Es una locura creer que el mundo funcionaría mejor sin reglas, orden y estructura, sobre todo si concebimos el universo en sí mismo como un sistema regido por leyes. Si no escribimos conforme a las reglas gramaticales y ortográficas, nadie nos entendería. Del mismo modo sucede con todo a nuestro alrededor, las normas se han vuelto vitales. Todo está programado con reglamentos que acatar, no es necesario enumerar todos los protocolos habituales, la intención no es desfigurar totalmente la idea de libertad.

¿Cómo negar la importancia del orden, el deber ser, y las demás categorías si cada vez es más indispensable tener el control, en una vida que en lo más íntimo se vuelve más inhóspita? Meditar un poco sobre el orden universal, quizá atempere esta inquietud, dado que las leyes físicas no son certezas absolutas, son axiomas que hemos formulado para calcular fenómenos. Son juicios para acercarnos a una realidad que, en esta línea de entendimiento, siempre nos excede.

Las leyes jurídicas y demás normas, también son juicios que hemos convenido. Este es el nudo clave. Somos entes sociales, nadie quiere vivir solo; para Erich Fromm, el miedo a la soledad es una renuncia a la libertad, es el ímpetu de orden y dominio. Las normas y demás estructuras sociales son parte de un contrato social, son ataduras voluntarias. De ahí emerge lo que llamamos sujeto, y por este miedo, aparece separado del entorno que ha dejado de ser su hogar para convertirse en una amenaza que requiere ser dominada. Esta es la psique del egocentrismo. La importancia de esto es que nadie es obligado a aceptar o rechazar este convenio, la soberanía se resuelve ahí. Es en lo que no se profundiza en las teorías del estado ni de las fuentes del derecho. Renunciar a la libertad es el último acto de libertad. Este es el acto más personal y más humano del ser; es ahí donde habita la identidad fundamental del hombre. Es el eje de las ciencias sociales y la filosofía.

El hombre es la consciencia que elige (o no) renunciar a ser libre, es decir, el hombre es pura libertad eligiendo el juicio y la ley. La misma libertad de la no-elección, la consciencia primigenia que no se elige, se es, en la intuición, el amor y la Fe, al saberse parte de un todo. De ahí pende el aliento del poeta y su huella, y la de todo artista. Lo creador y lo creado coexisten en ese aliento fugaz que se repite en cada instante de la vida.

La especie humana se perfiló a partir de valores que corren el riesgo de invertirse; las primeras sociedades se centraban en la protección de cada integrante. La vocación de la familia consistía en afianzar la seguridad de cada miembro. Hoy, tanto la familia como la comunidad se han vuelto causas del individuo, a quien se le exige subordinarse a una sociedad que pondera la obligatoriedad sobre el amor. A mayores leyes, mayor carga, un despropósito social.

El control excesivo es el miedo latente, en cambio, cuando la humanidad se origina, la integridad del grupo estaba basada en la Fe y la libertad. Las ciencias sociales, incluida la economía, han teorizado en este mismo sentido. Las corrientes económicas liberales identificadas con el lema Laissez-faire, laissez-passer (Dejar hacer, dejar pasar) se sustentan en esa condición social original y las posturas materialistas también defienden el retorno a esta comunidad ideal sin estado. Por increíble que parezca, ambas prometen un mundo basado en valores, sin juicios egoicos ni leyes.

Los mitos alrededor del mundo resguardan claves para comprender la condición egoísta del hombre. En la Odisea, Homero plantea el retorno a la consciencia primigenia como un viaje introspectivo. En esta búsqueda seremos Odiseo. A mitad de este camino de vuelta a la libertad, estando en una isla habitada por gigantes, Odiseo se queda atrapado en una caverna que más bien es su mente y le pertenece a Polifemo. Este es su álter ego, una ilusión que se desvanece al ser reconocida; un cíclope gigante ávido de fuerza, dominio y personalidad. El Cíclope le pregunta cuál es su nombre, y Odiseo resuelve llamarse Nadie, sabiendo que cegará la perspectiva monocular de su falso yo, lo cual hace después de embriagarlo, sin embargo, la cueva está cerrada aún. Este aparente engaño resulta certero cuando los otros gigantes intentan intervenir desde fuera y Polifemo confirma que nadie lo ha herido, y nadie lo ha cegado. El mismo gigante quitará la roca que bloquea la salida de la caverna. Homero nos ha revelado la más grande verdad. El ser auténtico reside en el cómo no en el quién. El viaje de Odiseo continúa, así como las adversidades propias de la mente exigida por el miedo y el control.

Buda también nos ofrece claves para liberarnos del ego y retornar a la consciencia primordial. Su mayor enseñanza fue, quizá, revelarnos que él no es el maestro, así nos invita a la introspección y a contemplar la maestría de la vida. Para Buda, el ego, también es miedo y anhelo de poder, una ilusión que nos aísla y nos impide ser plenos. Es el falso yo que nos condena a un ciclo interminable de soledad, el karma, haciéndonos creer que si lo abandonamos nos quedamos solos. Un verdadero desafío existencial cuya salida es el amor auténtico. El desapego es la única manera de reconocer cuánto de nuestra identidad es real.

No hay mayor exorcismo que el amor, el mejor ejercicio de desapego es la asunción de la libertad, presente en el juego y las risas de los niños, en el amor incondicional de familia o en la pasión por lo que se hace. Es ahí donde desaparecen las ataduras voluntarias. Ahí, las leyes y demás convencionalismos sociales no existen, ni ningún juicio o afán de control. Ahí tampoco hay un falso yo, o afectos ilusorios, ni ningún apego a lo material, ni a todo aquello con lo que se identifica el ego, que no es sino el miedo a la soledad y que, en última instancia, es la peor soledad.

Al abrazar la locura, el desierto o la soledad; al apartarse de los juicios y convencionalismos para contemplar los desfases en el sentido de pertenencia e identidad es como se reconoce que las estructuras convenidas son angustias, son apegos ilusorios que la imaginería colectiva ha condensado en el miedo a la soledad; el imaginario común ha tejido todas estas angustias alrededor del recelo a la muerte porque son la muerte. También el cristianismo guarda claves para trascender estos valores invertidos, para regresar a la vida, a la libertad del instante. Esa es la catarsis, la experiencia del ser pleno; fuera del egoísmo, de los miedos y el propósito de dominio. Es la consciencia de la Fe, el no-juicio, la no-elección.

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