“…la guagua apenas salía de la ciudad mientras que en Juan Diego aún resonaba la emotiva despedida que sellaba la reconciliación con su amigo el Patio Grande, pues, era tanto como recuperar su infancia.

Juan Diego se quedó dormido, la alegría le indicó el camino al sueño. En la quietud del gozo, en esa paz del tiempo dejando de ser tiempo, se reencontró con Sara. Se sonrieron, se abrazaron y se observaron como cuando eran niños, a través de la mirada del otro, esa facultad del Amor auténtico de despojarse de sí mismo para ser en el otro. Al verla, Juan Diego se embarcaba en una odisea personal; la contemplaba inmerso en su imagen etérea, entregándose al cosmos que lo atravesaba en esa manera tan sublime en la que siempre lo miraba. En medio de un cúmulo de recuerdos se aferraba a ella eludiendo cualquier otra realidad; resistiéndose a desprenderse de su presencia ante el insistente oscilar del camión que rodaba tenazmente a mitad de su travesía.

—Hace ya tiempo —dijo Sara sin dejar de sonreír; además, su voz parecía más suave.

—Hace ya un tiempo —contestó Juan Diego.

Por lapsos, se decían cosas importantes tan sólo callando, luego interrumpían el silencioso dialogo con aquella risa que, antes, ha sido bruñida por la felicidad.

—Te extraño mucho —logró decir Juan Diego. Quien no sólo hablaba con ella, sino consigo mismo, con lo que hacía años palpitaba su corazón, con sus propios sentimientos, con cada una de sus memorias y todo tipo de pensamientos; por ende, también dialogaba con su sueño y con la magia de su locución; conversaba con esa suerte de supralenguaje y todo simultáneamente…” —Extracto de La voz de la Cascada—.

Los sueños son percibidos como proyecciones de las inquietudes más fundamentales de la humanidad, pero más bien son la clave. Este conocimiento ha escalado a una reflexión existencial milenaria que confluye directamente en el lenguaje, no como un conjunto de palabras que instrumentaliza el pensamiento sino como el tejido mismo del ser. Esto ha alentado un diálogo entre Oriente y Occidente y, sin perder originalidad, ambos coinciden en las respuestas más prominentes sobre la verdad. La meditación budista logra comprimir tanto el cuestionamiento como la resolución y el resultado en simples mantras, que generalmente giran en torno a observar al observador, un mantra en sí; excelso en austeridad, ante la ausencia de todo carácter divino queda establecido de forma tácita que la sencillez tiene la preminencia.

La contemplación cristiana desarrolla todo su testimonio a partir de esa misma idea con sus propias sutilezas. Alegorías, hipérboles y parábolas que condensan el por qué, el cómo y el qué. Este estilo también constata la belleza de la simplicidad. Un pasaje bíblico que sintetiza este universo de significados es aquel en el que Jesús nos invita a estar alerta ante la llegada del hijo del hombre, equiparándolo a la irrupción de un ladrón por la noche. Resalta que él, Jesús, es la luz y que su llegada es tan espontanea como el asalto de nuestras sombras más hondas, enfatizando en la atención más íntima; no es una enseñanza sobre lo superfluo de la vida. Busca prepararnos para el entendimiento que desentraña la verdad al mismo tiempo que nos prevenimos de no ser sorprendidos por sentimientos enfermizos o pensamientos sugestivos que alimentan el ego y nos roban la gracia. Este propósito dual de la introspección también lo encontramos en el budismo y al igual que en occidente, los sueños son un punto de partida para la reflexión.  

El sueño es la experiencia franca de quienes somos, esa consciencia pura y de plena atención, donde el lenguaje se desnuda reflejando nuestra esencia suprasimbólica. Aquí, la mente, el cuerpo y los afectos son un único ente, una fuerza viva que nos permite crear y experimentar la realidad, en una conversación abierta con la intuición, en la quietud del gozo. En los sueños, se rompe el muro que en la vigilia nos mantiene separados de la verdadera consciencia y los mensajes más profundos de nuestra alma afloran a la superficie. El hijo del hombre es esa clave onírica, el signo alquímico por excelencia, por demás inconjeturable sin la presencia del amor. Es el nirvana, el relámpago que ilumina los verdaderos nodos del universo, que reanima el espíritu primario de las palabras, reconciliándonos con los auténticos alcances del lenguaje. Es el reencuentro con Dios, un suceso catalizador del amor, un reconocimiento instantáneo e ilimitado; sello de la resurrección.

Posted in

Deja un comentario

Descubre más desde La voz de la Cascada

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo