El 24 de diciembre celebramos el nacimiento del Niño Dios, Jesús. Los textos bíblicos no intentan convencer con grandes discursos; ofrecen, con el mínimo de palabras llanas, una escena de contemplación. El poeta Rainer Maria Rilke evoca este minimalismo en su ciclo de poemas Vida de María; desde la simplicidad del asombro, a los ángeles que acompañan el nacimiento de Cristo, los describe como «puros como el aire». Al referirse a la Virgen María pregunta: «¿Sin tu sencillez, cómo te hubiese sucedido esto que alumbra la noche?»
Esta sencillez es la esencia de la Biblia, que literalmente cobra vida en el nacimiento del Niño Dios. Es la promesa cumplida, es el momento en el que las escrituras se encuentran con el aliento creador, el pulso eterno que resplandece ante lo efímero, la gracia del instante. Jesús es la consciencia etérea encarnada, no es la «consecuencia» de las profecías, sino la razón por la cual se escribieron. No es el bucle de la causalidad antropocéntrica sino la llama en medio de la zarza. Sus enseñanzas nos permiten reconocer que el hombre se resuelve desde su interior. Jesús ha estado presente siempre, incluso antes de su nacimiento. Es el modesto asombro del YO SOY; no es un evento que «ocurre» en el tiempo, sino el evento que transparenta la verdadera naturaleza del tiempo.
Es así como la poesía de Rilke nos deja ver que el minimalismo es más que un género literario. Sus poemas nos recuerdan que Jesús, Humilde entre los humildes, es la verdad que no será temida sino venerada en cada rincón del mundo, pues, representa la redención de la humanidad. No es el símbolo del poder y las estructuras de dominio terrenal a las que nos aferramos con vehemencia, producto del pecado original. La belleza de la verdad en Cristo radica en el hecho de no renunciar a la carne para ser Dios, no es el Adán avergonzado por la desnudez de su cuerpo, sino la divinidad honrándose en ella.
Recordemos que el relato del pecado original condensa en unos cuantos versos el proceso de miles de años en el que la humanidad se separó de la naturaleza; al renunciar a la gracia (la fe y el amor) a cambio del paradigma del poder. La Biblia no recurre a reduccionismos deterministas, por el contrario, encapsula toda la carga simbólica que brota de la intuición para despertar la consciencia primigenia del hombre. Este minimalismo nos muestra la esencia de la Trinidad, pues, resguarda la naturaleza misma de la realidad que el mismo Jesús representa, desde su nacimiento hasta su muerte.
No olvidemos que Jesús nació en un pesebre huyendo de las leyes del hombre, atendiendo un llamado superior. Ya sea que lo tomemos literal o metafóricamente, funciona igual, es una verdad que, desde luego, está presente en sus enseñanzas, empleando parábolas simples que no acuden a la razón humana sino al corazón. Las innumerables leyes levíticas, las sintetiza en una sola, “amar a Dios y al prójimo”. O bien, “no te preocupes por qué comerás mañana”. Más aún, Jesús nos aclara que el reino de Dios le pertenece a los niños y a los humildes.
El 24 de diciembre celebramos la expresión más sublime de la vida, en el nacimiento del Niño Dios es la realidad quien se reafirma. Es el minimalismo, el código primario de la naturaleza recreándose —mínimo esfuerzo-mayor beneficio—; es la intuición como motor silencioso en los procesos cognitivos de la mente, abstrayendo lo múltiple de la realidad en síntesis hacia la unidad —la imagen—. Son los innumerables pasajes bíblicos, desde su estilo literario, desde sus primeras palabras; es el momento de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios. Jesucristo es David y es la pequeña piedra, ese elemento mínimo y certero que sostiene el tiempo y derriba, con la sola fuerza de su presencia, la soberbia de un mundo que olvidó cómo ser niño.
Jesús es el principio, es el espíritu de Dios jugando con las aguas. Es el Dios omnipresente, acompañando al hombre en cada momento, a través de cada cultura y cada religión. La imagen que acompaña este texto acude a ese principio, con el Niño Dios, acompañado de Yemayá, la Virgen de los Mares, quien, con su mirada profunda conteniendo la realidad total, nos recuerda que Jesús es la consciencia pura, el viso etéreo de la redención del hombre.

Deja un comentario