El pecado original no fue un momento concreto en la historia de la humanidad sino un evento ontológico. Fue el periodo de separación entre el hombre y su entorno. El ser humano dejó de saberse parte del todo, dando lugar al antagonismo que rige la percepción del individuo moderno. En la encíclica Laudato si’, el Papa Francisco lo explica como la desconexión del ser humano con Dios, la naturaleza y el prójimo. En otras palabras, es el proceso que origina el antropocentrismo y la subjetividad, el mayor desafío tanto para la iglesia como para el desarrollo de la ciencia. Ahora podemos decirlo, pero no hace mucho, la filosofía y las demás ciencias, así como el entendimiento teológico permanecían estancados.

Vivimos la era del no ente, la del no ser; la existencia fragmentada por el miedo. Un mundo en el que todo representa una amenaza digna de ser sometida. Incluso el saber se vuelve algo a dominar y el afecto es claro signo de debilidad. Nos negamos a la gracia en tanto unidad, es decir, nos negamos a la verdad; no importa en qué lado de la dialéctica nos ubiquemos, el resultado es el mismo, sólo estamos animando la ilusión. Hoy se nos presenta un mundo que ni siquiera habitamos, ajeno y engañoso donde se nos sugiere que los sentidos también nos mienten y en el que aún se intenta hacer culto a los dioses falsos del progreso y el deber ser. Aún seguimos sacando provecho del árbol del conocimiento del bien y del mal. Egocéntricamente catalogamos de bueno lo que nos beneficia y malo aquello que nos perjudica, sin una perspectiva integral real.

Estas no son insinuaciones teológicas, es un replanteamiento necesario del paradigma que damos por hecho, abordado ya desde varias perspectivas del ámbito filosófico. En su último libro Hechos de Tiempo, la Dra. Zenia Yébenes Escardó lo aborda con términos más precisos, provechosos para este texto. Es evidente que olvidamos la verdadera valía de nuestra especie. Preferimos ignorar que la humanidad surge al garantizar la seguridad del individuo, y que hoy, con una epistemología invertida, sacrifica al individuo con el pretexto del bienestar de un colectivo abstracto.

El pecado original representa el surgimiento del egoísmo —la narrativa del poder—, el miedo como fuerza motriz que impulsa un estado de intriga y control. Se nos ha despojado de la Fe, por lo que vivimos en una negación total de la verdad de la comunión. Olvidamos que Dios, principio o modelo de realidad, es la vida en su clara esencialidad y, ante todo, nuestro hogar, no un peligro. El Papa Francisco nos regaló una lectura veraz e ineludible, nos hace ver el mundo real, de frente. Y nos recuerda que el bienestar del individuo hace al colectivo. También nos invitó a ver en San Francisco de Asís un ejemplo del amor, para liberarnos de la doble mordaza del paradigma de poder; el miedo como instrumento de sometimiento y la falacia del control.

Posted in

Deja un comentario

Descubre más desde La voz de la Cascada

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo