El pensamiento lineal nos lleva a conclusiones no tan acertadas. Con la llegada de la televisión en blanco y negro, algunos estudios mostraron un alto número de personas que soñaba en monocromo. Esto sugirió que los medios dictaban nuestra gama mental. Sin embargo, los sueños no se volvieron totalmente grises por una pantalla y tampoco son hoy una réplica fiel de la vigilia. Al soñar, la lógica es distinta, y los colores son, entre otras cosas, un efecto del tono emocional, conceptual y físico, una cualidad sustancial que la mente utiliza de manera eficiente, no un simple adorno óptico.
Por otro lado, en la vigilia prevalece la razón determinista, la cual plantea que los colores se generan en nuestro cerebro como interpretación de la luz que nos llega por rebote. En teoría los objetos absorben algunas longitudes de onda de todo el espectro de colores visibles de la luz y reflejan las no absorbidas, estas llegarían a la retina del ojo para ser enviadas como señales al cerebro, que las interpreta como un color específico.
El consenso científico apunta a que el color no es una propiedad intrínseca o primaria del objeto, sino que pertenece a las cualidades secundarias (perceptuales), una creación del cerebro. En resumen, los sentidos serían engañosos, como decía Descartes, y la razón, lo más fiable. Bajo esta perspectiva, la realidad (física) no sería como la percibimos; el mundo no tendría color, puesto que sólo serían etiquetas mentales. Una conclusión solipsista donde la realidad sería muy parecida a lo que vemos en la Tv en blanco y negro.
Para la ciencia como para John Locke, el color es una construcción del cerebro porque parten de una razón determinista (causal) en la que el observador está separado del objeto observado, y los sentidos serían puentes de datos a interpretar. Salvo que, sin luz o sin observador, las propiedades inherentes de la realidad aún podrían tener logos-cromático (color). No hay pruebas de la existencia de los colores fuera de nuestro cerebro, pero sí una intuición. Para superar esta contrariedad, es necesario replantear la relación entre el ser y la verdad. He quemado todas mis naves para apostar por la existencia del color en el mundo (físico), a partir de una razón distinta, aquella en la que el observador no es ajeno a la realidad, sino por el contrario, ambos son un sólo ente, un organismo infinito; el lenguaje vivo y esencial que se intuye a sí mismo en lugar de sólo interpretarse. La clave está en la mente, en el sueño. Es en el momento de la desconexión, cuando el ser se desmarca de la angustia de la vigilia y la lógica causal que lo mantiene separado del entorno. En un estado placentero y de confianza ciega, la mente se abstrae en sí misma, para adentrarse a la esencia del lenguaje, donde el observador es lo observado.
Este aliento de fe que experimentamos como placentero es la dimensión del amor en su forma más auténtica. Es la unión de la mente, cuerpo y afecto en un triángulo traslúcido. Como en Las Meninas de Velásquez, la pasión es el arte; es la obra por detrás y por delante, y es el artista, el pincel, y cada uno de todos los elementos. Es de lo que hablamos. En el sueño, el ser es el lenguaje primordial, la analogía per se; todos los entes en un sólo ente, de forma simultanea —físico, conceptual y afectivo—. Un alfabeto primario que es pura intuición. No es necesario gastar energía para crear etiquetas de color o meras interpretaciones si se puede abstraer su logos esencial. No es eficiente condensar constructos cuando aquí, en el sueño, más que siempre, el ser es la verdad. No es orden ni entropía sino todo lo contrario. Es la coherencia más profunda de la vida que se revela a sí misma en un estado de fe.
Seguramente han pensado que la capacidad del cerebro de generar colores con los ojos cerrados (en el sueño) es una prueba casi irrefutable de que el color es fundamentalmente una etiqueta mental o una construcción subjetiva del cerebro, no una propiedad intrínseca de la luz ni del mundo. Sin embargo, esto no niega la posibilidad de que otras etiquetas sensoriales no visuales sean igualmente ricas en color para otras especies, puesto que la intuición es el canal directo que permite que la percepción se reencuentre con la verdad a través de los sentidos.
Para la mente, los símbolos son más reales en el sueño. Mientras que en la vigilia el cerebro muestra el «azul», en el sueño está experimentando directamente la «Azulidad» como concepto puro. Al guiarnos a las cualidades inherentes de la realidad e independientes de la luz, la intuición redefine el concepto de cualidad primaria y secundaria de los objetos. Es como si los ojos le estuvieran diciendo a la razón determinista, “créeme, no te miento; los colores del mundo allá afuera son tan reales como los percibes”. La distancia entre estas dos perspectivas podría estar en la ausencia de fe, en la razón y en la vigilia. Caímos en el miedo y en la necesidad de herramientas que hemos formalizado haciendo apología de dogmas y axiomas que han obstaculizado el desarrollo de la misma ciencia y del verdadero saber. La creatividad y el descubrimiento científico a menudo provienen de romper los axiomas de la vigilia, es decir, de incorporar la lógica no-axiomática del sueño.
No quiere decir que la vigilia carezca de significado, incluso en el sueño la mente aún cuenta con los centinelas que despertaron a nuestros ancestros en el árbol cuando algún depredador amenazaba con subir. Una buena metáfora de lo difícil de interferir en nuestro ser profundo, puesto que lo contempla todo. No estamos tan condicionados, la mente es escurridiza porque se rediseña en la intuición. Por las noches los sueños claman por que la vigilia retorne a esa esencialidad.

Deja un comentario