naturaleza del lenguaje y la trinidad, es visible desde su nacimiento, enmarcado por la presencia de Dios a través de sueños —la apertura mítica por excelencia—. Esto nos remite a un pasaje en particular en el antiguo testamento que ilustra la correspondencia entre el mundo material, el conceptual y el espiritual. Sin el sentimiento correcto cualquier interpretación bíblica estaría incompleta.
Génesis 28:12-22 nos relata que Jacob conoce a Dios, el que fuera en un sueño es un hecho importante que la Biblia describe como una escalera que une a la tierra con el cielo y por la que subían y bajaban ángeles. Aun así, este hecho corre el riesgo de ser pasado por alto ante la presencia de Dios y su revelación. Sin embargo, Jacob no sólo comparte la profecía, sino que, al despertar, reconoce el sueño como la casa de Dios, y consagra su dimensión metafísica a través de una representación física.
Jacob levanta la piedra que ha sido su cabecera para apuntar con ella al cielo y ungirla con aceite; el significante (físico) señala el significado profético (mente), esta es la imagen que captura su experiencia, y que venera con aceite (espíritu). El altar de Jacob es la imagen del sueño como la mayor apertura mítica.
En el sueño todo se conecta por analogía: la naturaleza del lenguaje. Este es el territorio de la intuición, donde el cuerpo es mente y es espíritu (sentimiento); las tres dimensiones unificadas y sin jerarquías. Es así como Dios lo abraza todo, sin exclusión alguna, y esta es la imagen de su Amor infinito; la identidad trinitaria del Espíritu Santo que Jacob representa en el altar. Así es como nos muestra esta traslucidez dimensional, al consagrar la piedra que ha sido su cabecera como pilar señalando al cielo, ungiéndola con aceite. Así escenifica la unión entre lo creador, lo creado, y este sentimiento performativo, así representa el YO SOY; y así prefigura la verdad trinitaria que encarnará Jesús. Este pasaje describe el estilo poético usado por Moisés en todo el Pentateuco y es por ello que aquí, cobra su mayor significado.
La casa de Dios es una verdad ontológica, es la consciencia primordial, la trinidad, y es, a la vez, la promesa del mesías. La relevancia de Jesús es evidente, su verdad resuelve cada tensión profética en la Biblia. Jacob no pudo evitar sentir miedo, tal como Moisés en el Horeb, es Jesús quien nos enseña que es la Fe y el Amor, lo que nos une a Dios. El ungido es la apertura que reconecta la conciencia humana con Dios, ya que se trata de la Trinidad como identidad: del Amor (que todo lo une), del Ser (en tanto consciencia), y de Dios (creador omnipotente y omnipresente); el YO SOY.

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