“La infancia es mi patria perdida. Todo lo que escribo es un intento inútil de regresar a ese lugar donde el dolor aún no tenía nombre.” —Alejandra Pizarnik.

“Al poco tiempo conocerían a Pajarito, un niño de las Montañas con quien desde el principio entablaron una gran amistad que honraron caminando juntos, recolectando caracoles y cangrejos a la orilla del río, nadando, trepando amates, y jugando a derribar frutos o simples latas con la honda. Practicaban incansablemente con la honda de David, girando todo el cuerpo como recogiendo algo más que impulso físico para concluir tanto emocional como mentalmente en el objetivo. Cada fruto derribado era una victoria compartida del cuerpo, el espíritu y la mente.”—Fragmento de La voz de la Cascada.

La palabra ‘recreo’ anida justo en el corazón de la palabra ‘juego’, no por capricho, puesto que jugar es en sí un acto creador que reconforta en todos los sentidos, sana y reestablece; allí, el cuerpo es todo mente y al mismo tiempo es todo pasión, es una actividad religiosa en un sentido auténtico; madre de toda liturgia. Jugar es saberse vivo en términos superlativos y se celebra. Las risas sacuden el ser desde lo más profundo, lo limpian de todo lo funesto, ya sea de la tristeza, traumas o simples caídas; en la risa es la vida quien se expresa. En el juego descubrimos que la belleza está en la simplicidad y que la existencia ya es en sí misma una manifestación estética.

El juego es intuición pura; es la espontaneidad, ese saber inmediato de la experiencia plena. Es el momento puntual, cuando nada requiere un antes ni un después; es el tiempo que renuncia a ser tiempo. Es la psique, el corazón y el físico que se saben uno, la alquimia innata del amor. Es el reino. Y afuera de esto, nada es.

Por otro lado, se puede llegar a creer que la raíz del juego es competir o ganar como si de una guerra se tratara; ocurre. Ya lo decía Sun Tzu en El arte de la guerra: la única batalla que lograrás ganar es aquella en la que no participas. La misma premisa está presente tanto en el ajedrez como en el go, lo más importante es no competir. El juego ni siquiera es buscar la gracia, sino vivir en ella. La infancia es ese amigo para toda la vida con quien revaloramos lo importante.

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