¿Qué relación existe entre la proporción aurea, la Mona Lisa de Da Vinci y las Meninas de Velázquez?
La respuesta es, la intuición misma de la naturaleza, y dicho esto, habría poco que agregar, considerando que las matemáticas, las ciencias sociales, el arte y todo lo que conocemos derivan de ese saber sin lograr contenerlo; solo son una pequeña muestra. Un buen ejemplo es la proporción aurea, 1.618, que generalmente es representada por la figura de la espiral. Es un numero irracional, es decir, su belleza no puede ser condensada por la razón. Mientras para la aritmética uno es igual a uno, para la naturaleza una naranja nunca será igual a otra naranja. La ciencia tiene fines distintos y procedimientos específicos en tanto que la intuición habita las posibilidades infinitas.
Exploremos un poco más de cerca los alcances de la intuición desde el arte.
En términos llanos, cuando una persona está triste se le alarga el rostro, cuando está feliz el semblante encuentra la proporción aurea en la sonrisa. Es indudable que Leonardo Da Vinci lo sabía; en su obra más famosa del Louvre, no sólo nos regala una imagen fiel de la belleza física, sino la del espíritu etéreo de la Mona Lisa. Por supuesto, no es ningún descubrimiento de mi parte. La intuición no solo está presente en la dimensión mental o física, sino que igual se le puede observar en el plano espiritual —el de los sentimientos—.
A decir por un artículo publicado en 2019 por la BBC, en las Meninas, Diego Velázquez nos comparte todo un tratado filosófico; esto coincide con lo expuesto por curadores y filósofos. El cuadro es la imagen de la metáfora, es lo que insinúan, es decir, no lo dicen tal cual, pero es lo que infiero.
En un ejercicio de honestidad, Diego Velázquez ha logrado que sea el símbolo mismo quien nos hable. Al autorretratarse, su rostro ya nos dice claramente, yo soy el signo y este es mi cosmos, para envolvernos inmediatamente en una espiral de ideas que, una a una, van desdoblando el tiempo. Velázquez nos dice que él es la obra, es el pincel, el atril, y es el aposentador resistiéndose a salir, quizá, el arquetipo de su búsqueda obsesiva; Velázquez es la infanta con toda su inocencia, es Nicolasito y es el perro en primer plano meditando con toda su luz, y, en contra parte, también es el fuego prometeico encumbrado entre las sombras al fondo; el artista es la reina y es el rey, y por si no fuera suficiente, también es el reflejo de ambos; es el espejo en lo hondo. Justo ahí, se hace el silencio del entendimiento; el signo no sólo es el pintor sino el espectador. Estamos parados donde se supone que estarían los reyes siendo retratados, representantes absolutos del poder; Diego nos ha ubicado en el vértice de la pintura, el bucle de la mente, la figuración de la figuración de la figuración, etcétera; donde las dos más antiguas narrativas se confrontan, la de la fe y la del ego. El cuadro soy yo, tú, él y todos, es el lenguaje mismo, pues, cual conjuro que cobra vida, nos habla. Es mente, corazón y cuerpo cohabitando juntos; el verdadero fuego. Para ese momento ya todo es etéreo.
En el centro del cuadro, levita la infanta Margarita con un pequeño búcaro de barro rojo en su mano, proveniente de Guadalajara, del México místico, y que, al masticar el barro, liberaría ciertas sustancias psicoactivas. “Simultáneamente físico, psicológico y espiritual en sus implicaciones simbólicas, el búcaro es un ojo de cerradura a través del cual se puede vislumbrar y desbloquear el significado más profundo de la obra maestra de Velázquez” —dice la BBC—.
Tanto Da Vinci como Velázquez, se dejaron embriagar por la intuición, así como tantos artistas más, haciendo de este tema el centro de una larga tradición, cuyo origen no es otro sino el pálpito de la naturaleza misma, fervoroso, erótico, sublime e irreverentemente trascendental.
Únicamente algo más, Miguel Ángel hizo algo más por nosotros, rompió literalmente la noción más racional sobre las proporciones para ofrecernos otra mirada, nuevamente, emulando a la naturaleza. Después de redimensionar al pequeño David para reafirmar su grandeza, lo deformó para que lográramos contemplar su belleza, un truco al frente de otro truco, confirmando que la proporción dorada no es una formula exacta. En el fondo, desde otra perspectiva, el mismo viso bíblico, la metáfora del movimiento de la honda de David, la espiral derrotando a Goliat; de nuevo, la fe frente al ego.
Gracias a la intuición, el artista puede lograr que una sola imagen lo contenga todo, queda claro que no son los recursos complejos o la destreza lo que resaltamos, sino la profundidad de la conexión. Si existe una obra capaz de hipnotizarnos tanto o más que las antes mencionadas sería, sin dudarlo, La Carbonerita de José Clemente Orozco en la imagen de hoy; un simple y olvidado dibujo de una niña saliendo de las minas de carbón, como analogía de verdad y belleza, que resume la carga espiritual del resto de su obra.
Es aquí donde cobra sentido lo de, “forma es fondo”, el arte como la más íntima revelación.

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