La mitología es el álgebra del conocimiento metafísico y el aliento de toda ciencia, puesto que abstrae las correspondencias y las formas universales con las que se expresa la realidad. El mito no pondera certezas por encima de esta naturaleza simbólica, es un saber inherente al Ser y, por tanto, a la capacidad humana para nombrarlo. Es por esto que el cuerpo, la mente y lo afectivo son análogos en el entendimiento más profundo, en el territorio de la intuición. Sólo ahí se logra una conexión con la realidad, pues, es ahí donde se entrelazan todos los lenguajes; es decir, a la intuición nada le es ajeno, ya que entiende que cada ente, cada forma, es una expresión distinta (una analogía) de la misma realidad esencial ilimitada. Es en esta apertura mítica donde el artista, el arte y el sentimiento se encuentran; emulando a la propia vida.

En este estado mítico, el observador es lo observado; esta percepción es el eco de la consciencia primigenia, y esta consciencia es la huella de la consustancialidad de la Trinidad divina, en la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno. Dios es la imagen de la reciprocidad infinita, donde lo creador, lo creado y el espíritu son análogos entre sí y hacia sí mismos. Es la imagen fractal de la realidad replicándose en sí misma, en cada organismo y cada molécula.

No es casual que la Biblia use la palabra ‘imagen’ en el relato de la creación en el Génesis; no es un recurso trivial. El hombre a imagen de Dios no es una referencia literal, sino que alude a la analogía como esencia creadora a semejanza de la naturaleza eterna e infinita del YO SOY. Ahí es cuando su significado es total; es en ese instante de apertura performativa cuando emerge como verdad última. La realidad es espontánea, puro presente; nada ocurre fuera del instante (la imagen).

Este es un entendimiento que la razón determinista nos niega, al registrar los momentos como una estricta sucesión de causa-efecto. Sin embargo, es precisamente ahí donde se resuelve esta ambigüedad entre la raíz del mito (la apertura que conlleva vivir el tiempo) y la causalidad que, al enfocarse en calcular el tiempo, no nos permite advertir la apertura creadora del instante. A esto se le conoce como la paradoja del cambio, y está presente en todas las teorías evolutivas de los organismos vivos. Esta inconsistencia causal es clave, al darse incluso a nivel genético.

Por ejemplo, la perspectiva determinista nos basta para explicar que el murciélago evolucionó de un pequeño roedor mamífero arbóreo, que aprendió a saltar antes de planear, para luego desarrollar alas que le permitieran volar. Pero no hay un momento que capture la transición de una especie a otra, porque en realidad no hay cambio en ninguno de los momentos que se registran; todo es simplemente un estado que sucede a otro estado, sin que el acto creativo sea capturado. La transición es una conclusión a partir de datos aislados y a posteriori.

La apertura mítica intuye a priori la instantánea ilimitada y etérea del Ser en sí. Esta imagen aplicada al roedor nos permite ver que, para él, todo el pasado y todo el futuro están condensados en el acto presente. Su atención está centrada en el instante creativo: no hay un antes ni un después, sino performatividad, en un diálogo interior y con su entorno por medio de la intuición. Esta es la consciencia que lo ciñe a cada molécula que lo constituye; será la correspondencia entre las distintas semánticas en sus entrañas, así como con el viento, los árboles, los frutos, insectos y demás lenguajes a su alrededor, lo que moldeará el código genético, no el suyo, sino el de la siguiente generación. Sin esa conexión no habría evolución; al ser un proceso de siglos en el que lo único que perdura es el presente, su evidencia es imperceptible ante cualquier registro circunscrito a la frontera pasado-futuro. Para que sus alas existan, el roedor deberá saltar por los árboles una y otra vez y sólo Ser en cada instante.

Nada se da por causalidad o determinismo, sino por añadidura, uno de los algoritmos que encapsulan la metafísica cristiana. Para Jesús, el padre (creador) no está separado del hijo (creación), como tampoco lo está para la intuición la mente del cuerpo, ni del espíritu (el amor que, también por analogía, es Fe, Libertad, Compasión, Gracia, Felicidad, asombro, etcétera). El determinismo no nos permite ver este momento de creación, ya que al dar por hecho que la evolución es causalidad, sitúa la vida en el estatus de miedo y amenaza y no de semejanza; un estado en el que todo está separado, todo es ajeno y diferente. En cambio, la apertura mítica nos permite ver la imagen, la instantánea, donde el roedor, sin serlo aún, ya es el murciélago. En cada salto hay un dialogo con cada una de sus moléculas y con su entorno, dejándose esculpir por la performatividad, pues, en ese momento, el roedor es su cuerpo en todos sentidos, es cada árbol que salta, es el viento, es creador, creación, y es espíritu. Es la dimensión plena del Ser, es imagen y es semejanza.

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