La realidad es puro presente, el pulso incesante del Ser; al trasladar la atención hacia la frontera de la causalidad —el espectro pasado-futuro— renunciamos al viso de la verdad etérea e ilimitada del instante, es decir, la verdadera imagen. El budismo nos ofrece diversas imágenes del despertar interior, comenzando por la del propio Buda. En el cristianismo ocurre lo mismo; a través de distintos relatos, el Antiguo Testamento nos muestra distintos instantes de gran revelación; desde las experiencias de los patriarcas en el libro del Génesis, pasando por Moisés en el Éxodo y muchas otras experiencias proféticas que, en suma, anticipan la revelación definitiva, la llegada del Mesías.

Es en el capítulo once del libro del profeta Isaías, donde encontramos la imagen más detallada del espíritu que descansaría en Cristo. Conceptos como sabiduría, inteligencia, justicia, amor y conocimiento de Dios describen el despertar o la redención provista por Jesús. No se trata de una estructura superficial de reglas a las que amoldarse, sino un giro en la conciencia individual hacia el corazón. Esto se tiende a confundir con subjetivismo, cuando, por el contrario, la subjetividad y demás limitaciones del lenguaje determinista, son las trampas que reintroducen constantemente la ambigüedad que habremos de superar para alcanzar la verdad única. Las traducciones y la interpretación de algunos términos dejan ver la magnitud del desafío.

Los términos en castellano, “temer” y “gobernar”, son los que no encajan en Isaías capítulo once, arruinando el sentido del resto del texto al prestarse a una interpretación contraria a este y a las enseñanzas de Cristo. Los conceptos originales en hebreo, refieren mejor el sentido de la profecía de Isaías, pues, Yir’á evoca reverencia y asombro solemne, mucho más coherentes con el espíritu que acompaña al resto de los versos, en lugar de “temor”, que si se entiende como miedo es contrario a la Fe que Jesús proclama. En el caso de la palabra «gobernar», el verbo hebreo Shafáṭ es mucho más amplio (refiriendo una justicia inmanente) en comparación al concepto moderno de «gobierno» (que asociamos con la política y el poder coercitivo del “César”).

Este punto de vista, más que aclaración, nos permite ver cómo en una misma imagen pueden coexistir varias a la vez, y la importancia de entender cuál es el espíritu cristiano que nos permitirá desentrañar la imagen real. Optaremos por la interpretación más alejada del interés político; es el despertar trascendental el que nos interesa. Las revelaciones de Isaías delinean el espíritu de este renacer, dejando ver que no es exclusivo, habita en todos como una analogía distinta gravitando alrededor de un único saber. En el arte sucede lo mismo, los artistas encuentran su inspiración en el instante como imagen ilimitada en significados. Solemos remitirnos a ejemplos de grandes obras que con la mayor maestría capturan esta idea, porque ha brotado de ahí, de la apertura mítica como imagen viva. Hay descripciones maravillosas como El Aleph de Borges o, más pertinente aún, La Piedad de Miguel Ángel, que da vida al momento culmen de la gracia en el rostro de María y el cuerpo de Jesús en sus brazos; esta es la imagen de la armonía. Es una de las mayores representaciones del entendimiento más sublime resguardando entre sus brazos la redención de la humanidad y toda la carga simbólica que la figura de Jesús conlleva.

En México existe un ejemplo insuperable, la Virgen de Guadalupe representa a la perfección este viso infinito. Una obra imposible para cualquier lenguaje (retórico-discursivo); es la mujer, el amor, la fe; figuración de gracia y verdad. Un signo que se expande de un símbolo universal a otro, resguardando el mayor de los signos. La gracia de quien fue elegida por Dios para ser la madre del Mesías. El Espíritu Santo se despliega por toda la imagen, develando los conceptos más elevados, entre ellos, la mirada de la Virgen; la consciencia o verdad perenne.

La Virgen pudo aparecerse ante cualquiera, pero se le apareció a Juan Diego. Este encuentro es la analogía de aquel momento de Fe en el que la Virgen habla con el Ángel de Dios, quien la saluda reconociendo su gracia plena. Las primeras palabras del Ángel en aquel momento destacan la consciencia inmaculada de la Virgen por la cual fue elegida por Dios. La identidad de Dios, su forma fundamental, no puede ser capturada por ninguna figura física creada, salvo por el Mesías —Dios mismo en persona—, y por el instante creador —la gracia infinita en la Trinidad que el Mesías nos revela—. Esta esencia infinita es indiferente incluso de sí misma, es el desapego absoluto, que no necesita definirse de ninguna forma porque ya es todas las formas; esta indiferencia no es frialdad, sino el aliento de plenitud de donde todo proviene, pues, se da sin más, de la nada, de la auténtica compasión espontanea; no necesita elegir un destino causal, ni se preocupa por el pasado o el futuro porque perdura en el instante creador del amor incondicional. Esta identidad o más bien divinidad, se refleja en lo transparente, lo puro; en San Juan Diego no hay un ego que contraste con la identidad divina.

En esta visión, la analogía (la recursividad del Verbo), es el YO SOY; el verdadero espacio-tiempo es el instante en el que el observador es lo observado. Es la Trinidad quien reconoce la pureza de San Juan Diego; su sencillez y su falta de ambición actuaron como un espejo no perturbado, y es justamente ese momento el que se nos muestra, en el que la Virgen le comparte su mirada inmaculada. Es el viso de la intuición profética revelándose en la imagen de la Virgen de Guadalupe, como la confluencia metafísica perfecta; el espíritu del fruto de su vientre.

Al mismo tiempo, San Juan Diego comparte su mirada pura y desinteresada con nosotros. No es la negación de valor a la existencia, no es nihilismo, sino liberación absoluta del apego a cualquier valor preestablecido. Este milagro, anticipa la devoción de todo un pueblo, es decir, la Virgen reconoce a sus hijos sin importar las circunstancias personales, quienes, a su vez, prescindiendo de una explicación racional, reconocen y veneran el significado profundo de la imagen de la Virgen de Guadalupe.

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