Antes de adjudicarle cualquier significado, la danza ya es una representación del principio dinámico de la realidad y algo más. Cada vez que una persona es atraída a delinear un ritmo con su cuerpo, se hace parte de una escena sin principio ni fin. Lo mismo evoca a las primeras personas danzando alrededor del fuego como a las primeras células que originaron la vida en la tierra o, a la geometría del universo. La danza no es simple seña sino la manifestación expresa de la esencia de la vida o, dicho de otra manera, es la representación de la representación de la representación, etcétera, de libertad. Es significado y significante. Así, igual el ballet de elipses cósmicas que un Huapango porque todo es danza.

La danza es mucho más que una simple figuración; algo intrincadamente paradigmático sucede con el tiempo. Regresemos a la imagen de la primera humanidad danzando alrededor del fuego; lo que ahí acontece es mucho más que las primeras contorciones o los primeros saltos, era toda la historia de la humanidad que se anticipaba a acompañarlos, eran los primeros pasos y los de ahora danzando juntos; era el mundo el que giraba en ellos, era el universo el que palpitaba a través de sus corazones, pues, danzar no es más físico de lo que es emoción. Es el espíritu quien se apropia de todo protagonismo; el cuerpo y sus desplazamientos se ceden al sentimiento. Es el aliento mismo de las personas lo que ahí se revela, la pasión asomándose en cada movimiento. Es esa estampa viva que trasciende el tiempo, en la que pasado y futuro se hacen presente y el artista se une al arte a través del corazón; la danza es, en sí misma, la naturaleza más íntima del gran ritual de la realidad.

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