Como cuando permites que sea la luz quien haga el trabajo por ti; así diré que se describe, por sí misma, la obra del arquitecto mexicano Luis Barragán. Desde luego, él sabía que todo es lenguaje y que la arquitectura es de las mayores muestras de ello. Comprendió el misterio creador de la analogía y lo refleja conteniendo sus creaciones en el foco de lo sublime para confluir en poesía tangible. Un acto deliberado que da forma a esa verdad que es metáfora y, a la vez, realidad.

En sus inicios, derribó parte del techo de uno de sus diseños, en lo que sería su mayor acto de fe. Amplió las ventanas de formas diversas con el claro propósito de dejar entrar la luz y toda su gracia al corazón mismo del lugar. Toda su propuesta gira en torno a esta idea, la cual nos recuerda el pasaje del paralítico que busca a Cristo. La muchedumbre no se lo permite, por lo que los seguidores de Jesús quitan el techo de la casa para bajarlo ante el señor. No hay moralejas en la Biblia, tampoco en la arquitectura de Luis Barragán, sólo parábolas.

Cada proyecto de Barragán es un templo al más puro estilo franciscano que se erige con el mínimo de elementos y, además, permite que la luz entre y se desplace libremente, guiándonos por el recorrido en un estado místico. Luis Barragán derribó los límites conceptuales por nosotros, para que la luz hiciera su magia sobre los espacios, los colores y nuestra percepción. Nos permite contemplar una composición poética que nos seduce a acariciarla con todos los sentidos; una experiencia que, de igual forma, se toca, se piensa y se siente.

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