En la antigua Grecia los debates se daban en torno a cómo se accedía a la verdad. Por un lado, los sofistas aceptaban la ambigüedad, mientras que los filósofos buscaban la precisión en la definición. Así, gradualmente, el hombre renunciaría al mito para abrazar el logos, la razón.
Sin embargo, el mito sigue presente en el logos, y en cada hombre racional hay un sofista, puesto que sin analogías no hay lenguaje. Por definición cada signo es la representación de algo más; el signo es una alusión conceptual y, por ende, implica otro número ilimitado de signos que no se pueden condensar de forma rígida o precisa. Incluso en términos formales todo significante tiene un significado mayor al que su definición le puede otorgar; la definición nunca será la totalidad del significado. Conceptualizar significa capturar la multiplicidad con la que se nos presenta la realidad para sintetizarla en una sola imagen, el signo.
El lenguaje es dinámico, es un proceso constante de creación de significados a partir de símbolos. El ente no existe sin concepto, es a través de la metáfora que cobra vida, es decir, no existe ente sin su propia deidad. Para contemplar la naturaleza del lenguaje, tendríamos que ingresar a él a través del ojo interno de la mente, a través del sueño.
En el sueño, escalamos entre analogías que se suceden recursivamente, una sobre otra, sin fin. El signo tiene un numero infinito de rostros y se desplaza sin restricción en lo más hondo del ser. Es por esto que tanto para la filosofía como para el psicoanálisis los sueños son considerados más que simples pistas. Para la física, como el hijo pródigo, el regresar al mito fue toda una revelación; ya no es de locos plantear que la realidad misma es ambigua y relativa como los sueños, donde el universo es en sí una analogía de otro universo que lo contiene y que a su vez es la analogía de otro, y así, en una secuencia infinita, como el lenguaje mismo. La recursividad en la mecánica de las cosas explica mejor la realidad. Ni los sofistas de la antigüedad ni los racionalistas de ahora niegan que exista una verdad última, sólo ha cambiado lo que entendemos por precisión, pues, lo absoluto ya no es una realidad concreta y causal sino subyacente y correlacional; ya no es de locos hablar de distintas escalas del tiempo cohabitando juntas o de la presencia de neurotransmisores que identificamos con el amor en los procesos creativos del lenguaje.
No puedo evitar mencionar al menos tres pasajes bíblicos por su estética minimalista, esa capacidad de sintetizar ideas al mínimo de palabras. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, permítanme recurrir a la analogía de imagen como signo o unidad, semejanza como síntesis o metáfora (mito) y Dios como lo múltiple o la realidad absoluta. Luego tenemos la imagen de Jacob escalando al cielo a través de un sueño. Y Finalmente, el pasaje de Jesús en el monte tabor en el momento de la transfiguración. No diré más, porque el signo está impreso de forma elegante para la posteridad. Únicamente añadiré que el tiempo y la realidad, ahí, en la transfiguración, no podrían ser más precisos.

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