Estamos en Septiembre, con mayúscula porque es el mes patrio y todos sabemos que tierra es religión. Patria es identidad; es donde nuestros símbolos más disímiles se mezclan; para dar un buen ejemplo, nuestra Virgen no podría faltar, estuvo presente en las últimas grandes transformaciones y nos acompaña hoy en cada celebración.
Para nada neutrales y tras bambalinas, los historiadores de la conquista nos legaron un sortilegio particular que representa una de nuestras mayores heridas, La Malinche; un estigma doloroso y difícil de superar.
Nada es más ofensivo que llamar a alguien malinchista. Al mismo tiempo es revelador, ya que tal ofensa sólo puede ser usada por un mexicano hacia otro mexicano. Para decirlo de otro modo, como en un truco del demonio, nada es más malinchista que acusar a otro de ser malinchista. Dicho aquelarre —flagrante contradicción subconsciente— nos invita a la reconfiguración, cual Caballo de Troya.
Así como sólo un malinchista podría juzgar a otro de serlo, la ironía sucede con cualquier otro insulto de la inmensa lista de insultos, si ha de guardar algún valor heroico, es el de ser punto de partida hacia un nuevo entendimiento. Como en la Odisea de Homero, donde el Caballo de Troya genera la catarsis en los griegos, permitiéndoles dejar atrás su vieja forma de pensar para embarcarse en un viaje de autodescubrimiento, pues no fue troya lo que destruyeron sino sus propias y banales ansias de poder. Sólo así se podría reconocer como auténtico su arrepentimiento por el sacrificio de la noble verdad representada por la buena Ifigenia, antes de surcar el mar hacia la cruenta guerra por lo que creían suyo.
Aquella narración en la que Cortés le quema los pies a Cuauhtémoc, tiene, al menos, una versión alternativa. En la cual, La Malinche se compadece del sufrimiento de los suyos y es quien interviene para detener la tortura, ya que nadie revelaría el paradero del codiciado oro. Y no por su valor material, sino porque, al tratarse de figuras sagradas, acompañaban el peregrinaje de ancianos, mujeres y niños hacia el sur.
En este otro relato, La Malinche no esperaría a que la tortura innecesaria se prolongara, ni se arriesgaría a que alguien hablara, por lo que convenció a Cortés de ponerle fin a ese episodio, aún sabiendo que sería malinterpretada por la historia. Quizá sea sólo un mito dentro del ya conocido mito, pero es ahí donde radica su importancia, al contener la posibilidad de releernos como mexicanos.
Los mitos, así como cada uno de los personajes en la historia, son grandes nahuallis que encierran un saber oculto y creador. Son arquetipos que delinean nuestra realidad. No es exagerar si estamos conscientes de la grandeza de nuestra nación.

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