Mientras la soñaba, a Juan Diego le bastaba con observarla. La sonrisa de Sara capturaba cada uno de los incontables momentos que pasaron juntos, cada una de las sensaciones. Siempre entregados al indescriptible encanto de la complicidad, dejándose asombrar por todo, corriendo extasiados bajo la lluvia, riendo y saltando frenéticos al jugar, liberados, poco menos que en estado incorpóreo; fascinados en los paseos por la Montaña y en bicicleta por la ciudad, eufóricos, con la premura de llegar a todos lados y la parsimonia al volver a casa al final del día; absortos en las innumerables conversaciones de ida y de regreso de la escuela; abstraídos uno en el otro, yendo mil veces a la tiendita de la esquina por chocolates, casi que levitando. -Fragmento de La Voz de la Cascada-.
Hay momentos que reclaman todo nuestro ser para vivir de verdad, en los que nos olvidamos de todo para serlo todo. Olvidamos lo que creemos ser para ser realmente; en tanto que no somos un quién, somos un cómo. Ese instante que pretendemos controlar lo perdemos.
La Dra. Zenia Yébenes Escardó, en su libro Hechos de Tiempo desarrolla con suma claridad estas ideas. Al respecto, nos dice: «No creo que exista nada <<incontaminado>>, replegado y completamente idéntico a sí mismo». Diremos que sus palabras, definen el Ser y al mismo tiempo niegan el no ser, el ego que vive sólo por el miedo a esta verdad, la impermanencia. Es por lo que el antropocentrismo intenta controlarlo todo. Y por lo que ese ego colectivo está dispuesto a todo para defender lo que no es.
Es de suponer que para saber lo que experimentó Buda en su Nirvana, habría que ser un iluminado. O hablemos de Jesús mismo, ¿cómo saber la dimensión de su entendimiento? Por las enseñanzas que nos dejaron es posible imaginar que el plano de percepción que albergaron no era de cálculo mental, no una fórmula apática. Seguramente fue más que una experiencia, una comprensión sensorial, placentera, de verdadera euforia. Quizá no es una erudición matemática y laberíntica de la que hablamos sino de algo mucho menos complejo, tan vívido y simple como el acto de respirar. Esta sabiduría que condensaron no está precisamente en términos numéricos; está más cercana a los niños y las aves, un entendimiento al alcance de los de a pie. No es que a Jesús no le interesen los eruditos o los racionalistas; ellos también están considerados en este conocimiento que trata de la vida, sólo que para vivir no se necesita más. Evocando nuevamente las ideas de la Dra. Zenia Yébenes, la filosofía se desenvuelve en su propio lenguaje.
La vida cotidiana es nuestra mayor evidencia poética. Es el lenguaje de la filosofía. La vida, en sí y sin más, es origen y propósito de toda inspiración, es de la cotidianidad de donde brota y retorna el aliento de nuestra percepción. Hablamos de un saber evidente para la gente común y menos proclive a un “yo” al que aferrarse, no tendría por qué ser distinto. Los mayores pensadores nos ofrecen claridad en el ámbito más íntimo y a la vez ordinario. En el Horeb, Dios le pide a Moisés que tire su bastón al suelo. Al hacerlo, el bastón se convierte en una serpiente; Moisés da un salto atrás y Dios le dice que la tome por la cola con la mano. Es el mando y las ansias de control lo que Moisés tira al suelo, y es el miedo escurridizo lo que tiene que tomar. La serpiente no había aparecido desde el pecado original sino hasta este relato donde se descifra el primer milagro. La serpiente fue quien separó a la humanidad de Dios en el Edén, y en el Horeb Dios le dice a Moisés cómo liberarse del origen de todo pecado. Le dice que renuncie al control, al ego, pero también al miedo. Dios le está diciendo que no busque someter y que no ceda al sometimiento, porque es lo mismo. Este milagro en el Horeb es el primer don de la Fe.

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