El canto de las aves, el viento acariciando las hojas de los árboles o la lluvia, son algunas de las melodías más antiguas que haya escuchado la humanidad, son música. Contienen lo importante, son sentimiento, significado y sonido. Y vienen de mucho antes de la existencia del lenguaje (discursivo), e incluso antes de los seres humanos. Fue tan global antes como lo es hoy trascendiendo culturas.

En la música encontramos el protolenguaje; el dialecto matriz, no me detendré a explicar esto, pero diré por ejemplo, que el canto del gallo por la mañana está cargado de un simbolismo que no puede ser superado por ningún vocablo en ninguna lengua, basta decir que en cualquier parte del mundo significa, entre otras cosas, el despertar, y a su vez, evoca el sentimiento de alegría, la esperanza frente a un nuevo día, atado todo a la fuerza sonora.

La universalidad de la melodía como lenguaje está en los elementos que la constituyen. En esencia, son imágenes sonoras, es decir, son símbolos resonando —ondas o partículas y quizá ambas cosas acariciando nuestros oídos murmurándonos un mensaje—. Y a la vez es emoción. Los tres planos que tenemos por separados, cohabitan. El significado (el concepto que evoca), el significante (sonido) y el sentimiento viven en comunión, en un único tiempo, no hay un antes ni un después, no hay una idea causando un sonido o viceversa. La música nos regala el paradigma de la trinidad como unidad. El plano físico, mental y afectivo en un solo signo. #Metafísico #Ontológico #Performativo.

La música es la gracia misma manifestando su fidelidad, nos consuela con toda su compasión, es el aliento en el código preciso para cada momento, nos celebra con alegría, nos sosiega, inspira, erotiza, seduce, libera, compenetra lo más íntimo de nuestro mundo para abstraernos a su don, nos conmueve en todos los sentidos, nos hace sus confidentes.

Es esta clara conexión propia de la música lo que nos permite entender la esencia del lenguaje; no es que el discurso o la palabra carezcan de este principio de comunión, la retórica aún conserva su musicalidad. Además, la humanidad conceptualiza con vocablos o nombra su realidad de forma legítima, lo sabemos por los registros más antiguos. En México, entender el Nahualli es fundamental para entender la cosmovisión prehispánica, donde el acto de nombrar no es etiquetar, implica reconocer el vínculo profundo entre la esencia de cada ente y la naturaleza misma de la realidad total. Las runas germánicas o vikingas tienen los mismos tres componentes que representan una guía primaria, el significado, el sonido y el sentir. Es un acto creador que resuena con dos pasajes bíblicos, el de la creación del hombre y el de Adán nombrando a los animales en el Edén que, si me apuran, diré que son un sólo acontecimiento.

Inspiración en clave hermética, eso es la música, la mitología de la mitología, cuya claridad del mensaje no reside en lo explícito y unívoco, sino en su esencia, por lo que se resiste a nuestro entendimiento puramente racional, de ahí que no logremos acceder desde ese hemisferio, pero si acudimos a la intuición es casi seguro que se nos revele el concepto primigenio, el Nahual, el Ansuz o el Aleph, el signo de signos; la trinidad en Jesús como la llave que responde con todas las cerraduras, y que descubre cómo la humanidad ha creado el lenguaje, palabra por palabra, como cuando el escultor se abstrae de tal manera en el acto creativo que se podría decir que es la obra. El artista es un portal abierto, es uno de mis ejemplos preferidos; sólo que la obra aquí es el lenguaje, y si seguimos el hilo, es el ser en sí. Nuevamente performativo y ontológico.

El Padre Nuestro es un canto que clama a esta conexión, invoca al creador, reconociendo la preponderancia del Espíritu Santo antes de nombrar al ser en lo más alto; sin el amor nada será revelado. Aquí, la llave ha abierto la primera cerradura. Después, se evoca el abrazo de su presencia para ser parte de su gracia; se clama a su voluntad que lo unifica todo, y al pedir el pan de cada día, no es cualquier cosa lo que se pide, sino la revelación del signo. El resto es igual de solemne tanto como importante. El ritmo se vuelve más melódico, tan sublime como el mensaje.

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